Sin que resultara evidente entonces, en la elección de Convención Constitucional, postergada varios meses por la fulminante pandemia que hizo imposible su realización en la fecha prevista, se selló el destino del proceso constitucional. En mayo de 2021 fue elegida una institución única en la historia de Chile, no solo por lo inédita de su misión –escribir una nueva Carta Fundamental– sino que, sobre todo, por lo sorpresiva que resultó su conformación a partir de los resultados de aquel impecable referéndum otoñal. Para muchos, erradamente, el colectivo de 155 convencionales elegidos ese día representaba como ninguna institución al “verdadero” Chile. Se asumió precipitadamente que estábamos en presencia de un avance mayor en la calidad de la representación política en el país.

Pero si se observaba con atención no era difícil advertir el grave problema que iba a marcar a fuego el desarrollo de la Convención. Lo que en realidad se había conformado fue un conjunto nítidamente partisano, el más sesgado que haya existido desde la recuperación de la democracia, en el sentido que reflejaba desproporcionadamente a una parte del sistema político, dejando a la otra parte seriamente subrepresentada. ¿O era que el país había cambiado tan profundamente después del estallido social que la derecha se había convertido súbitamente en una minoría políticamente irrelevante? La última elección presidencial, pero sobre todo la parlamentaria, iba a mostrar pronto el serio error de diagnóstico en el que habían incurrido quienes creyeron que se había dibujado un nuevo mapa político en el país. Lo que había ocurrido era algo mucho menos extraordinario: la sorprendente configuración de la Convención era el resultado de un peculiar arreglo de las reglas electorales, un diseño –¿cómo denominarlo sin resultar peyorativo?– que difícilmente se vaya a replicar alguna vez en el futuro.

¿Qué otra cosa podía esperarse de un colectivo así de partisano que una Constitución también partisana? Se habría requerido mucha sabiduría política y visión estratégica para que desde allí hubiera brotado esa Casa de Todos que tantos chilenos anhelaban cuando en 2020 optaron masivamente por reemplazar la Carta Fundamental que nos rige. La abrumadora mayoría de la izquierda que se constituyó en la Convención pudo más y produjo un texto a su medida.

Así las cosas, la propuesta constitucional carga con lo que, se podría decir, es un defecto de origen del que nunca pudo desprenderse hasta aquí. Se trata de un texto tan partisano que para algunos como Fernando Atria, Marcos Barraza y otros ex convencionales, no requeriría casi de modificaciones. Lo cierto es que el verso de Milanés que Michelle Bachelet hizo suyo, “no es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé”, representa genuinamente a buena parte de la izquierda, que ha caído demasiado tarde en la cuenta que para muchos chilenos resulta, en cambio, una propuesta notoriamente imperfecta. Entre estos se cuentan, dolorosamente, no pocos compañeros de ruta de jornadas históricas que por primera vez toman caminos opuestos.

Cómo fue que esa izquierda, encandilada por la inclusión de un amplio catálogo de derechos sociales, vio en la plurinacionalidad y el consentimiento indígena, en la eliminación del Senado y del estado de emergencia, en la generación parlamentaria de gasto público, en la reelección del gobernante en ejercicio, en el politizado rediseño del Poder Judicial, y en otras disposiciones disruptivas, las fundaciones y los pilares de la Casa de Todos, quedará para el análisis concienzudo de los analistas políticos. Por de pronto, el veredicto del próximo domingo podría convertirse en uno de sus más amargos momentos en mucho tiempo, seguramente mucho más que cuando perdió el gobierno a manos de Sebastián Piñera en sendas ocasiones. La autocrítica, que se hace perentoria cuando las cosas salen así de mal, debería dejar a un lado la tentación de poner culpas en las comunicaciones (un clásico de las derrotas electorales) o en los poderes fácticos. Aquí hubo errores de proporciones que será indispensable inteligir en ese lado del espectro político. Porque esa misma izquierda sigue teniendo altas responsabilidades por delante y será requerida sin demora para el intenso y exigente período que se avecina –proceso constitucional incluido– en el que se jugará, ahora sí, el destino del país y de sus futuras generaciones. 

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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