Entre las razones que se han dado para explicar la victoria del Rechazo el 4-S, la responsabilidad de los convencionales por sus actuaciones personales ha recibido un tratamiento dispar.

Algunos, antes y después del plebiscito de salida, han reconocido sus errores abandonando un orgullo que prefiere brillar de forma solipsista y que rechaza ser iluminado por un prójimo, y otros han preferido evitar la pregunta por la autocrítica, indicando que lo importante es entender políticamente el antes, durante y después del año de trabajo de la Convención como un “todo”.

Pero las explicaciones políticas no excluyen las asociadas a la responsabilidad moral personal. En efecto, las razones políticas se refieren a las circunstancias, tanto en la Convención (retraso en el trabajo, gastos, etc.) como fuera de ella (rol de los medios de comunicación, movilización ciudadana, etc.), que resultaron decisivas en el resultado final, pero que resultarían incompletas si no se considerara que ciertas actuaciones de algunos convencionales en específico resultaron determinantes.

El daño no “lo hizo la conducta de la Convención”, como si se tratara de un órgano que operara con una identidad propia, concentrando las decisiones particulares de todos sus integrantes de forma indistinguible logrando así anularlas ante cualquier juicio ético que se les quiera legítimamente formular. La desprestigiada imagen de la Convención desde el día uno se debió a hechos puntuales y graves. Por tanto, al convertir las actuaciones de cada uno de sus miembros en irrelevantes, la autocrítica pasaría a ser mero y aburrido ejercicio de reflexión del fuero interno, carente de valor político y que diluye la responsabilidad personal de tal modo que el lema “yo estoy bien y tú estás bien” campea exultante.

Alejandro Serrano, en Ética y Política, recuerda que, para Aristóteles, la asociación Estado-Ciudad era un hecho necesario y natural, cuya organización y comportamiento (la Política) debía someterse a las normas reguladoras de su conducta. Es decir, sustentarse en la Ética y subordinarse a ella. En el pensamiento griego, la Ética es la esencia de la Política, como el arte del bien común. Unidas en la Antigüedad, han sido separadas por la Modernidad, pues se ha suprimido la ética como categoría política, lo que trae como consecuencia que la política se entienda como un valor en sí mismo y no subordinado y sustentados sobre principios morales. Las crisis provocadas por esta separación, a nivel nacional y mundial, son suficientemente conocidas.

No hace muchos años, Christina Aguilera cantó: “Soy hermosa en todos los sentidos y tus palabras no pueden deprimirme”, reflejando así la cultura política moderna de la autoinvención y autoafirmación que busca impedir y destruir infundadamente toda crítica ética o moral al comportamiento individual. ¿Quién eres tú para decirme cómo comportarme?, se pregunta, hoy el convencional, mañana el político que negocia. Es a la sociedad chilena a la cual deberá rendir cuenta también personalmente.

*Javier Mena Mauricio y Roberto Astaburuaga Briseño – Abogado Comunidad y Justicia

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