Las cosas cambian en Chile a una velocidad asombrosa. Hasta hace poco el crecimiento económico parecía asegurado, hoy las cosas están moviéndose hacia una contracción, tanto por las señales del mundo político como porque la economía mundial se desacelera. Hasta hace unos meses, el triunfo del “apruebo” en el plebiscito de salida era incuestionable, hoy gracias a la ignorancia sincera y estupidez concienzuda de parte importante de los constituyentes, la probabilidad de que gane el “rechazo” es la mayor. Por último, la popularidad del gobierno entrante se esfumó tan rápido que algunos aún no se enteran de ello. ¿Qué está pasando?

Difícil hacer un diagnóstico que sea tanto creíble como ampliamente compartido. Sin embargo, lo que está claro es que la paciencia de la gente se agotó porque, en general, la gran mayoría de la clase política vende ilusiones que después no se materializan, mientras ellos terminan siempre arreglándoselas. Aristóteles decía: “La excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía”. Eso es lo que la gente espera, que la realidad que vivimos sea igual a la de la clase política. Lamentablemente, esto no está sucediendo ni con el Gobierno, que administra el Estado, ni menos con buena parte de los convencionales constituyentes, que parecen creer que basta con poner las intenciones en un papel para que estas se cumplan, y desconocen que el mérito del éxito está en la gestión.

Y como para complicar más el escenario, en el frente económico, las cosas van a empeorar antes de mostrar cualquier atisbo de mejora. En efecto, para quienes confían en los pronósticos del Banco Central, sea tanto por la precisión de estos en el pasado como por la confianza que genera la opinión de expertos apolíticos, lo único que sostenía el crecimiento económico chileno para los trimestres venideros era la expansión de la economía global que estaba produciendo un aumento importante en el precio de las materias primas, que es lo que Chile exporta mayoritariamente. Sin embargo, la guerra de Rusia y Ucrania ha vuelto a alterar la ya frágil cadena de suministros mundial y ha impulsado los precios de bienes básicos de energía y alimentos, lo que a su vez pone presión a los bancos centrales del mundo para restringir su política monetaria vía aumentos en las tasas de interés, lo que amenaza el crecimiento económico al punto de inclinarlo hacia una desaceleración.  

Por supuesto que lo anterior no es culpa ni de los constituyentes ni del gobierno, que hasta ahora, gracias a su ministro de Hacienda, ha sido capaz de frenar las intenciones de ciertos políticos cuyas propuestas prometen más inflación y menos crecimiento. Lo que viene por delante será complejo, pues a las ya deterioradas expectativas de consumidores y emprendedores, a las que contribuyen las declaraciones de los constituyentes y de parte de funcionarios de gobierno, ahora se sumarán las noticias económicas externas. Es entendible que los desaguisados de origen externo no los puede resolver el Gobierno de turno, pero los internos sí son materia de su competencia y es en ellos donde se juega un rol clave para el bienestar y el progreso de la gente. El Gobierno deberá dejar de lado su afán refundacional que espero se transmita también a los constituyentes, y estos, a su vez, deberían dejar de lado su delirio colectivista y plurinacional, y concentrarse en mejorar lo que ya existe. De lo contrario las expectativas de consumidores y emprendedores se deteriorarán aún más, lo cual incidiría negativamente en la inversión y el consumo, corriendo el riesgo de caer en una contracción económica que sólo empeorará el ambiente económico, político y social.

Lo que está claro para quienes tenemos la potestad de emplear la democracia y el voto para decidir quién nos gobierna es que la facultad para cambiarlos es nuestra. Por lo tanto, si no satisfacen nuestras expectativas, por muy volátiles que estas sean, podemos echarlos. Sólo debemos aplicarnos más para no elegir a alguien que nos decepcione nuevamente, pues en ese caso el error es nuestra exclusividad. En conclusión, si sus expectativas son malas, entonces procure entregarle el voto a quien le ofrece su esfuerzo, no el de otros, para cambiarlas, y desconfíe de quien sostiene que el Estado con su ejército de burócratas cambiarán para mejor su bienestar. Eso no ha resultado en ningún país, y ejemplos tenemos por doquier en Latinoamérica.

*Manuel Bengolea es estadístico de la PUC y MBA de Columbia.

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