Al cumplirse un mes de su gobierno y tras reunirse con su equipo ministerial, el presidente Gabriel Boric declaró que la llegada a La Moneda “se ha asimilado más bien a un despegue en avión, en donde estamos en un paisaje muy hermoso que es Chile y despegamos con turbulencias”.

De verdad se agradece, porque es inmensamente sano, el diagnóstico del mandatario y su (intento de) autocrítica, especialmente por la precipitada pérdida del crédito ciudadano que afecta desde temprano a su equipo.

El asunto es que, a renglón seguido, el mismo Gabriel Boric llamó a conversar estas dificultades iniciales “de manera muy explícita, porque esa costumbre que algunas veces se tiene en política de echarle la culpa al empedrado y no reconocer las dificultades propias creo que no tiene que ser nuestra línea”.

Es curioso, pues al indicar que han existido ciertas turbulencias en el inicio del vuelo parece precisamente culpar a elementos externos –el empedrado– y no reconocer que ha habido problemas importantes en la tripulación que él encabeza.

Este primer mes de vuelo no ha sido tan malo como algunos argumentan, principalmente porque hay que ser lo suficientemente ponderados y saber que en tan pocas semanas etiquetar a un gobierno como algo “malo” es precipitado y ciertamente injusto.

Ahora bien, es un hecho también que el despegue ha estado inundado de torpezas, improvisaciones y niñerías que van más allá de la “juventud” de los nuevos inquilinos de Palacio.

Boric argumenta que el paisaje es hermoso, porque Chile ciertamente lo es, más aún cuando se le ve a miles de pies de altura. El asunto es que el país necesita ser visto con los pies en la tierra, y así entender que esa belleza histórica de nuestro territorio está siendo mancillada por la violencia normalizada, el terrorismo, la inmigración ilegal, el narcotráfico, una crisis social que no mengua y una crisis económica desatada. No basta con caminar por algunas calles para recibir un baño de gente.

Las turbulencias se desatan en su mayoría cuando hay cambios bruscos en la velocidad y la dirección de las corrientes de aire y, en esa línea, desde hace meses que las condiciones meteorológicas son exactamente las mismas y precisamente fueron en gran medida ellas las que pusieron al piloto Boric en la conducción del avión. Eximirse por turbulencias aún no es opción, pues hubo tiempo suficiente para corregir el plan de vuelo. Y eso es responsabilidad exclusiva del piloto. 

Tampoco hace más seguro y placentero el viaje indicar que el piloto anterior fue peor. Eso ya se sabe y los pasajeros no quieren solo un mejor piloto… necesitan uno bueno.  

El presidente Gabriel Boric, además, debe entender que si bien las turbulencias tempranas son esperables, entendibles e incluso aceptables, lo que no es llevadero es que cuando se es responsable de más de 18 millones de almas no se pueden dejar pasar tantas improvisaciones de parte de la tripulación.

Ya iniciado el vuelo, tanto chasco preocupa a los pasajeros y pedir insistentemente disculpas –decir “perdón” es demasiado comprometedor– no es suficiente… visto lo visto, ¿alguien puede asegurar camino a los 30 mil pies que los responsables realmente pusieron las puertas en automático, hicieron el cross check y lo reportaron? Es válido que las dudas comiencen a asomar.

Todo lo anterior resulta aún más apremiante cuando el avión propiamente tal, algo destartalado y con piezas diseñadas en pasajes agrios de nuestra historia, pronto puede convertirse en pleno vuelo en una aeronave pruli, inter, eco, atenuada y asimétrica… todo ello necesita ser sociabilizado seductoramente entre los pasajeros.     

Somos muchos –deberían ser todos– los que queremos que el vuelo de Boric sea exitoso. Como buenos chilenos, aspiramos a aplaudir con fuerza lo hecho por el piloto una vez que se aterrice en 2026. Por lo mismo, urge que se transmita calma no sólo con palabras, sino especialmente con acciones que dejen evidencia que lo ocurrido en estas 770 horas de vuelo no son una preocupante muestra de lo que serán las siguientes 34.293.  

Por precaución, mantenga abrochado su cinturón en todo momento. 

*Alberto López-Hermida es periodista, Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae.

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