¿Cómo irrumpen las tendencias separatistas?, ¿habrá muchas dificultades para promover el secesionismo en un país? Las respuestas a estas acuciantes preguntas no son sencillas. Hay experiencias en uno y otro sentido. Sin embargo, ciertas condiciones pre-existentes permiten conjeturar con la posibilidad de éxito o fracaso de cualquier aventura de esta naturaleza. Es en ese contexto donde deben examinarse los más diversos esfuerzos que han proliferado en lo poco recorrido del siglo 21.

Concluida la reivindicación del proletariado y campesinado en el siglo anterior, ahora están emergiendo otras, derivadas de presuntos derechos ancestrales de las first nations. Es ahí donde aparece la infaltable mano de los demagogos para transformar un antiguo problema social latinoamericano en peligrosas aventuras de tipo separatista. Si antes se hablaba de una sociedad sin clases, ahora se esparce la creencia en recrear arcadias ancestrales.

Premunidos de un manual de experimentos algo grotescos, se busca, por lado, la reactivación de nuevos sentimientos antiimperialistas (es decir antiestadounidenses), fraguados en círculos intelectuales latinoamericanos a lo largo del siglo 20, y, por otro, la incubación lenta, pero persistente, de una fobia nueva, poco conocida, el anti-españolismo.

Hipérbole de todo esto fue la carta enviada en 2019 por el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador al rey Felipe VI exigiéndole pedir perdón por la conquista de América. Desde entonces ha venido acusando a los españoles de las cosas más inverosímiles. De haber introducido la corrupción y de haber llevado a cabo una conquista catastrófica. De paso, califica una y otra vez como “saqueos” las inversiones españolas. La virulencia de AMLO conlleva, empero, una buena dosis de inconsistencias y arrebatos. Por eso no se ruborizaría el día de mañana rezarle a la virgen de Guadalupe para que se le cumplan sus deseos anti-españoles. Por de pronto, su carta la escribió en castellano.

Igual de estrambótico, pero jugando peligrosamente con nuestras vulnerabilidades, fue el experimento intentado hace escasos meses en nuestra “loca geografía”, como la bautizó Benjamín Subercaseaux. Fue un esfuerzo de indisimulada naturaleza secesionista. Una extraña y sinuosa propuesta de dar vida constitucional a un conjunto de micro-autonomías bajo determinantes raciales y ubicadas imaginariamente en el pasado.

Hoy suena delirante y excéntrico, pero en realidad se buscó implantar once bantustantes, muy parecidos a los observados en la Sudáfrica del apartheid. De haber triunfado, aquella alucinante etnicización de la polis, habría sumido al país en una incertidumbre nunca antes vista.

Sin embargo, pudieron más el sentido común y la fortaleza de la mesura. El experimento amenazó con abrir compuertas a un verdadero océano de incógnitas y cuestiones abstrusas. Unas de tipo doméstico. Otras externas.

Por eso, asuntos aparentemente simples, como la “cooperación transfronteriza”, fueron presentados como un confuso puzzle de micro-intereses de comunidades indígenas, existentes sólo en las afiebradas mentes de los redactores. Otros asuntos, algo más complejos, como la gestión de recursos hídricos compartidos, fueron dejados en una enmarañada tierra de nadie. Por eso, tanto en el subsuelo como en la superficie del texto plebiscitado se advertía que inversionistas grandes y chicos, nacionales y foráneos, se verían obligados a tratar con innumerables unidades autónomas. La troglodítica aventura significaba una brutal crisis del concepto de soberanía.

Como se sabe, terminó de golpe y se acabó la idea de unidades autónomas. Al menos bajo ciertas determinantes raciales. El país no quiso retroceder siglos, ni adentrarse en una caverna sin salida. Pero resulta imposible a priori determinar si las pulsiones disgregadoras desaparecieron del todo o no. Es posible que sólo se hayan congelado de manera temporal y los peligros secesionistas vengan ahora por otros lados.

Por ejemplo, desde una veta interna. Es claro, que, al haber estado tan cerca de obtener el poder total, sus promotores estimen haber aprendido las lecciones. Desde una perspectiva distinta, y evitando los aspectos más delirantes, bien pueden reverdecer su entusiasmo.

Otro peligro es de carácter externo. Proviene del hiperactivo expresidente boliviano, Evo Morales, quien aparte de complotar contra toda clase de enemigos, reales e imaginarios, ha iniciado una verdadera cruzada de separatismo racial a nivel regional.

Alejado del poder en La Paz, decidió crear Runasur, a través de la cual se propone re-dibujar el continente con un criterio de plurinacionalidades (ese famoso concepto, declarado en construcción, por quienes pretendieron introducirlo en Chile). Morales promueve nuevas unidades autónomas, amparadas en la identificación con los antepasados. En su caso, la primera prioridad es extender los espacios territoriales que alguna vez -en tiempos precolombinos muy pretéritos- ocuparon los aymarás.

Con esta finalidad organizó en La Paz, hace un año, un encuentro de “dirigentes de base”. Se le vio como inocuo y marginal. Casi un divertimento de un político jubilado. Pero no. A muy poco andar, sus profecías de un edén aymará empezaron a brotar en el sur peruano.

Ante la inacción del gobierno de Pedro Castillo en Lima, el Congreso tomó las riendas y declaró persona non grata a Morales. Aquella decisión dio una lección casi impensada. Los legisladores peruanos podrán estar enfrascados en disputas bizantinas por temas internos y peleados sobre la agenda política, pero no pasan por alto algo tan grave para el territorio del país. Comprendieron a tiempo que re-dibujar el mapa entre Perú y Bolivia significaba el cercenamiento de Perú y de países vecinos.

Los descendientes de aymarás son poco más de dos millones de personas, distribuidas entre el altiplano boliviano, el norte argentino, el sur peruano y el norte de Chile y con diversos niveles de integración en sus respectivas sociedades. Sin embargo, los problemas sociales inatendidos fueron caldo de cultivo y el astuto Morales decidió explotar la situación, aplicándole fuertes trazos demagógicos. Empezó a hablar de “República Peruana del Sur”.

Su accionar provocó desencuentros crecientes, los cuales aumentarán con el paso del tiempo. Lima ya retiró a su embajadora en La Paz y acusó a Morales de injerencia en asuntos internos peruanos. A su vez, pidió a Migraciones restringir los ingresos del expresidente y sus amigos. Una movilización militar en la frontera con Bolivia parece inminente.

Sin embargo, más allá de las medidas militares y administrativas, hay un trasfondo ideológico en todo esto. Si se mira la problemática con lentes de augmented reality, se encontrará a los intelectuales, especialmente a aquellos sin raigambre indígena, simpatizando con la causa desde cómodos cafés y oficinas. Son los infaltables, aquellos que gozan encontrando “oportunidades históricas” y captando incautos. Son los eternos buscadores de caminos igualitaristas.

Para ellos, ya agotado el libreto de la lucha de clases, el indígena fue elevado a la categoría de “nuevo sujeto social”. Como el obrero o el campesino en el siglo pasado. No es necesario recordar con tantos detalles los casos más famosos. Por ejemplo, el de Jean-Paul Sartre, cuyas elegías del genocidio maoísta, hoy causan estupor. En su afiebrada mente, los campesinos chinos de entonces no fueron individuos con potencialidades, sino masas dispuestas a construir el paraíso del futuro. Y hace exactamente 70 años, Neruda obsequió su Oda a Stalin.

Álvarez Junco, el gran estudioso español de las nacionalidades habla de estos casos como si fueran un síndrome, el de James Mac Pherson (Dioses Útiles, pag. 11). Se refiere así a un farsante escocés del siglo XVII, quien compuso una serie de poemas épicos, que dijo haber escuchado en lejanas islas del Mar del Norte, provocando entusiasmo entre los escoceses más respetables e ilustrados. Había imperiosa necesidad de mostrar algo ante el auge inglés.

En síntesis, no parece haber países ajenos a esta nueva encrucijada y, al menos en América Latina, ya flota un indisimulado interés en alimentar nuevas fobias. De paso destrozan esa tan pertinente definición de Nación legada por Ortega y Gasset: “Un sugestivo proyecto de vida en común”.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Ivan Witker

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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