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Publicado el 4 marzo, 2021

Cristóbal Aguilera: La difícil realidad

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

Pocos soportan ver las cosas tal como son; en cambio, la mayoría se contenta con ilusiones futuras, sueños de un mundo y un hombre mejor, que en algún momento, quién sabe, se harán realidad.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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La realidad no siempre es algo agradable. Un mundo imperfecto, habitado por seres imperfectos, que normalmente se equivocan más de siete veces al día. El sufrimiento es algo que amenaza constantemente nuestra existencia y muchas veces nos envuelve y aniquila completamente. Una vida breve, muchas veces fútil a ojos de este mundo, respecto de la cual tenemos una sola seguridad: que terminará más temprano que tarde.

¿Qué podemos esperar, entonces?

La realidad, en efecto, no siempre es algo agradable, pero es lo único que tenemos. O nos sometemos a ella o terminaremos flotando en espacios imaginarios de lo cuales siempre caeremos, de pronto, con mucha fuerza. La realidad, como la gravedad, no perdonan. La realidad es el único antídoto contra la frustración y la indignación que hoy nos tienen capturados.

Cuesta, sin embargo, hablar de ella. Suele ocurrir que cuando uno pronuncia expresiones del tipo «así es la vida, así es la realidad» la reacción es casi violenta. Pocos soportan ver las cosas tal como son; en cambio, la mayoría se contenta con ilusiones futuras, sueños de un mundo y un hombre mejor, que en algún momento, quién sabe, se harán realidad. Pero no. Mientras nuestra naturaleza humana sea la misma, todo lo que salga de las manos de los seres humanos, mañana y en dos mil años (al igual que hace dos mil años), será algo imperfecto, frágil, pasajero.

Pero todo esto tiene su belleza particular. Que la vida sea finita, por ejemplo, permite que podamos apreciar cada día como algo único. ¿Qué sentido tendría el presente, se preguntaba Robert Spaemann, si viviéramos eternamente en este mundo? Algo parecido podría decirse del sufrimiento. Las filosofías modernas, en general, son hedonistas. En consecuencia, la gran mayoría de los proyectos políticos a lo único que se orientan es al bienestar: evitar, en lo posible, el sufrimiento o maximizar el placer, lo que hoy se traduce en el predominio de la propia subjetividad por sobre cualquier otra consideración (como nuestra naturaleza, que es nuestra verdad, nuestra realidad). Bienestar material, por cierto, porque una perspectiva espiritual pondría una importante cuota de escepticismo ante estas miradas.

En esto, izquierda y derecha están unidas hace bastante tiempo: lo único importante es el progreso. Sin embargo, el único modo de ofrecer un horizonte verdaderamente humano es despegar la mirada del suelo (de lo material), lo que solo se logra –aunque suene paradójico– si se tienen los pies bien puestos en la tierra. Por algo los ojos están en la cima de nuestra constitución física y solo alcanzan su mayor altura cuando estamos erguidos sobre nuestros pies.

Aquí hay un desafío de enorme importancia. Debemos resistir las ideologías que se resisten a la realidad. La realidad, con todas sus dimensiones, nos ofrece una alegría que tiene la principal virtud de ser verdadera. Poco se piensa sobre esto, pero la realidad es algo que nos ha sido dado, que al nacer habitamos y que al morir nos sobrevive: no somos responsables de esto que somos cada uno, en lo más íntimo, que es lo que hoy queremos, irrealmente, que predomine. Pero tenemos otra opción, que es la que nos propone el cristianismo, y que consiste en dar las gracias. Dar las gracias es lo que nos permite, por lo demás, oponernos con fuerza y templanza a las injusticias de este mundo.

De un tiempo a esta parte se ha hecho especialmente necesario que escuchemos la gran carcajada de Chesterton que se encuentra en cada una de sus páginas para que nos sacuda el espíritu de tal modo que, luego de restregarnos los ojos, podamos ver de otro modo el cielo que nos ilumina y la tierra que nos sostiene. Que al despertar, como a él le gustaba decir, lo primero que hagamos es agradecer que aún tenemos una nariz (porque bien podríamos no tenerla). Y que mientras vamos agradeciendo, nos vamos encontrando con Aquel a quien le debemos agradecer, lo que de pronto nos permitirá comprender que todo tiene sentido, precisamente porque hemos recibido un gran regalo, que es nuestra realidad.

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