Paulina Vodanovic, presidenta del Partido Socialista, conmocionó el ambiente político hace un par de semanas. Señaló, hablando de su partido, “el gran error que cometimos el 18 de octubre fue quedarnos callados. No salir a defender con fuerza las ideas, los logros de nuestro gobierno. Y no condenar tajantemente la violencia”. Eran sin duda las palabras de una socialdemócrata y, desde nuestra historia reciente, las palabras de una “socialista renovada”. Una renovación socialista que ella asocia a su padre: “Mi papá fue artífice de esa renovación socialista: le dijeron amarillo por 30 años. Como Partido Socialista, hicimos ese ejercicio de pensar aquello que no se hizo bien.”

Efectivamente, sin la “Renovación Socialista” habría sido imposible la transición a la democracia en los términos que se dio en nuestro país luego del fin de la dictadura y no habrían tenido lugar las décadas de crecimiento económico y estabilidad política que la sucedieron. Corresponde, en consecuencia, que la presidenta del partido lo reivindique con el vigor con que lo hace. Sin embargo, se debe admitir también que algunas acciones recientes del partido no siempre han estado en consonancia con ese espíritu, ni todos los militantes del partido parecen felices con ellos.

La actitud que criticó Paulina Vodanovic es una de ellas. Y quizás habría podido recordar que, en medio del vandalismo y la violencia desatada de los días del “estallido”, muchos socialistas, incluidos dirigentes y parlamentarios, no sólo no defendieron la obra de sus gobiernos, sino que no pudieron ocultar su beneplácito ante lo que quizás calificaron como justa rebeldía. Pero quizás la acción más incongruente con los principios de la renovación fue la decisión partidaria de abandonar la coalición que le daba identidad dentro del gobierno, el “Socialismo Democrático”, para constituir con el Frente Amplio y el Partido Comunista el pacto “Unidad para Chile”.

¿Por qué pudieron ocurrir estas incongruencias que niegan la Renovación Socialista? La única explicación posible es que las ideas de la Renovación no son aceptadas por todos y que hay quienes no desperdician la oportunidad de volver a viejos conceptos y costumbres.

Esa añoranza de un pasado pre-Renovación ha alcanzado a muchos. Así, Carlos Altamirano, que al finalizar la década de los ochenta en una conversación que habría de convertirse en libro (Patricia Politzer, Altamirano, Melquíades, Santiago 1989), declaró: “…intelectualmente he sido uno de los autores de la renovación socialista y de la necesidad de construir la más amplia alianza política”, veinte años más tarde, en otra conversación que también se publicaría como libro (Gabriel Salazar: Conversaciones con Carlos Altamirano. Memorias Críticas, Debate, Santiago 2010) señaló “…lo que esos socialistas han hecho no es renovación, ni siquiera socialismo, sino -a mi juicio- lisa y llanamente traición”.

Altamirano afirmaba, así, que Hernán Vodanovic -el padre de Paulina- Ricardo Núñez, Ricardo Lagos, Carlos Briones, Luis Alvarado, José Antonio Viera-Gallo, Aquín Soto, José Miguel Insulza, Ángel Flisfisch y cientos y cientos de otros socialistas, que habían seguido las orientaciones que él había dado veinte años antes, eran ahora traidores.

¿Por qué lo eran?

Jorge Arrate ofreció una respuesta. Y hay que decir que Arrate, con justicia, debería ocupar el primer lugar de la pequeña lista expuesta párrafos más arriba. Pero mudó de pensamiento y, como Altamirano, se convirtió en un crítico de la renovación y de la “amplia alianza política” que era la Concertación, al grado de registrarse como militante en el Partido Comunista para ser candidato presidencial en 2009. En el segundo volumen de sus memorias Volveremos mañana (Dictadura, destierro y retorno, Santiago, LOM, 2008), nos explica: “…la renovación tuvo un vacío enorme: no teorizó sobre el mercado… En el intertanto, el mercado ha impuesto su lógica en la mayoría de los ámbitos de la vida en común sin que la Concertación o la Nueva Mayoría hayan conformado una armazón doctrinaria apta para dar la batalla”.

Con esa afirmación, empero, no alcanzó a explicar, quizás ni siquiera a definir, ni las razones ni el tamaño de la traición. Porque, si se trataba de teorías, todos los documentos emanados del proceso de renovación socialista hablaron siempre de mercados regulados. Quizás la regulación de los mercados no sea suficiente teoría para Arrate, pero más allá de la regulación de los mercados sólo está la desaparición de los mercados y presumiblemente su substitución por algún tipo de planificación. Y eso es algo sobre lo que, a pesar de su crítica a la falta de teoría, Arrate no ha teorizado nunca: ha enfrentado valientemente su “batalla” contra el mercado, pero sin proponer nada para substituirlo.

En su libro Allende. La izquierda chilena y la Unidad Popular, Daniel Mansuy sugiere la que podría ser otra explicación de la traición, vista desde la perspectiva de Altamirano, Arrate y otros socialistas que renegaron de la renovación socialista y de la alianza con la Democracia Cristiana que dio lugar a la Concertación de Partidos por la Democracia. Para Mansuy, esa alianza y sobre todo la aceptación del liderazgo de Patricio Aylwin, fueron logradas por los socialistas al costo de un olvido de la experiencia de la Unidad Popular y de la figura de Salvador Allende. Y ese olvido -siempre según Mansuy- no fue más que la manifestación de la hegemonía demócrata cristiana dentro de la coalición que se creaba.

Desde luego es verdad que el Partido Socialista llegó a la Concertación sin ninguna pretensión de restaurar la Unidad Popular o de demandar pleitesía a la figura de Salvador Allende. Lo que no es igualmente cierto es que aquello fuese considerado un costo por los socialistas renovados, ni mucho menos que les fuera impuesto por sus aliados. Por el contrario, parte de la renovación fue justamente una mirada crítica del proceso de Unidad Popular.

Por otra parte existía absoluta consciencia de que se iniciaba un período de transición que, en ese momento específico, señalaba de modo natural que fuese un demócrata cristiano quien encabezara un gobierno en que los socialistas iban a participar. Desde luego hubo negociación, posturas y contraposturas; dentro del socialismo había quienes preferían a Gabriel Valdés y en algún momento se propuso formalmente a Enrique Silva Cimma. Nunca se propuso a un socialista y, cuando finalmente se acordó que Patricio Aylwin fuese candidato de la coalición, nadie rechazó su nombre. Durante toda la existencia de la Concertación de Partidos por la Democracia esa inteligencia se mantuvo y dentro de ella no se manifestaron hegemonías, al grado que por momentos se llegó a hablar de la integración de todos en un solo partido. Más tarde, cuando la presidencia de la República correspondió a un socialista, el momento llegó de manera tan natural como natural había parecido, años antes, que correspondiera a un demócrata cristiano.

En realidad, la única acepción posible al epíteto “traición” esgrimido por Altamirano a quienes lo siguieron en el proceso de renovación, es el más clásico de todos: los socialistas fueron tan lejos en su renovación que terminaron por traicionar los principios básicos del socialismo. ¿Cabe preguntar, entonces, cuáles eran esos principios básicos? 

En el momento en que la Unidad Popular arribó al escenario político chileno, esos principios estaban consignados en el voto político aprobado por el XXII Congreso General, celebrado en Chillán en 1967. En sus tres primeros acápites ese voto señalaba: 1) El Partido Socialista, como organización marxista-leninista, plantea la toma del poder como objetivo estratégico a cumplir por esta generación, para instaurar un Estado Revolucionario que libere a Chile de la dependencia y el retraso económico y cultural e inicie la construcción del Socialismo. 2) La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Resulta necesariamente del carácter represivo y armado del estado de clase. Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico y a su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato burocrático y militar del estado burgués, puede consolidarse la revolución socialista. 3) Las formas pacíficas o legales de lucha … no conducen por sí mismas al poder. El Partido Socialista las considera como instrumentos limitados de acción, incorporados al proceso político que nos lleva a la lucha armada”.

Si los anteriores son los principios a los que alude la acusación de traición, a los socialistas renovados no le queda más que reconocerse culpables, pues renunciaron clamorosamente a todos ellos. En la Declaración de Principios del partido, aprobada en 1990 y todavía vigente, lo socialistas renovados renunciaron implícitamente a la “toma del poder político y económico” (esto es a la “revolución socialista”) al proclamar su “inclaudicable voluntad de contribuir siempre a la defensa y al constante perfeccionamiento de la democracia”. Tal afirmación, naturalmente deja atrás al “marxismo-leninismo” que fue reemplazado por distintas “expresiones del pensamiento emancipador” y por ello en él “convergen el pensamiento marxista enriquecido y rectificado por todos los avances científicos y el devenir social, con las mejores tradiciones humanistas y con los valores solidarios y libertadores del mensaje cristiano”. ¿A qué debieran dedicar sus días y sus afanes, en consecuencia, los socialistas renovados? Lo dicen en su misma Declaración de Principios: “…el Partido Socialista de Chile … lleva a cabo su acción respetando a quienes disienten de su ideario, propugnando la resolución democrática de los conflictos de intereses e ideas y rechazando la violencia como forma de imponer un determinando proyecto político.” 

Eso, exactamente, es lo que piensa Paulina Vodanovic y también su padre, Hernán, a quien por sostener esas ideas “le dijeron amarillo por 30 años”. La pregunta que sigue rondando, sin embargo, es: ¿cuántos socialistas piensan como Paulina Vodanovic?

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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