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Publicado el 9 septiembre, 2020

José Joaquín Brunner: Cuestiones ideológicas en la derecha

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

El hecho mismo de que el propio gobierno, los partidos y la inteligentsia de este sector se encuentren divididos, neutralizados y relativamente paralizados ante el evento plebiscitario muestra una carencia que no es solo táctica, ni siquiera de índole puramente estratégica, sino de carácter ideológico y, por ende, en el plano de las ideas.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro

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La derecha —esto es, sus partidos y personalidades, la coalición Chile Vamos y sus respectivos entornos ideológico-políticos— viven un momento de ideas. Hay una producción ininterrumpida de libros, unos círculos intelectuales que piensan y escriben, varios think tanks asociados al sector con una intensa actividad, y un debate a varias voces que los medios recogen y amplifican.

Es una novedad. Durante prácticamente medio siglo la derecha chilena vivió ideológica e intelectualmente a la sombra de una síntesis tecnócratica-gremialista de fuerte contenido económico, una inspiración jurídico-constitucional recelosa de la democracia y un modelo de virtudes conservadoras.

I

El paraguas de la dictadura y su régimen autoritario —con una estricta vigilancia ejercida sobre las universidades, los centros de pensamiento, las ciencias sociales, las humanidades y las artes— aislaron a la derecha civil (y seguramente a los militares también) del debate nacional e internacional de ideas y le confirió una sensación de falsa seguridad ideológica.

Este fenómeno involutivo se vio reforzado, además, por el aparente triunfo del “mundo libre” en su disputa con el bloque soviético, el derrumbe de éste y la rápida expansión de  las ideas de mercado, capitalismo neoliberal y globalización. Por un momento pudo parecer, efectivamente, que las ideologías de izquierda, progresistas y de cambio en general habían sido sepultadas bajo el peso de la tesis del “fin de la historia”. Ésta fijaba, de una vez para siempre, la fotografía de un “mundo feliz”, con Reagan y Thatcher a la cabeza, sus ideólogos dominantes repartidos entre Viena y Chicago, y sus discípulos predilectos en el Chile pinochetista y la América Latina del “consenso de Washington”.

Durante 17 años (o más), la derecha chilena creyó que existía un solo pensamiento (único) para gobernar la economía de los países y asegurar su estabilidad política, reflejado en el modelo neoliberal de crecimiento, una Constitución de “democracia protegida” y una cultura de masas que aseguraba conformidad política a cambio de un consumo material y simbólico en continuo aumento.

Incluso durante el periodo de la transición y posterior consolidación de una institucionalidad democrática pluralista y competitiva, la derecha no sintió la necesidad de hacerse presente en el terreno de las ideas y de competir con propuestas propias. Imaginó que, una vez establecido un moderno capitalismo de mercado, la eficaz gestión de las cosas y las personas eliminaría la demanda por política y llevaría a una gradual tecnificación de los discursos ideológicos. En breve, el mundo debía, y podía, ser orientado y conducido exclusivamente desde el punto de vista del management. De ahí la importancia —y el desmesurado valor— que adquirieron los MBA, convertidos en símbolo de una óptima gestión. Al mismo tiempo, explica la escasa preocupación por las cuestiones ideológicas y de ideas, miradas con sospecha dentro del mundo gerencial. Como señala un reciente estudio sobre las sensibilidades de la derecha chilena, “durante las dos primeras décadas de la nueva democracia inaugurada en 1990, la derecha chilena se dedicó a defender el legado del régimen militar, sobre todo mediante documentos técnicos (lo cual se transformó en su raison d’être), y no experimentó una real necesidad de someter a un cuestionamiento profundo sus propias ideas socioeconómicas, políticas y morales”.

II

En Chile, a su turno, tras 20 años de gobiernos concertacionistas (1990-2010), se habían producido importantes transformaciones como resultado del entrelazamiento entre una transición pacífica hacia la democracia, la reconstrucción de un Estado de derecho, una renovado cultura de DDHH, un significativo desarrollo económico, la modernización de partes del Estado, la reducción de la pobreza y la desigualdad, y una expansión de las libertades junto a mayor diversidad ético-cultural.

Sin embargo, las disensiones internas de la Concertación, su progresivo desgaste como coalición gobernante y una creciente alienación respecto de las bases de la ciudadanía y la sociedad civil, crearon las condiciones para que en la elección presidencial de 2010 se impusiera el candidato de la derecha, Sebastián Piñera. Esto ocurrió no tanto por la fuerza de las ideas de su coalición política, sino por el debiltamiento y la fragmentación de las ideas progresistas y por la promesa de un gobierno de estilo gerencial-empresarial, efectivo y eficiente.

Independiente de la performance de ese gobierno, que apenas duró 4 años y no pudo asegurar la continuidad de su coalición, interesa destacar aquí dos rasgos que estimularon a la derecha a iniciar una introspección respecto de la ausencia de ideas que la afectaba.

Primero, el hecho que aquel gobierno inicial careció de un proyecto y una proyección ideológica distintiva, definiéndose a sí mismo más bien como un nuevo equipo gerencial a cargo del país. El propio presidente fue definido, y actuó, como una suerte de súper CEO a la cabeza de una nación-empresa exitosa. Recuérdese la imagen de la toma de posesión del primer gabinete de ministros, cada uno siendo consagrado con un pendrive y un archivador conteniendo las tareas de las que debía hacerse cargo y rendir cuenta ante el gerente general. Y recuérdese, también, la imagen triunfante del presidente-gerente tras culminar exitosamente la operación del rescate de los 33 mineros.

Segundo, como consecuencia de lo anterior, dicho gobierno nunca llegó a crear un relato sobre sí mismo, que lo dotara de sentido y proyecto. Fue una gerencia-país sin narrativa y sin un fondo de ideas propias que permitiesen movilizar y orientar a la sociedad civil. No hizo política sino que intentó, más bien (con limitado éxito), empujar algunas políticas públicas; y cuando  intentó cambiar el perfil de su equipo político, ya era tarde para recuperar el entusiasmo y conseguir un nuevo sentido de misión. El gobierno de Piñera I terminó así, sin poder electoral pero además, más grave, sin dejar unas ideas fuerzas más allá de la impronta gerencial de su líder.

Ya en esos años comienza aquella introspección de ideas empujada por una generación variopinta de jóvenes académicos y literati de la derecha que salían a confrontar ideas y tradiciones y buscar una semblanza ideológica nueva para el futuro de la derecha. La rapidez con que se pasó de la administración Piñera I (2010-2014) a la administración Piñera II (2018-2022) fue tal, sin embargo, que no hubo tiempo para una real maduración ideológico-intelectual. Muy pronto la derecha volvió al gobierno; de nuevo  sin un fondo de ideas propio, con escasa capacidad de relato y, por ende, con una fuerte inclinación hacia el gerenciamiento micropolítico, la ausencia de discurso ideológico y el liderazgo del círculo piñerista.

Pronto esta forma de conducción se vio confrontada, luego remecida y finalmente sobrepasada por los acontecimientos: descontento en la sociedad civil, primero, y, enseguida, el estallido de violencia urbana del 18-O, la explosión de la protesta social en las calles, el debilitamiento de la autoridad presidencial, la necesidad de sustituir el programa gubernamental por medidas sociales y de cambio constitucional impulsadas por la oposición, la pérdida de coherencia por parte de gobierno y, como resultado de todo esto, un serio deterioro de la gobernabilidad del país. Súmese a esto, a partir de marzo pasado, el amenazante despliegue del Covid-19, la parálisis de la economía por confinamiento de la población, la abrupta caída del crecimiento, el empleo y los ingresos, y una crisis social silenciosa que dificulta todavía más la débil  gobernabilidad.

En este cuadro han tendido a multiplicarse las iniciativas y los esfuerzos del sector de derecha —sus dirigentes políticos, intelectuales, cuadros académicos y tecnocráticos, publicistas e instancias de reflexión— para generar respuestas a su crisis de sentido e identidad, y a la ausencia de ideas y relatos cuyo efecto negativo podría acentuarse de cara al ciclo electoral que se inaugurará con el plebiscito del 25 de octubre próximo.

III

El hecho mismo de que el propio gobierno, los partidos y la inteligentsia de este sector se encuentren divididos, neutralizados y relativamente paralizados ante el evento plebiscitario muestra una carencia que no es solo táctica, ni siquiera de índole puramente estratégica, sino de carácter ideológico y, por ende, en el plano de las ideas.

Las tensiones que existen dentro de la derecha en este plano pueden representarse a lo largo de dos ejes; uno horizontal, de orientaciones valórico-culturales, entre un polo liberal y uno conservador, y el otro, vertical, de visiones políticas de la gobernanza, entre un polo tecnocrático y otro social. El cruce de ambos ejes permite generar, para efectos del análisis, cuatro cuadrantes entre los cuales oscilan y se desplazan las dinámicas ideológicas de la derecha.

El cuadrante más fuerte ha sido, hasta ahora, el tecnocrático-conservador. Tecnócratico con un fondo económico-gerencial, sintetizado en una concepción ideológica neoliberal que da preferencia a los mercados sobre la política y a la gestión sobre la comunicación. Conservador en el terreno cultural y de orientaciones individuales y colectivas, de trasfondo ético-religioso católico y afirmación de conceptos como familia, tradición, jerarquías, autoridad, orden y distinción.

Este cuadrante, donde caben cómodamente la UDI, la herencia pinochetista (Partido Republicano de J.A. Kast) y diversos segmentos dentro de los demás partidos de Chile Vamos, comparte una serie de preferencias en común: la inclinación hacia una gestión político-gerencial del orden, con énfasis en el buen uso de los recursos; la eficiencia del desempeño público; las buenas prácticas basadas en la evidencia de las ciencias económicas y/o la experiencia internacionales sintetizada por la OCDE y, sobre todo, un fuerte énfasis en la preservación de jerarquías sociales bien delimitadas y cierta movilidad entre ellas basadas el el esfuerzo individual. Importantes segmentos de la burguesía empresarial chilena y de sus cuadros gerenciales se hallan ubicados aquí también. Asimismo, este cuadrante encuentra expresión en las ideas y análisis de algunos núcleos de tecnopols de la derecha, tanto de origen universitario como CLAPES de la PUC o think tanks como LyD.

Incluso, este cuadrante aparece representado en posiciones libertarias —al estilo yanki—, donde la conservación de la propiedad como principio absoluto, su libre intercambio y transmisión vía testamentaria definen un ámbito intocable de iniciativa individual, contratos entre privados y libre mercado, en una economía igualmente libre, con mínima intervención (menos aún que subsidiaria) del Estado, cuyos tributos declara moralmente repudiables. Donde la versión chilena de este pensamiento de derecha se aparta de su fuente norteamericana (Rothbard, 2010), es en la reivindicación igualmente decidida de la propiedad del propio cuerpo y, por ende, en los derechos al aborto, la pornografia y la prostitución, mientras no lesionen la propiedad de otros.

De modo que este tipo de ideología cabe perfectamente en el cuadrante tecnocrático-conservador, pues en su versión chilena se enuncia como una radicalización del pensamiento neoliberal, es cultivado ante todo en perspectiva de economía política y se proyecta sobre un trasfondo moral de jerarquías y verdades comunicadas con una retórica fulminante: “Los derechos sociales son un mito, no existen, un derecho social es un derecho a la plata de otro. Y le ponen el nombre social, que es un concepto fácil de vender, a algo completamente antisocial porque es convertir a cierto grupo de personas en proveedores ilimitados de recursos para otros grupos de personas, los que, a su vez, se transforman en dependientes del asistencialismo estatal con el que nunca salen adelante…” (A. Kaiser, 4 de enero de 2016).

En breve, en este cuadrante pueden aparecer interesantes combinaciones entre modernidad económica leída en clave de mercados y la conservación de diversas jerarquías de valoración de las libertades, la propiedad, la moral, la cultura estamental, etc.

El cuadrante tecnocrático-liberal resultó el más afectado debido al neto predominio  neoliberal. Éste último se asentó, precisamente, en círculos académico-intelectuales que, desde los departamentos de economía y administración y de los think tanks más próximos a la dirigencia política, alimentó a la elite de la derecha y sus medios de comunicación. Esta situación se prolongó hasta el primer gobierno de Piñera en 2010, momento en el cual ya aparecen varios indicios de búsqueda de una identidad liberal, entre otras razones para subrayar la trayectoria relativamente ajena al pinochetismo del propio candidato y su perfil más independiente de los partidos hegemonizados por la visión neoliberal del mundo.

Como sea, éste cuadrante se hallaba relativamente vacío. En la derecha se discutía más de Hayek, Friedman y la escuela de Chicago que de los clásicos liberales como Locke, J.S. Mill o Rawls, para no hablar de J.J. Rousseau o, más contemporáneos, de Berlín, Dworkin o Rorty. Había más interés por la teoría del capital humano que por la teoría de la justicia; por el diseño de mercados más que por el diseño de instituciones públicas; por las condiciones del éxito individual que por los bienes colectivos.

De forma que este cuadrante, que supone una definida visión liberal en el sentido de los valores que orientan la política hacia una libertad no solamente negativa, estuvo ausente desde el inicio. No solo bajo el gobierno militar, donde era anatema, sino incluso durante las dos primeras décadas tras la recuperación de la democracia. No dio lugar a que se desplegaran ideas culturales fundadas en un sentido amplio de libertad, en la tradición de las humanidades; o ideas de sociedad basadas en el reconocimiento pleno de las diversidades de experiencias e intereses; o ideas económicas preocupadas —más allá de los mercados— por el desarrollo de capacidades humanas en el sentido de A. Sen, o bien, por la generación de actividades creativas y de innovación. Entre los núcleos de pensamiento, el CEP aparece desde los años 1980 enfilado en esa dirección, buscando el diálogo entre diferentes tradiciones liberales y con las demás fuentes del pensamiento democrático (disclosure, soy miembro del Consejo de este Centro, pero hago parte culturalmente de la izquierda reformista y escribo con independencia personal).

En el plano de la política práctica, este cuadrante descansa sobre una gestión tecnocrática que incorpora elementos gerenciales propios del new public management, junto con una mayor sensibilidad por los factores propiamente políticos que llevan en consideración a las diferentes partes interesadas, los intereses en conflicto, públicos con demandas heterogéneas y, por ende, preste atención a las interacciones en el proceso político y a la elaboración de consensos.

Como vimos, ésta no es una tradición de pensamiento que cuente con una fuerte presencia en los partidos políticos chilenos durante la segunda mitad del siglo pasado o en el presente, en razón del peso de los factores conservadores principalmente y luego, además, de una visión economizante (neoliberal) de las libertades. Es decir, con mayor énfasis en la libertad de las cosas, los mercados, los flujos de bienes y el dinero que en las personas, sus capacidades, iniciativas y creatividad. Se halla presente incipientemente, sin embargo, en algunos liderazgos y grupos de RN, en jóvenes del sector y se supone que podría abrirse paso en Evópoli, como se aprecia más abajo.

IV

Los dos cuadrantes regidos por el polo social en el eje vertical, o sea, en el extremo opuesto al tecnocrático, se hallan relativamente menos desarrollado en el pensamiento de las derechas chilenas. Pero los cuadrantes respectivos no están despoblados.

El cuadrante social-conservador es típicamente aquel que, con insistencia, busca ocupar la corriente del ossandonismo en RN, con énfasis en una política sensible a los problemas locales de la gente y a una comunicación directa con sus necesidades expresadas en las encuestas de opinión o en el contacto directo con los hogares. Este cuadrante posee antecedentes católicos en la antigua derecha social-cristiana, aunque durante la segunda mitad del siglo XX la evolución de dicho pensamiento se canalizó en su mayor parte a través de la democracia cristiana con una vocación de cambio más marcadamente de centro-izquierda. A medio camino entre este cuadrante y el próximo se ubica, en la derecha chilena, el intento por repensar la sociedad civil bajo la forma de personas y comunidades unidas por vínculos morales y preocupaciones comunes. De esta forma, como ya antes había propuesto el partido conservador de Cameron en Inglaterra, sería posible superar el mundo puramente transaccional de los mercados con su completa ausencia de lazos de fraternidad que enfrenta a individuos dotados con libertad de elegir a una oferta cada vez mayor de opciones carentes de significado humano. Suele decirse que el Instituto de Estudios de la Sociedad (IES) tendría una cierta afinidad selectiva con este tipo de pensamiento neoconservador (o liberal) comunitario.

En el  cuadrante liberal del polo social también han surgido posturas que gruesamente podrían clasificarse como post-neoliberales, en la medida que —en vez de atender únicamente a consideraciones técnicas de focalización de los programas sociales— buscan generar políticas funcionales para las capas vulnerables de los sectores medios o usar el gasto público, en circunstancias de emergencia, incluso sin reparar en las restricciones y el equilibrio macro-fiscal, como ocurre, por ejemplo, con la corriente del desbordismo dentro de RN. Esta sensibilidad va más allá al esbozar una cierta “política de clase social” (no-neutral) dirigida a dichas capas vulnerables, a las que identifica como el público-objetivo de su promesa de integración social vía incorporación de sus miembros a los mercados, asistencia social y movilidad ascendente. Esta misma trilogía aparece también, aunque más tímidamente y sin una narrativa consistente, en la visión de los dos gobiernos de Piñera y, ahora último, más insistentemente y dentro de un relato de mayor alcance, en el programa del precandidato favorito de la derecha, Joaquín Lavín.

En torno a ambas visiones de la política-como-una-cuestión-social, la derecha ha retomado también una tradición de mayor activismo estatal. En el caso social-conservador, con el fin de promover condiciones mínimas de una vida comunitaria digna o decente: en la familia, el vecindario, la vivienda, el hogar, el colegio, el trabajo, la plaza pública, etc. Y, en el caso social-liberal, para producir un mayor grado de individuación (y autonomía personal) a través de una diseminación de la propiedad, los contratos y las oportunidades de acceso a los servicios de salud, educacionales y de previsión.

V

Naturalmente, los cuatro cuadrantes de nuestro análisis no son compartimientos estancos y admiten mixturas de diversa índole, cómo puede observarse tanto a nivel de líderes individuales de la derecha, de corrientes intra o interpartidistas y de los propios partidos de la coalición gobernante.

Lavín es un ejemplo de esto. Podría decirse que cada una de las cuatro patas de su mesa ideológica se apoyan en uno de los cuadrantes de nuestro esquema, a lo cual suele llamarse irónicamente su “camaleonismo”. En efecto, sus raíces originales están en el cuadrante tecnocrático-conservador. Desde ahí se expandió hacia un moderado liberalismo-tecnocrático, con mayor énfasis en la libertad de valores y una mejor comprensión de las bases prácticas del pluralismo y la “competencia desde la oferta” entre promesas y programas electorales. Posteriormente, quizá con base en sus incursiones electorales y experiencias municipales, asumió el polo social de la política; primero desde el punto de vista conservador para arribar luego al punto de vista social-liberal, donde parece situarse ahora, si se atiende a su recorrido desde un aliancismo-bacheletista a un lavinismo socialdemócrata. En ambos casos puede detectarse el deseo de señalizar que su inicial postura —de limitada visión tecnocrático-conservadora— ha evolucionado hacia una mesa de cuatro patas.

También hay corrientes que ocupan un lugar limítrofe entre dos o más cuadrantes, como ocurre, por ejemplo, con la Federación Social Cristiana convocada en su momento (enero de 2018) por el senador de Renovación Nacional Francisco Chahuán. El primer encuentro nacional de la Federación (abril de 2019) fue convocado para “generar un espacio de reflexión y diálogo, en torno a los principios del socialcristianismo en el mundo laboral, político, social, económico, cultural y ambiental en América Latina, a fin de afrontar los complejos desafíos del Siglo XXI”. Puesto en la frontera del eje horizontal entre los polos conservador y liberal, se halla en cambio más cerca del polo social que del tecnocrático en el eje vertical.

A nivel de partidos, como se ha visto, sucede algo similar. La UDI, tan nítidamente inscrita en el cuadrante tecnocrático-conservador, con su impronta neoliberal-católica, sin embargo no se ha autolimitado únicamente a un público burgués y mesocrático consolidado. Y, a pesar de sus visibles vínculos empresariales, buscó y logró proyectarse hacia un electorado popular, convirtiéndose en un partido de masas conducido, sin embargo, por un núcleo de dirección tecnocrático-conservador.

Evopoli es un ejemplo distinto de hibridación dentro del  mapa ideológico de la derecha. Nacido sin herencia directa, ha buscado su propia manera de cubrir los cuatro cuadrantes de modo, cabe imaginar, de explorar toda la extensión de posibilidades en un momento relativamente líquido de la política chilena. Esto, claro está, al costo de definir sus propios principios de una manera bastante genérica. Digamos así: este partido se presenta a sí mismo como una modalidad generacional, relativamente modernizada, y por ende más abierta y puesta al día, de renovación del espacio que se despliega entre los polos tecnocrático y social, y entre los polos conservador y liberal, con un moderado énfasis en favor de lo liberal (contemporáneo, libertades negativa y positivas) y de lo social (sociedad civil). Como dice un reciente estudio de anatomía de la derecha chilena, “Evópoli aparece como una nueva oferta que permite a jóvenes de procedencias diversas, siendo muchos emprendedores con estudios ligados al mundo de los negocios, hacer realidad sus ambiciones. Se despliega en un contexto de renovado interés por la política y percepción de agotamiento de las viejas estructuras, al que las reformas políticas aprobadas en 2015 entregarán un marco institucional favorable a los nuevos emprendimientos partidarios”.

VI

También los debates sobre el pensamiento ideológico de la derecha, y la disputa de ideas entre sus propios intelectuales, académicos, think tanks y generadores de opinión, se hallan presentes en estos cuadrantes y en las dinámicas y  desplazamientos que se producen en su interior y entre ellos. El resultado en este plano, el ideacional, es por el momento fluido e inestable, pues ahora—tras tres décadas o más de indisputada hegemonía  del cuadrante tecnocrático-conservador, o neoliberal-gremialista como suele llamarse—el cuadro ideológico de la derecha se encuentra en pleno proceso de reconfiguración. El panorama es fluido, además, por razones de la coyuntura nacional e internacional.

En el plano nacional, el ambiente es poco propenso para la reflexión ideológica de larga duración, pues hay demandas inmediatas—crisis de gobernabilidad, pandemia, confinamiento, inminente plebiscito, ciclo intensamente electoral por delante, mercados fuertemente dañados, sociedad civil con alto potencial conflictivo, desconfianza institucional, opinión pública hostil al gobierno y hacia la política—que atender y condiciones adversas que sortear. El gobierno y la coalición de derecha se hallan a la defensiva; el ciclo del predominio piñerista se acerca a su definitivo final. Los partidos mismos están políticamente desordenados y se hallan forzados a rearmarse ideológicamente en este entorno turbulento.

En el plano internacional, a su vez, hay pocos referentes que alimenten los procesos de renovación del pensamiento de la derecha. Este sector experimenta, en los países de referencia para la derecha chilena, una crisis de magnitud. En todas partes se halla deprimido por la misma pérdida de hegemonía, vigencia y aplicabilidad de la doctrina neoliberal y su caja de herramientas de políticas.

En EEUU el Partido Republicano ha sido capturado por un movimiento nacionalista-populista claramente contrario a la democracia liberal y a sus antiguos postulados de una economía de mercados abiertos bajo un Estado arbitrador neutral. También el liberalismo-social (compasivo) y el conservadurismo institucionalista han sido reducidos hasta convertirse en corrientes menores y de escasa influencia. En Europa avanzan diferentes versiones nacionalistas de derecha, con sesgos autoritarios, iliberales y ajenos a las tradiciones de cultura pluralista, mientras parecen haberse interrumpido o postergado los procesos de renovación del pensamiento de derecha democrática. El PP español pasa por un mal momento, la derecha francesa ha sido descolocada por el macronismo y la inglesa, que en tiempos de Cameron pareció revivir con un pensamiento de renovación cuyos ecos llegaron también a Chile, terminó confundida por el Brexit y en manos de un primer ministro esencialmente posmoderno que se mueve entre la figuración mediática y la inconsistencia política.

En cambio, la experiencia de centro-derecha más exitosa de Europa durante los últimos años, la de la DC alemana—con su impronta interclasista y su participación en un Estado de Bienestar fundado en la coparticipación de empresarios y trabajadores y un avanzado sistema industrial y de capacitación laboral—siempre ha sido un referente elusivo para la derecha chilena. Tampoco la evolución de la iglesia católica, en cuanto a su doctrina social bajo el papa Francisco, resulta favorable o de interés como una fuente de inspiración para el pensamiento conservador chileno, aunque puede estimular un examen de conciencia más sensible hacia la cuestión social. Con todo, el pensamiento de Francisco resuena hoy más próximo a ciertas corrientes críticas de la izquierda que a un cuadro de renovación de la derecha, con su aguda crítica al capitalismo y sus efectos medioambientales, de descarte humano de las masas migrantes, de globalización de las injusticias y de difusión de un modelo de vida sin fraternidad ni dignidad.

La derecha chilena, y su pensamiento, se encuentran por tanto frente a desafíos de gran magnitud en un entorno nacional e internacional adverso. No sorprende, por lo mismo, que se hayan activado múltiples iniciativas de revisión histórica, análisis de la sociedad, reflexión de filosofía política y elaboración de modelos de una buena sociedad.

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