“En este momento no hay posibilidad de entendimiento ni de historias compartidas”, es el inquietante título de la más reciente entrevista concedida por Jonathan Haidt (El Mercurio Sábado), cuya lectura resulta altamente recomendable, cuando no indispensable. El sociólogo norteamericano, que ha venido escribiendo desde hace algunos años sobre el efecto de las redes sociales en la sociedad y en la política –nos visitó en 2017– no tiene un buen pronóstico para el futuro que nos aguarda.

En tanto las redes sociales están conduciendo al desprestigio y colapso de las instituciones democráticas, estaríamos próximos al fin de un ciclo que, como ha sido típicamente cuando este se produce, debiera dar origen a uno nuevo que lo sucede. Las grandes crisis mundiales del pasado –Haidt nos recuerda el período de la posguerra– muestran que siempre hubo una generación capaz de construir nuevas instituciones y formas de vida renovadas sobre los restos de la precedente. Cuando las cosas se rompen y un determinado orden pierde validez, en sus palabras “llega una nueva generación para construir otro set de normas”.

El problema es que en esta ocasión esa capacidad parece no haberse desarrollado suficientemente ni estar disponible para “construir o servir de guía a la próxima generación”. La que debería asumir esa responsabilidad histórica está siendo diezmada por la acción persistente de las redes sociales cuyos algoritmos hipertrofian los sesgos cognitivos descritos hace décadas por Daniel Kahneman. De hecho, la supremacía de estos sesgos (sobre todo los de repetición y confirmación) sobre una generación completa de jóvenes y adultos jóvenes es la principal causa de la pérdida paulatina de legitimidad de las instituciones, y de la anomia que es su inmediata consecuencia, inhabilitando de paso la construcción de las nuevas que deberían tomar su lugar. El creciente desacomodo con el sistema institucional genera en esta ocasión, a diferencia de las anteriores, formas de comportamiento acentuadamente desinstitucionalizadas. Por ejemplo, la resistencia al capitalismo no ha engendrado hasta aquí un sistema institucional capaz de tomar su lugar y reemplazarlo. Este goza de buena salud a pesar de la deslegitimación, de la mano del neoliberalismo, que sufre en no pocas partes del mundo.

La desafección respecto de las instituciones ha alcanzado incluso a la más valiosa de todas las que ha producido la civilización hasta aquí: la democracia. Pero, a diferencia del capitalismo, notablemente resiliente al daño reputacional, la democracia es una construcción institucional extremadamente frágil a los embates de sus enemigos –bien lo sabemos en el continente que habitamos– y ahora también a la acción persistente y eficaz de los algoritmos en las redes sociales.

¿Es el fin de la historia, ahora sí, que pronosticó en su tiempo Francis Fukuyama, cuando la democracia y el capitalismo parecía que iban a dominar sin contrapeso en la humanidad después de la caída del Muro de Berlín y del colapso de la Unión Soviética? En todo caso sería un fin muy distinto al avizorado por Fukuyama, uno donde el capitalismo –y la destrucción creativa que le es inherente– seguiría teniendo un rol insustituible (incluso para enfrentar el desafío del calentamiento global), mientras que la democracia, en cambio, se debilita peligrosamente. “Es posible que en Estados Unidos tengamos un período que no reconoceremos como democrático”, presagia Haidt sin que parezca siquiera un augurio desmesurado.

Todo esto sin considerar el avance incontenible de la tecnología que parece estar gestando una nueva disrupción epocal de la mano de la inteligencia artificial y el aprendizaje profundo de los algoritmos –¿ha oído hablar de los large language models?–. Las nuevas aplicaciones que ya están surgiendo desde esos ámbitos van a producir nuevos efectos disruptivos sobre los comportamientos sociales que están a la vuelta de la esquina.

Nada de esto parece inquietar mayormente a la política chilena, que se mantiene en buena medida anclada a los paradigmas del siglo 20, como si la barrera de la distancia pudiese contener el tsunami de las redes sociales que, por cierto, ha arribado a nuestras costas con similar intensidad a la que impacta en el mundo desarrollado. Mucho menos pareció influir en la Convención Constitucional cuya propuesta apenas se hizo cargo del riesgo que corre la democracia en estos mismos momentos y en los tiempos que vienen. “Las redes sociales son muy buenas derribando cosas y no tienen antecedentes de haber construido nada”, remata categórico el sociólogo en la entrevista.

Construir el Chile del futuro pone a la generación que toma la posta ante las más altas exigencias que haya tenido ninguna de las que la precedieron desde 1990, para lo cual hará bien en desprenderse de cualquier atisbo de superioridad moral y, más bien, adoptar la humildad de quienes se saben recorriendo un terreno desconocido erizado de peligros, pero también pletórico de oportunidades.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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