Ya estamos en la cuenta regresiva y pareciera que, salvo que medie un cataclismo, el 4 de septiembre los chilenos diremos no al borrador constitucional. De producirse este acontecimiento inédito ⎯difícil de imaginar hace un año⎯ quedará claro que las preocupaciones reales de los chilenos pueden más que las fantasías teóricas de ciertas élites y que la historia de los pueblos no está escrita de antemano. Pero a estas alturas también es evidente que el plebiscito no solucionará mágicamente nuestra crisis social y política (toda la esperanza es que evite profundizarla). Incluso en el caso de que triunfe el Rechazo, el 5 de septiembre se iniciará un camino nada fácil y la actitud no solo del gobierno sino también de quienes ganen será fundamental para lo que viene.

El riesgo del triunfalismo y los diagnósticos simples siempre existe, pero hay elementos del escenario político reciente -los mismos que han configurado al Rechazo como alternativa más probable- que podrían favorecer una actitud distinta. En primer lugar, y más allá de los innumerables errores de un gobierno que ha querido atar su destino al Apruebo, la fuerza del Rechazo parece residir fundamentalmente en los excesos de la Convención y en la sensatez popular frente a sus desvaríos refundacionales. En efecto, si contra la efervescencia de hace dos años termina por rechazarse el texto propuesto, será en gran medida por la lucidez de millones de chilenos que se resisten a someterse a un experimento cuyos costos pagarán en carne propia. Ese sentido común —que convive perfectamente con un anhelo de cambios con estabilidad— es lo que han reflejado desde hace meses las encuestas. 

Tener en cuenta este fenómeno popular es fundamental para una adecuada lectura del eventual triunfo del Rechazo. Reconocer y valorar lo que alguien ha llamado “el pueblo olvidado” es quizás uno de los mayores desafíos de las clases dirigentes de todo el espectro político, cuya desconexión —y en algunos casos, abierto desdén— respecto de la ciudadanía parece haber sido un ingrediente relevante de la crisis. Si lo anterior es cierto, reconectar con quienes sacan adelante esta nación desde todos los rincones es una cuestión de justicia y también una condición imprescindible si lo que queremos es convertirnos en un país estable, próspero y cohesionado en el largo plazo.  

Otro elemento que puede inspirar la actitud de los ganadores tras el plebiscito es el trabajo conjunto de personas de ideas políticas diversas que ha sido posible durante estos últimos meses de cara a lo que se considera mejor para Chile. La campaña del Rechazo ha mostrado que es posible trabajar codo a codo con quienes han sido adversarios políticos. Los puentes que se han tendido durante estos meses pueden ser un gran activo para el período que comienza, que requerirá de la grandeza de subirse a un mismo barco y llegar a acuerdos, con sentido de algo más grande que los intereses partidistas. 

El hecho mismo de que algunos actores estén colaborando con su silencio y hayan dejado espacio a notables vocerías de otros colores políticos es una señal de que entienden lo que está en juego. Pero eso que está en juego no se acaba con el plebiscito y es posible que cuidar la democracia chilena de las próximas décadas implique de ellos y de todos otros sacrificios impensados. 

Por último, de ganar el Rechazo, hará falta mucha nobleza hacia un gobierno debilitado por sus propias torpezas, pero que tendrá la inmensa responsabilidad de conducir al país en un momento decisivo. No hay margen para los pequeños proyectos. Las señales de estos últimos meses hacen pensar que es posible albergar esa esperanza. 

*Francisca Echeverría es investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

Francisca Echeverría

Investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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