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Publicado el 20 de marzo, 2020

Eleonora Urrutia: China y el coronavirus: Crónica de un manejo irresponsable

A la hora de poner en perspectiva el planteamiento que inevitablemente surgirá para encontrar culpables y empezar a hacer comparaciones entre sistemas institucionales y líderes, es útil leer la narrativa de los hechos sobre por qué estamos donde estamos en esta pandemia.

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Las pandemias son enfermedades contagiosas que irrumpen de manera súbita y afectan a una gran parte de la población de la Tierra. Con un alcance menor, pero también masivo, se llaman epidemias. La más mortífera de la que se tiene cabal evidencia fue la peste de mediados del siglo XIV que asoló Europa. La más documentada y realmente global fue la epidemia de gripe de 1918, cuyo minúsculo agente no se logró observar con los microscopios de la época. Se la llamó gripe española por efectos del azar: la anécdota cuenta que el rey Alfonso XIII, de un país neutral como era España durante la I Guerra Mundial, contrajo el mal y su caso fue noticia inmediata en todo el mundo. Pero lo más probable es que la gripe se expandiera con el masivo traslado de tropas y mulos a través del Atlántico. Poco más de un siglo después nos despertamos con las noticias del fatídico coronavirus, que es ahora perfectamente reconocible, aunque su modo de expansión siga siendo misterioso.

La historia de la humanidad es una de lucha entre progreso, y marginalidad y enfermedad. Desde sus orígenes la especie humana se ha visto ante la tarea de convivir con un mundo natural que le brinda todas las posibilidades de supervivencia, pero que también le es hostil. La clave del éxito ha sido su modificación en beneficio de todos. Cada vez son menos las personas que sufren, aunque las sigue habiendo; hay desastres, pero sus efectos cada vez son menos letales; muchas situaciones reclaman mejoras, pero las soluciones no vienen de un paternalismo estatal todopoderoso sino de la libertad y la creatividad humanas, en un entorno de instituciones que permitan y protejan la libre discusión y el ejercicio de la razón por cada persona. Aún queda mucha muerte, discriminación, sufrimiento e ignorancia, pero son incomparablemente menores a las que había antes.

En este momento, frente al virus corona, no hay soluciones fáciles. El ostracismo absoluto de la sociedad acarreará consecuencias económicas peores quizás que la propia pandemia, y además no es seguro que pueda funcionar. Meses de vida de ciencia ficción encerrados en casas para convertir a los jóvenes en youtubers o productores de memes no pareciera ser la respuesta correcta, porque además no puede una parte de la población hibernar mientras otra provee de alimentos, aspirinas o combustibles.

Desde luego la situación se presta para que aparezcan propuestas de trasfondo ideológico y político que lleven agua al molino propio, como que las democracias liberales propician un consumo desmedido o que China logró controlar mejor la situación, y por tanto resurja como modelo de organización política futura. Vale la pena recordar que si el progreso se detiene, las muertes aumentan, ya que las enfermedades contagiosas son responsables del 50% de las pérdidas en países en desarrollo mientras que idéntico porcentaje es de 7% para los desarrollados. Solo el avance logrará sacar a los países más pobres de la realidad en la que viven, que es mala de manera independiente del nuevo virus.

Entonces, a la hora de poner en perspectiva el planteamiento que inevitablemente surgirá para encontrar culpables y empezar a hacer comparaciones entre sistemas institucionales y líderes, es útil leer la narrativa de los hechos sobre por qué estamos donde estamos en esta pandemia, que son públicos y por lo mismo circulan libremente, pero no se les ha prestado mayor atención en occidente.

Un problema «local»

El primer caso de COVID-19 ocurrió el 19 de noviembre del 2019, el primer individuo que dio positivo por la enfermedad tuvo síntomas el 12 de diciembre y según la revista médica británica The Lancet, el paciente cero estuvo expuesto al virus el 1 de diciembre. La falta de condiciones sanitarias en un mercado de animales salvajes en Wuhan, una práctica común en un país que no ofrece seguridad alimentaria, fue fundamental para el brote, aunque ya en un artículo publicado en el 2007 en Hong Kong se advertía que había un reservorio de coronavirus en los murciélagos y que el hábito del sur de China de “comer mamíferos exóticos” era una “bomba de tiempo”.

Esa bomba no se limita a la vigilancia de la salud, sin embargo. China es una dictadura sin libertad de expresión, de prensa, política ni religiosa, con opositores y activistas de derechos humanos arrestados, torturados y sentenciados repetidamente a campos de reeducación. Por caso en 2002, la información sobre otro coronavirus, el SARS-CoV, fue suprimida por la dictadura china, condenando a muerte a cientos de personas. Tarde, el Partido Comunista admitió los errores y despidió al Ministro de Salud y al Alcalde de Beijing de aquel momento. No es casual, por lo mismo, que con este virus las primeras voces de alarma vinieran de Hong Kong, donde hay mucha más libertad de prensa y medios que en la China Continental. Aun así, los personeros que gobiernan esa isla no pudieron emitir una advertencia de viaje a Wuhan o hacer seguimiento de los viajeros infectados de aquella región. Fue necesaria extrema presión de parte de los medios y organizaciones privadas poder revertir ese error, mientras eran cuidadosos en repetir la línea oficial del partido de que el virus no se transmitía de humano a humano.

Debido a que la preocupación de las dictaduras es con la estabilidad del régimen, y no con el bienestar de la población, el gobierno chino tuvo con el SARS-CoV-2 los mismos incentivos para descuidar nuevamente una pandemia de coronavirus. El 30 de diciembre de 2019, cuando COVID-19 enfermó a 7 pacientes en un hospital de Wuhan y un médico, Li Wenliang, intentó advertir a otros médicos, la policía china lo obligó a firmar una declaración de que su advertencia era “comportamiento ilegal” y se vio obligado, junto a otros médicos de Wuhan, a firmar un documento admitiendo “difundir mentiras”. Aislado del tratamiento de sus pacientes, sin apoyo oficial, Li terminó contrayendo coronavirus y muriendo, a la edad de 34 años.

Entre principios de diciembre y el 19 de enero del 2020, el Partido Comunista Chino minimizó el brote a un problema local, limitado según ellos a un pequeño número de clientes en un mercado de Wuhan. Cualquiera sea la causa de la enfermedad, “no se parecía en nada al SARS”. Tan pronto como el 26 de diciembre, un técnico de laboratorio contratado por hospitales chinos dijo que su compañía había recibido muestras de Wuhan y llegó a la conclusión que contenían un nuevo coronavirus con un 87% de similitud con el SARS. El 24 de diciembre, una muestra de SARS-CoV-2 tomada de un paciente fue enviada a un laboratorio para la secuenciación del genoma. Los resultados estuvieron listos 3 días después, pero las autoridades de Hubei ordenaron la destrucción de las muestras.

Vale la pena recordar que el Partido Comunista Chino está al frente actualmente del mayor acto de restricción a la libertad de expresión en la historia. 50.000 censores participan en el proceso de control de internet en el país, conocido como La Gran “Firewall” China. Los servicios como Gmail, Google, Facebook, YouTube, Wikipedia, Reddit, Instagram, Twitter y WhatsApp están oficialmente prohibidos. Mientras el gobierno monitorea las aplicaciones permitidas, controla todo el contenido en línea y el tráfico de información. El Partido Comunista también controla todas las oficinas de periódicos en el país. No hay acceso en el país a BBC, NYT, The Guardian, WSJ, Reuters, TIME, NBC. Al controlar internet y los medios de comunicación, el Partido Comunista Chino no tuvo dificultad en interrumpir el flujo de información de la población sobre el coronavirus, colaborando activamente para hacer del brote una pandemia.

Como ya señalamos, Li Wenliang, el médico denunciante, no fue liberado de la prisión hasta el 3 de enero, luego de firmar un documento que suponía la práctica de “actos ilegales”. Otro médico, Wang Guangbao, admitió más tarde que la especulación sobre un virus similar al SARS era fuerte en los círculos médicos a principios de enero, pero que los arrestos disuadieron a muchos -incluido él mismo- de hablar abiertamente sobre el tema. En febrero, dos periodistas chinos, Fang Bin y Chen Qiushi, desaparecieron después de trabajar en la cobertura del coronavirus en Wuhan y denunciar la supresión de información del gobierno.

Xi Jinping, presidente de China, comentó públicamente por primera vez sobre el SARS-CoV-2 el 20 de enero, aunque trece días antes en una reunión interna del partido había admitido la existencia del nuevo coronavirus. Durante esos trece días el Partido Comunista llevó a cabo dos grandes reuniones en Hubei y un banquete de más de cuarenta mil familias en Wuhan, con la tentativa de batir un record mundial. China no declaró una emergencia hasta ese día. Cuando Wuhan fue aislado tres días después, ya era demasiado tarde: el virus se estaba extendiendo por todo el país, llevado por los 400 millones de chinos que se preparaban para viajar para celebrar el Año Nuevo Lunar. Durante casi 2 meses, mientras el virus se propagaba, el Partido Comunista Chino encarceló e intimidó a médicos y periodistas, controló el flujo de información, minimizó los riesgos del brote ni expandió las camas de la UCI. Puestos a elegir entre la salud de los ciudadanos y la del Partido Comunista, no hay competencia y los ciudadanos no pueden esperar que la “mera” propagación de un virus cambie el estado de las cosas.

Nadie tiene la culpa

Dado que tanto el número de víctimas mortales como la tasa de infección que provocaron, hay muchos problemas hoy en China y se centran en determinar quién es el culpable. En estas circunstancias, la primera prioridad del Partido Comunista es garantizar que no se admitan fallas sistemáticas o fallas estructurales que surjan de la práctica del secreto, que es el sello distintivo de todas las dictaduras. Lo que generalmente sucede y previsiblemente sucederá en este caso es que un grupo de personas será culpado por su negligencia y por no informar a las personas infalibles que dirigen todo desde el gobierno central y en consecuencia habrá una serie de despidos sumarios y / o renuncias.

Para entender por qué ha surgido esta terrible situación, es necesario comprender cómo funcionan las cosas dentro de una dictadura. Parece obvio decirlo, pero vale la pena enfatizar que en China solo se espera que los funcionarios tengan buenas noticias para sus superiores. Esta es la razón por la cual, por ejemplo, cada provincia informa niveles de crecimiento económico que rutinariamente ascienden a una cifra más alta que la dada para la nación en su conjunto. El gobierno central es muy consciente de la exageración y la mentira que informan desde abajo y hace ajustes para reflejar mejor la realidad. Sin embargo, nadie es lo suficientemente audaz como para abordar el problema subyacente de la mentira obligada de los burócratas, porque reconocer esto requiere un replanteamiento fundamental sobre la responsabilidad. Los ciudadanos en dictaduras también son conscientes de que los funcionarios mienten habitualmente, de modo que incluso su honestidad no se ve recompensada con la creencia, sino que se la saluda con escepticismo. A menudo esto genera pánico o, como mínimo, respuestas irracionales a situaciones que son bastante controlables, pero solo en circunstancias en las que quienes ejercen el control tienen cierta credibilidad. Por lo tanto, como en este caso, cuando un virus misterioso comenzó a aparecer en Wuhan, la primera respuesta de las autoridades fue mantenerlo en silencio porque, de lo contrario, sería admitir el fracaso. A medida que aumentaba la evidencia del impacto del virus, las autoridades tenían que fingir que tenían todo bajo control o que el problema era menos grave de lo que de otro modo podría temer. Así surgió el círculo vicioso de disimulo y acción retardada.

No es que los políticos sean mucho mejores en otros sistemas más transparentes y responsables de gobierno; habitualmente como lo estamos viendo estos días, los burócratas pueden tratar de comportarse de la misma manera, pero se descubren rápidamente porque los sistemas democráticos están diseñados para hacer responsables a los funcionarios y porque la información circula libremente entre millones de individuos.

Ahora se trata de manejar la crisis. Una vez pase esta situación, deberíamos tener presente que cabe temer la posibilidad de la aparición o mutación de un virus de alta velocidad de transmisión (como el virus corona) y con una altísimo índice de mortalidad (como el ébola). Las consecuencias para nuestras sociedades de una pandemia así tendrían un alcance incalculable, no sólo en términos de vidas humanas, sino en términos políticos, económicos, sociológicos. Lejos de ser el argumento de alguna película, los gobiernos y líderes de opinión debieran dejar de coquetear con las distracciones del discurso políticamente correcto, desviando fondos de investigación a preocupaciones irrelevantes, tomar en consideración la posibilidad de que esto sea real y actuar en consecuencia, recordando que el progreso humano no ha venido de ningún estado, de ningún organismo científico o técnico, que lo haya organizado todo bien. Ha venido y sigue viniendo como fruto de millones de decisiones individuales, cada una de ellas tomadas en libertad, que han permitido a la humanidad descubrir ideas mejores y soluciones a sus problemas. En su charla de abril de 2015 Bill Gates advertía que la próxima catástrofe global sería una epidemia: “Si algo puede llegar a matar a más de 10 millones de personas en las próximas décadas es más probable que sea a causa de un virus altamente infeccioso y no una guerra”. Ojalá a futuro actuemos con estas premisas en la cabeza.

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