Traer expositores desde el extranjero siempre es una apuesta riesgosa, por los altos costos de viajar hasta este último rincón del mundo, pero también por la posibilidad de que la invitada se mande una frase para el bronce, como la proferida recientemente por Mariana Mazzucato: “Muchos economistas en el mundo estamos mirando a Chile como experimento para matar el neoliberalismo”.

Sin embargo, esta frase resume de forma gloriosa lo que la economista —y gran parte de ese mundo progre-identitario— opina, y en ese sentido, constituye un tangible y sabroso producto de su millonaria visita a nuestro país. Porque la académica ha tenido los cojones suficientes reconocer lo que tantos otros opinan en silencio, pero callan en voz alta: que no somos más que ratas de laboratorio.

De un tiempo a esta parte, un sector no menor del sector que hoy está en el Gobierno se ha empecinado en provocar cambios en la matriz política o económica del país, sin saber a ciencia cierta cómo va a reaccionar la sociedad, a modo de experimento. Ejemplos abundan: en el plano político, tenemos el caso de la creación del cargo de gobernador regional, un puesto que es pura experimentación. Elegimos tipos con muchos votos, les damos pocas atribuciones y creamos una falsa sensación de descentralización (y por supuesto, nos sentamos a ver cómo reacciona la ciudadanía). Y para qué hablar del cambio del sistema binominal por uno proporcional, sin entender bien cuáles serían las consecuencias. En su momento, tuve la oportunidad de publicar dos columnas en este mismo medio (se pueden revisar aquí y aquí), advirtiendo los problemas que traería el nuevo sistema, y que lamentablemente, se hicieron realidad. Es evidente que el sistema binominal requería cambios, pero los años han demostrado que el remedio fue peor que la enfermedad.

En los últimos años, los experimentos han ido evolucionando al plano económico. El mejor ejemplo fue el intento de tirar a la basura el TPP-11. ¿Qué importaba poner en riesgo la inversión extranjera? Dar la señal de que Chile se contraponía al establishment del Asia Pacífico era mucho más conveniente y hasta necesario. ¿Y si en algunas décadas más nos damos cuenta de que el resultado fue un fiasco? Da lo mismo; estábamos experimentando.

Este afán por experimentar quedó plasmado, con tinta indeleble, en el texto constitucional rechazado. La Convención siempre tuvo un perfil medio de “científico loco”: se propusieron ideas descabelladas, como un sistema político que era la suma de piezas inconexas entre sí, un sistema de justicia desconcertante para la historia nacional, y un sistema económico que ni siquiera podía asegurar el desarrollo. En simple, puro ensayo y error. Por algo la propuesta convencional sólo fue popular entre gente joven de sectores más acomodados. Porque, para ellos, experimentar no sólo es algo natural, sino también algo positivo: si nos equivocamos, da lo mismo; sólo estábamos experimentando.

Al final del día, esta forma de ver la realidad no dista mucho de pensar en la sociedad como un grupo de ratas de laboratorio. Hay una explicación bastante fácil de por qué se utilizan ratas para hacer experimentos: su vida es muy poco preciada, y es fácil tener colonias de sujetos de ensayo. Así que si la rata se muere, la reemplazo rápidamente por otro espécimen.

Con la sociedad, evidentemente, no pasa lo mismo. No sólo porque cada sujeto es único e irrepetible, sino porque nuestra dignidad hace moralmente inviable experimentar con nuestro futuro, sin nuestro consentimiento, como si fuéramos parte de un laboratorio. Y esto es algo que muchos, desde el mundo progresista-identitario, parecen no entender. Mazzucato lo reconoció expresamente, pero el problema es mucho más profundo: en estos ocho meses, el Gobierno ha intentado una y otra vez meternos en una ratonera, y no sabemos cuántas veces más lo seguirá haciendo. Esto es irresponsable, arriesgado y puede terminar siendo catastrófico para la realidad nacional. Y lo peor de todo es que no hay una luz al final del túnel, mientras el científico loco siga con ganas de probar nuevos experimentos. O quizás deberemos esperar a ser rescatados por un Pinky y un Cerebro.

*Roberto Munita es abogado, sociólogo y master en Gestión Política George Washington University.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta