México es un destino turístico de clase mundial. Antes del COVID-19 estaba en el puesto número 10 en llegadas de turistas extranjeros y además con un dinámico mercado doméstico. Según WTTC, el sector turismo en México genera 5 millones de empleos, con una contribución del 15% al PIB del país, correspondiente a USD$175 billones. Además, esta industria se posiciona allá como el principal servicio de exportación y tercero en total de exportación después del petróleo y el acero. Las inversiones hoteleras en México han sido desarrolladas en parte con los ahorros privados -modelo copiado a Chile-. Todo este tremendo mercado se desenvuelve en un país con una percepción con altos problemas de crimen, narcotráfico y secuestros.

La pandemia apagó los motores de la movilidad doméstica e internacional. Todos los destinos turísticos del mundo estuvieron obligados a despedir personal, cerrar hoteles y restaurantes, estacionar aviones, trenes y cruceros. Algunos países tuvieron más control que otros o fueron más efectivos en la vacunas. Incluso algunos siguen con cuarentenas, como es el caso de China (1/3 de la población), pero hay sólo uno con homologación de vacuna: Chile.

El turismo en México muestra exactamente el camino opuesto. Con un Presidente con ideales de izquierda, a diferencia de muchos gobiernos de su tendencia que, frente a la tentación de entregar menos libertades hizo exactamente lo contrario, dio libertad de movimiento. De hecho, fue uno de los países con menos restricciones para entrar al país a partir de septiembre 2020 (todavía sin vacunas). ¿Cómo se explica esto en la lógica de nuestro país? Es muy simple: en México hay consenso respecto de que el sector turismo es tan relevante para la actividad económica que no se les ocurrió encerrar y sacrificar a esta industria. Muy por el contrario, vieron la pandemia como una oportunidad. De no haberlo hecho así, hubiera aumentado el desempleo, los niveles de pobreza y finalmente hubiera sido un problema para el gobierno, tal como está ocurriendo en Chile.

Hoy, tras dos años de pandemia, México se posiciona en el lugar 2 del mundo en llegadas de turistas extranjeros, después de Francia, según la OMT. Se percibe como un destino de lujo para el mercado de USA, con estándares de hoteles que antes sólo se encontraban en Asia y Europa. El portafolio de nuevos proyectos es de 10.000 rooms (hoy con stock de 500.000 rooms), el tráfico aéreo está en el peak, con problemas de tripulación y con las tarifas de los hoteles al doble e incluso al triple que antes de la pandemia. Sin duda, hay un desequilibrio hasta que termine esta situación sanitaria y/o cuando los gobiernos acaben con las restricciones de acceso, pero lo cierto es que México quedó posicionado como el destino líder indiscutible en la región y sin duda del mundo.

¿Y cómo llegaron a esto? La inversión, el crecimiento de la oferta, los nuevos hoteles, marinas, canchas de golf, cruceros, aeropuertos, malls, entre otros, han sido financiados con los ahorros privados de los pensionados. Se calcula que el 50% de la inversión de los últimos 10 años fue con fondos de pensiones. En general, han habido buenas rentabilidades históricas, lo que les permite a los private equity seguir invitado a las administradores de fondos a invertir en el sector. ¿Qué pasaría si en Chile alguna administradora de fondos de pensión invirtiera en un plan de crecimiento de algún operador turístico en la Patagonia? Se generaría empleo, divisas, inversión regional, imagen país, conservación y por supuesto mayor rentabilidad para los ahorros privados. El día que algo así pueda ocurrir en Chile, podremos ser un destino turístico de clase mundial con las fronteras bien abiertas, las AFP como socios y el sector público como partner. México lo hizo y los resultados están a la vista.

*Hernan Passalacqua es director ejecutivo Fitzroy Tourism & Real Estate.

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