Estamos en período de postulaciones a la Universidad, al mismo tiempo que empieza a surgir un consenso sobre el problema que enfrenta el país en materia de educación, fuertemente agravado por la pandemia. Y no se trata de recursos, somos el segundo país de la OCDE que más gasta en educación en términos del PIB, y además el gasto estatal en educación se ha multiplicado por tres veces en términos reales en los últimos quince años.

A pesar de ese gran esfuerzo en materia de recursos, el déficit de capital humano es seguramente una de las causas del estancamiento de la productividad en estas dos décadas. Se trata de un problema multifactorial, pero creo que una de las razones importantes detrás de este fracaso es un desequilibrio entre derechos y deberes; parece que se nos olvidó que la necesaria mejoría en el capital humano es imposible si no fomentamos los deberes de los estudiantes, de los profesores y de los padres en materia de educación. En estos tres ámbitos, el deterioro resulta bastante evidente.

Una excelente película de hace varios años (2005) que vi recientemente, basada en una historia real, refleja en muy buena forma el problema que señalo en el párrafo anterior. Se trata de “Juego de Honor” (“Coach Carter” en inglés), que narra la historia de un entrenador de básquetbol, Ken Carter, quien, a cargo de un equipo de un colegio vulnerable en Estados Unidos, no sólo los convierte en campeones, sino también asegura para muchos de ellos su futuro académico.

¿Cómo lo hace? A punta de mucho esfuerzo, disciplina y rigor. Su entrada como entrenador no es bien acogida por los estudiantes, poco acostumbrados a un durísimo entrenamiento, que en la actualidad probablemente sería considerado abusivo (“pobres niños, se pueden traumar”). Los consecutivos triunfos del equipo generan luego una enorme satisfacción, no sólo a los niños, sino también a sus padres, que empiezan a ver un mejor futuro para sus hijos en el deporte. Sin embargo, en ese momento el entrenador empieza a concentrarse en los débiles resultados académicos de su equipo, y les exige mejor rendimiento también en ese ámbito para pertenecer al equipo de básquetbol. Esto genera gran rechazo de los padres, que convencen al colegio para que descarte esa exigencia ¿Fracasa entonces el entrenador Carter en su empeño? No, porque son luego los propios alumnos los que se toman en serio la exigencia, y deciden que pueden ser exitosos en los dos campos.

Aunque el equipo no logra salir campeón del Estado, la película cuenta al final que la mayoría de sus integrantes obtiene un título universitario, posible sólo gracias al esfuerzo en lo deportivo y académico. Ken Carter logra lo que era su principal objetivo; permitir que esos niños pudieran salir definitivamente de la condición vulnerable en que habían nacido.

Necesitamos muchos Ken Carter en Chile, que puedan enseñar a sus alumnos la importancia del esfuerzo y la disciplina. Pero necesitamos también políticas educacionales que lo permitan, lo que significa que debe existir más garrote y zanahoria en los colegios.

¿Por qué, por ejemplo, no se establece que la nota de disciplina sea parte del famoso NEM? Es necesario entregarles a los profesores más herramientas para que puedan generar mayor cultura de esfuerzo y disciplina. Debemos buscar también mecanismos para terminar con la inflación de notas, que lleva a disminuir los niveles de exigencia y también crea falsas expectativas en los estudiantes y sus padres. Necesitamos además padres menos preocupados de la nota y más del aprendizaje de sus hijos, y volver a valorar lo que antes se conocía como “hijo del rigor”.

Termino con unas frases de una muy linda canción de Serrat sobre los hijos: “Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen…”. Muchas veces, por tratar de evitar los malos momentos, los dejamos mal preparados. A lo mejor nuestros padres fueron más duros de lo necesario con nuestra generación, estamos cometiendo el error inverso, tratemos de corregirlo.

*Cecilia Cifuentes es economista, ESE Business School.

María Cecilia Cifuentes

Economista, ESE Business School.

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