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Publicado el 7 octubre, 2020

José Joaquín Brunner: Radiografía del Rechazo y el Apruebo: entre miedos y bloqueos

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

Quienes más ganan con el temor inducido desde un lado o con el bloqueo impuesto desde el otro, son quienes movilizan la violencia en las calles y los territorios, pues ellos aprovechan la parálisis del sistema para continuar corroyendo sus bases de legitimidad.

 

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”. Así dice la famosa frase de Marx. Es exactamente lo que estamos experimentando, camino hacia el plebiscito que incidirá decisivamente sobre el futuro de la República.

I

La derecha política concurre a esta trascendental determinación dividida entre el Apruebo y el Rechazo. No pudo asumir el desafío en su conjunto, como debió hacerlo, pues temió la reacción de su retaguardia más conservadora y anclada al pasado. Tampoco pudo definirse coherentemente por el Rechazo, pues en su interior los grupos liberales —ya desprendidos de ese pasado— buscan renovar la legitimidad de su sector.

Resultado: la derecha se autolimita a jugar un papel marginal, pero cargará, como un todo, con la (probable) derrota del Rechazo. Quedará en una incómoda posición dentro del proceso que se iniciará con posterioridad al plebiscito; campaña para elegir convencionales y puesta en marcha de la convención constituyente.

La incapacidad de la alianza oficialista de adoptar una línea común de acción ha condenado asimismo al gobierno a un rol secundario. Frente al hecho político del plebiscito —quizá el más importante de esta década—, el gobierno de Piñera está forzado a actuar como un observador neutral, encargado de velar por la corrección de los procedimientos y la seguridad del acto plebiscitario. Con esto, el gobierno aparece, una vez más, desprovisto de conducción e incapaz de orientar a la sociedad.

A medida que nos aproximamos a la votación del 25 de octubre, la derecha irá quedando identificada, cada día más claramente, con el Rechazo, y su segmento liberal aparecerá —en el mejor de los casos— como un convidado de piedra del Apruebo.

A su turno, la lógica del Rechazo tendrá que recurrir, cada vez más intensamente, como última ratio, a los miedos que la movilizan. Temor al desborde de las izquierdas, a la violencia anarquizante, al estatismo igualitarista y dispendioso, a la lucha de clases y la cultura ultraliberal del todo va. A falta de objetivos propositivos y de una causa constructiva que empujar, la derecha del Rechazo deberá recurrir a fantasmas, a la propaganda sensacionalista, a los discursos truculentos y al instinto de orden que anida en la conciencia colectiva.

No solo deja en una incómoda posición a los liberales del Apruebo, sino que confirma el “peso de la noche”, contribuyendo a polarizar el debate político y tornando más difícil la renovación democrática del sector en su conjunto.

II

Por su lado, las izquierdas, a pesar de compartir un deseo y voluntad comunes de abrir paso al proceso constituyente, concurren desordenadamente al plebiscito, con divisiones internas y una sorda pero constante lucha de hegemonías en su interior. No han podido siquiera acordar una alianza electoral opositora en vistas a las próximas elecciones de alcaldes y gobernadores.

Lo anterior es producto de la lucha ideológico-política y cultural que se desarrolla en su seno. Hay al menos cuatro corrientes (sensibilidades) en pugna, cada una con segmentos que se sobreponen parcialmente con alguna o varias de las demás corrientes.

Dos de esas corrientes reivindican la etiqueta socialdemócrata; una más liberal (los ex-concertacionistas), otra más ortodoxa (los ex nueva-mayoría). Y dos corrientes reclaman para sí la etiqueta de una izquierda radical; una tradicional (comunista) y una renovada, posmoderna (el frente-amplismo y su vecindario de grupos y movimientos).

Entre ambos cuerpos políticos-ideológicos hay diferencias de diverso tipo, que se combinan y recombinan entre sí: generacionales, de cultura, de visiones del mundo internacional, de temperamento (reformista y revolucionario), de lecturas del pasado reciente (los últimos 30 años), de modelos y aspiraciones de futuro (Estado de bienestar versus socialismo del siglo 21).

Con todo, por una suerte de moda semántica, a ratos  ambos bloques pretenden converger hacia ideales socialdemócratas nórdicos, los que son por completo ajenos, sin embargo, a la tradición comunista y distantes también de la ideología tipo Podemos (español) de la sensibilidad frente-amplista.

Todavía más a la izquierda del polo radical se ubica una franja —delgada seguramente, pero con cierto poder de maniobra— que literalmente (y sin sarcasmo) cabe denominar de ultra izquierda, a la cual concurren ideas, diseños, propuestas y acciones de rebelión antisistémica, quiebre institucional, estallido (tipo 18-O) permanente, todo ello fundado en la idea de que el poder nace de la calle y que su carácter no es constituyente sino justo lo contrario: un poder destituyente. Sin poseer una real incidencia en los procesos de la política en curso, sin embargo —al actuar como eco reflexivo de la violencia en las calles y territorios— adquiere una voz amenazante en los márgenes de aquellos procesos.

Pues bien, dentro del conjunto de fuerzas distribuidas desde el centro hasta los extremos de las izquierdas no hay, evidentemente, ninguna posibilidad de reunirse a celebrar el triunfo del Apruebo. Para unos representará la esperada ocasión de deliberar razonablemente y así construir la casa común de la nación; para otros, en cambio, será la ocasión de echarla abajo e inaugurar una nueva época histórica que ya no tendrá sobre sí el lastre de la ley. Como escribe Giorgio Agamben, filósofo italiano que inspira a los destituyentes locales, “mientras que el poder constituyente destruye la ley para recrearla, el poder destituyente en tanto, que depone para siempre la ley, se abre hacia una verdadera época histórica”.

III

En el intertanto, las cuatro corrientes principales opositoras —cada una con su correspondiente conformación de coaliciones, partidos, grupos y movimientos)- solo tienen un mínimo común denominador posible: bloquear al gobierno y su coalición y mantenerlo a la defensiva en todos los frentes. Tal es el papel que de aquí al plebiscito y con posterioridad hasta la elección presidencial jugarán forzosamente aquellas fuerzas, buscando con ello mantener al menos la apariencia de una comunidad.

De manera que mientras internamente compiten por la hegemonía —a dos bloques o a cuatro corrientes o bajo múltiples combinaciones de sus grupos integrantes— hacia fuera intentarán mostrar esa semblanza de unidad que solo puede ser negativa: repudiar al “enemigo” común; impedir que él se mueva con facilidad; imprimirle derrotas políticas tantas veces como sea posible y así debilitarlo para las batallas que vienen: plebiscito, proceso constituyente, y ciclo electoral de alcaldes y concejales, gobernadores, parlamentarios y elección presidencial.

Esta es una lógica perversa, si se quiere, mas la única que por el momento se halla disponible para las izquierdas en su actual estadio de luchas intestinas por la hegemonía. Exactamente igual como ocurre con la derecha del Rechazo, que está condenada a recurrir a los temores para levantar el volumen de sus audiencias, las izquierdas están condenadas a bloquear al gobierno y su alianza de sustento con el fin de mantener viva la posibilidad de hacerse del poder.

Es un juego de suma cero, donde unos jugadores ganan lo que otros pierden pero donde los más perjudicados son los demás, la gran mayoría de los chilenos que observan ese juego sin poder modificarlo.

Sin embargo, paradojalmente, quienes más ganan con el temor inducido desde un lado o con el bloqueo impuesto desde el otro son quienes movilizan la violencia en las calles y los territorios, pues ellos aprovechan la parálisis del sistema para continuar corroyendo sus bases de legitimidad.

Así, un año después del 18-O, un clima político parecido de divisiones, improvisaciones, inepcias, descalificaciones —más manifestaciones violentas en las calles y una represión ineficaz y brutal— podría conducirnos nuevamente por la misma espiral destructiva a poner en jaque el frágil orden que sostiene la convivencia democrática.

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