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Publicado el 30 marzo, 2021

Jaime Guzmán: la persona y su legado a 30 años de su asesinato

Director de Formación, Fundación Chile Siempre Jaime Tagle

Su rol dentro de la elaboración de la institucionalidad política es una de las causas del interés vigente por estudiar las ideas de Guzmán, más aún en el momento constituyente que vive Chile.

Jaime Tagle Director de Formación, Fundación Chile Siempre
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30 años, un crimen horrible y un legado controvertido

El 1 de abril del año 1991 fue asesinado a las afueras del Campus Oriente de la Universidad Católica el senador Jaime Guzmán. Figura controvertida, durante el retorno a la democracia se alzó como uno de los líderes de la oposición al gobierno de Patricio Aylwin; hoy su persona e ideas siguen en constante cuestionamiento, así como el crimen que le quitó la vida sigue fresco en la memoria política nacional. Sin retroceder mucho en el tiempo, durante el mes de marzo de este 2021 uno de los terroristas condenados por su asesinato tuvo una aparición estelar en televisión, donde sin pudor se habló del “ajusticiamiento” de Guzmán. Son múltiples los actores políticos que hasta el día de hoy mantienen una postura ambigua respecto del atentado terrorista cometido por el Frente Manuel Rodríguez, y lamentablemente varios de los involucrados y condenados por la justicia se mantienen en la impunidad tras escapar de prisión y del país, protegidos por otras naciones.

Sin menospreciar la gravedad del asunto tratado, la figura de Guzmán y la contingencia de su nombre trasciende del hecho horrible que acabó con su vida. Su legado intelectual y político es múltiple y ha significado más de una polémica epistolar, académica o mediática. Fue fundador del Movimiento Gremial de la Universidad Católica, uno de los redactores de la Constitución de 1980, destacado profesor universitario durante décadas y en 1983 dió vida a la Unión Demócrata Independiente (UDI). Ciertamente dejó una huella en cada una de sus actividades, que ha sido observada tanto por sus discípulos como  sus adversarios. Al parecer, sus adversarios han ido ganando la carrera en desmontar la obra de Guzmán, y los hechos recientes tienden a comprobarlo.

La crisis de octubre y el proceso constituyente -con la discordia constitucional existente- son, entre otras cosas, consecuencia de muchos años de estudio y crítica a parte de las ideas y obras del senador. La contundente aprobación que obtuvo la idea de redactar una nueva Constitución, sin significar que todo Chile es de izquierdas, sí desacreditó la legitimidad del orden político trazado por Guzmán y puso en tela de juicio el futuro de dicho proyecto, cosa que fue destacada ya por el historiador Alejandro San Francisco en su artículo “La muerte espiritual del ideario guzmaniano”, más aún considerando que la UDI concurrió al acuerdo del 15 de noviembre que derogaba su fundador.

Sin embargo, las ideas viven, y la persona y su testimonio no pueden dejarse de lado. ¿Quién era Guzmán? ¿Qué pensaba y por qué es tan relevante hasta el día de hoy?

Formar y transformar

El fundador del gremialismo nació el 28 de junio de 1946. Como cuenta José Manuel Castro en su biografía intelectual Jaime Guzmán: Ideas y política 1946-1973 (Centro de Estudios Bicentenario, 2016), su familia -ligada a la alta sociedad y a prominentes líderes públicos de la época- le permitieron ser parte desde su infancia de instancias sociales donde la política era un tema principal. Ya en su etapa escolar pudo entrar en contacto con destacadas figuras del pensamiento católico chileno -como el padre Osvaldo Lira o Jaime Eyzaguirre- en medio de una época de duro enfrentamiento por la hegemonía ideológica. Así, se fue forjando en él su ideal de vida: formar y transformar (Cuaderno de Anotaciones, 5 de octubre de 1962).

En el colegio y posteriormente en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica fue un líder indiscutido. José Joaquín Ugarte, conocido catedrático de Derecho Natural y amigo de Guzmán, relata que lo conoció dando el discurso de inauguración del año académico cuando entraron a la universidad, donde el joven novato motivó a sus compañeros de generación: “En esta empresa grande, que nos es común, nosotros nos sacrificaremos y los haremos con fe; con una fe vigorosa y optimista. Porque sabemos que seremos guiados por la luz de la antorcha que está encendida en todos los corazones que aceptan la Verdad”.

Ciertamente, una fuerza y una claridad que muchos novatos hubieran querido transmitir en su primer día de clases. Con el pasar de los años, en la vida universitaria el joven Guzmán desplegó su principal campo de acción. Como estudiante, como dirigente y con la fundación del gremialismo en el contexto de la Reforma Universitaria y la toma de la Casa Central, y posteriormente como profesor de las cátedras de Derecho Político y Derecho Constitucional.

El Movimiento Gremial logró imponerse desde el año 1968 en las elecciones FEUC terminando con la hegemonía democratacristiana del período. De sus filas surgirían dirigentes juveniles que luego pasaron a la política, algunos contemporáneos a Guzmán, otros como discípulos. En la cátedra de Derecho Constitucional, no solo lograba transmitir los principales conceptos e ideas que también compartía en la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución, sino que también generó una serie de vínculos que no se limitaban a lo académico, teniendo una gran preocupación por sus alumnos.

Desde la fundación del Movimiento Gremial hasta su asesinato, la actividad política de Guzmán fue en creciente aumento. Se integró a la campaña presidencial de Jorge Alessandri en 1970, lideró la oposición al gobierno de Allende -de lo cual tenemos el registro de sus participaciones en “A esta hora se improvisa” de Canal 13-, fue un miembro clave de la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución, fundador de la Unión Demócrata Independiente (UDI) y luego senador por la circunscripción de Santiago Poniente. El hilo conductor de todas estas actividades es una parte de lo que hasta el día de hoy mantiene su nombre en la contingencia: fue uno de los principales líderes de la derecha chilena, no solo en lo político-partidista, sino que especialmente en el plano de las ideas.

El político y el peso de sus ideas

Arturo Fontaine Talavera, en su estudio preliminar de la famosa colección El Miedo y otros escritos. El pensamiento de Jaime Guzmán E., disponible en la Revista del Centro de Estudios Públicos, afirma con claridad que el fundador de la UDI no fue un político a secas, tampoco un intelectual, sino que un político de marcada vocación por las ideas y la promoción de las mismas. Algo de eso hay, sin duda.

Al respecto, Guzmán fue una de las figuras de derecha que más contribuyó al debate de las ideas en su tiempo. Sus publicaciones en medios de comunicación, la declaración de principios de la UDI, los apuntes de Derecho Político recopilados por sus discípulos, los discursos en el Senado y sus Escritos Personales (publicados póstumamente) son un testimonio de parte de la intensa labor doctrinal del asesinado senador. Adicionalmente, es presentado como el gran “arquitecto” de la institucionalidad política que hoy se encuentra en sus últimos momentos de vida, pero rigió casi impoluta hasta el 2005.

Su rol dentro de la elaboración de la institucionalidad política es una de las causas del interés vigente por estudiar las ideas de Guzmán, más aún en el momento constituyente que vive Chile. Desde la izquierda hasta la derecha encontramos a analistas críticos del edificio doctrinario guzmaniano. Quizás el primero y más conocido es Renato Cristi, que en distintos trabajos se ha concentrado en la evolución de Guzmán desde el corporativismo hacia el “neoliberalismo”, apuntando a su colaboración con el Régimen Militar y la influencia de distintos autores en el proceso -desde Carl Schmitt hasta F.A. Hayek-. También están las críticas contemporáneas desde la derecha, particularmente Daniel Mansuy o Hugo Herrera. Ambos, en términos generales, siguiendo el esquema que plantea Cristi, cuestionan la “ortodoxia económica” del Guzmán de los años 80 y 90, que incluso habría interpretado torcidamente principios de la Doctrina Social de la Iglesia como la subsidiariedad, que estaría plasmada en la institucionalidad chilena con un marcado acento en la faz pasiva.

Ya habíamos advertido que tras años de intenso cuestionamiento, hoy el orden “guzmaniano” y sus ideas se encuentran en una retirada evidente. Las izquierdas lograron triunfar en la opinión pública al demonizar la Constitución y su contenido esencial. En la derecha, una parte importante consideró insuficiente el planteamiento político de Guzmán para la actualidad, algunos por diferencias como las expuestas en el párrafo anterior y otros por posicionarse en ideas más centradas o liberales. También, muchos de quienes debían defender y renovar dichas ideas no lograron dar una respuesta consistente y a tiempo, lo que podría representar una auténtica muerte espiritual.

Sin embargo, si hay algo que Guzmán tenía claro, es que las ideas permanecen, que lo importante no son los votos sino que “captar el corazón y la mente de las personas”. Así como los detractores han estado muy presentes en la crítica elaborada de su pensamiento, también encontramos autores que han analizado los principios y propuestas guzmanianas de manera que conservan vitalidad en la actualidad. Así lo muestran libros y artículos de académicos como Arturo Fermandois, Alejandro San Francisco, Carlos Frontaura en su trabajo sobre la subsidiariedad y José Manuel Castro con su completa biografía intelectual del senador, así como Gonzalo Rojas, Marcela Achurra y Patricio Dussaillant, que editaron sus apuntes Derecho Político.

Guzmán para el Chile que viene

Más que entrar en concreto a objetar las conocidas críticas a Guzmán -de las cuales creemos ya hay suficientes trabajos que bien las refutan-, sí vale la pena mostrar que el planteamiento guzmaniano tiene mucho que decir hoy, no solo para una Convención Constitucional o para papers, sino para los desafíos que está enfrentando Chile en este cambio de época y qué podrían aportar los promotores de la dignidad y libertad humana en el proceso.

Cuando uno lee a Guzmán en función de su evolución, recepción de autores específicos o la colaboración con el Régimen Militar, ciertamente se hacen observaciones parceladas, que lo dejan encerrado en un período o en una actividad. Las ideas de Guzmán hay que comprenderlas no solo con sus transformaciones y circunstancias, sino ante todo en lo que es esencial. Ciertamente hubo cambios desde 1963, año en que ingresó a la Universidad Católica, hasta 1991, cuando fue asesinado. Sin embargo, el núcleo fundamental de ideas permaneció y se desarrolló en el tiempo. ¿Cuál es ese núcleo esencial?

Como idea general, la valoración de la dignidad de la persona y su libertad. Esto no se reduce a la promoción de la libertad política y la libertad económica, sino que es la consecuencia de una concepción antropológico-ética que entiende a la persona como creada a imagen y semejanza de su Creador, dotada de inteligencia y voluntad libre con un fin trascendente. Por supuesto, dichos presupuestos nos llevan a una serie de nociones que, debidamente fundamentadas, dan forma a la doctrina guzmaniana.

Si el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios: “Tiene, por ello, prioridad ontológica y de finalidad sobre la sociedad y el Estado. El hombre es un ser substancial con un destino eterno, mientras que el Estado es un ser relacional, que deriva de la dimensión social del hombre, y perecedero” (El capitalismo y los católicos de la tercera posición, Fiducia, 1965). El Estado se debe a la persona, está a su servicio y así cumple con su finalidad fundamental: el bien común.

Pero no hay que confundirse, el bien común no es un asunto exclusivo de la autoridad política, sino de la sociedad toda. Un recto ordenamiento social comprende una serie de cuerpos intermedios, cada uno con sus finalidades específicas, todos los cuales deben contribuir al bien común. Ante ellos, el Estado debe resguardar su autonomía y apoyarlos, incluso suplirlos cuando sea necesario, jamás asfixiarlos o excluirlos. Nos encontramos ante el principio de subsidiariedad, en el cual es posible fortalecer el tejido social y la solidaridad.

Así, bajo una cristiana concepción del hombre se funda una sociedad libre y justa. Una que rechaza el totalitarismo y el estatismo, pero también el individualismo. Por lo mismo, creer en las libertades y la subsidiariedad implica un deber con generar oportunidades para corregir injusticias que ofenden a la dignidad de la persona. Por lo mismo, decía Guzmán, “Un Estado subsidiario disminuye su tamaño y orienta su función redistributiva a superar la pobreza -y no a una utópica igualdad- como instrumento de efectiva justicia social” (Entrevista en Ercilla, 1980). Hoy claro, el desafío es diferente a la pobreza extrema de ese entonces, pero el principio sigue intacto.

Estos son principios generales, queda mucho por decir y por pensar en el eventual aporte de Guzmán en las actuales condiciones políticas. En cualquier caso, Jaime Guzmán advirtió que una sociedad libre y justa no debía caer en el materialismo, el nihilismo o el relativismo precisamente porque “ninguna sociedad ni civilización subsisten si no se cimientan en los valores morales que las constituyen como comunidades con destino histórico” (“Navidad y el eco de Walesa”, La Tercera, 1988). En otra ocasión sostuvo: “Solo los valores morales y espirituales son capaces de brindar auténtica felicidad al ser humano. Solo ellos pueden también cimentar una sociedad con rectos ideales” (“Final del comunismo y urgencia cristiana”, La Tercera, 1990).

Esto último fue precisamente lo que movió a Guzmán y lo que sostiene el cuerpo doctrinario aquí formulado. Ni la dignidad de la persona, sus libertades, el bien común, la subsidiariedad del Estado, el rechazo de los totalitarismo y el combate contra la pobreza tienen sentido sin comprender que para él “la actividad política es una forma de ejercer mi apostolado cristiano” (Entrevista en La Segunda, 1989).

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