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Publicado el 24 de noviembre, 2019

Alejandro San Francisco: Guerra civil en América Latina

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Existe un clima de guerra civil sicológica que, de manera creciente, comienza a afectar a la población y a las instituciones. Si no se revierte pronto esta lógica de amigos-enemigos, es probable que en un futuro se resuelva por la violencia lo que debería ser solucionado por las vías políticas y del derecho.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Las imágenes de estas semanas han sido realmente dramáticas, quizá inimaginables, y ciertamente muestran con nitidez la crisis que enfrenta actualmente América Latina. El fuego que hace arder negocios e iglesias, las paralizaciones y marchas que muchas veces terminan en hechos de violencia y destrucción, decenas de muertos y heridos, son expresiones de sistemas políticos y sociales con graves dificultades. Las democracias aparecen cada vez más débiles y muestran una división política y social que podría terminar muy mal en diversos países de la región. Me atrevería a decir que existe un clima de guerra civil sicológica que, de manera creciente, comienza a afectar a la población y a las instituciones. Si no se revierte pronto esta lógica de amigos-enemigos, es probable que en un futuro se resuelva por la violencia lo que debería ser solucionado por las vías políticas y del derecho.

Cuando se produjeron las transiciones militares en América Latina, especialmente durante la década de 1980, el continente vivió una situación de efervescencia y esperanza, en medio de los deseos de dejar atrás las dictaduras militares para dar inicio a un sistema de libertades. La democracia era entonces un sueño que anticipaba días felices, que tendría logros económicos y sociales asociados a la libertad política. De alguna manera, los pueblos creyeron en que la democracia tenía un poder taumatúrgico, lo que facilitaría un futuro pletórico de realizaciones. “Construiremos la civilización del amor”, se le escuchó decir con entera convicción al Presidente de Chile Patricio Aylwin, cuya patria hoy arde de fuegos y de odios, cuando apenas han pasado tres décadas. Si bien sus palabras tienen un mesianismo indiscutible, es muy probable que Aylwin las creyera, pues representaba el signo de los tiempos y era propio de horas de reconciliación. Hoy todo es diferente.

La democracia, ayer adorada, hoy es llevada al patíbulo en distintos lugares; los gobiernos elegidos en las urnas sufren protestas continuas y deseos de acelerar su caída; y la inestabilidad tradicional de América Latina en los siglos XIX y XX parece contar con una nueva etapa para expresarse. Los gobiernos de Venezuela y Nicaragua habían estado a la cabeza de las protestas y la represión, en parte por representar sistemas que se perpetuaban en el poder y seguían las lógicas de destrucción de la democracia desde dentro: Nicolás Maduro y Daniel Ortega son virtualmente dictadores, por lo cual resulta difícil que entreguen el poder de alguna manera más o menos civilizada y de acuerdo a cánones democráticos. Este 2019, en cambio, la tendencia se ha modificado, produciéndose sendos estallidos en Ecuador, Chile y Colombia, lo que muchos han interpretado como una vuelta de mano frente a las condenas a la dictadura de Maduro. Finalmente, sabemos lo que ha ocurrido en Bolivia, tras la doble violación legal y constitucional de Evo Morales (por presentarse nuevamente a la reelección, a pesar de haber perdido el plebiscito que le señaló que no podía hacerlo): el fraude electoral del gobernante generó una rebelión política y social, que terminó con la renuncia de Morales y que luego ha sumido al país altiplánico en una polarización que ya ha significado una secuela de muertes y destrucción. Por otra parte, sabemos la dinámica política que ha seguido Perú, cuyo Presidente y Congreso no son los elegidos hace un par de años por los ciudadanos de ese país.

Una dimensión relativamente novedosa de la crisis es la renovada presencia de los militares en las definiciones políticas.

¿Por qué ha llegado América Latina a esta lamentable situación? ¿Cuáles son las perspectivas de salida a la crisis que atraviesa el continente? Es probable que todas estas protestas tengan el común denominador del malestar económico, como ha enfatizado un interesante artículo del Foreign Affairs Why Latin America Was Primed to Explode«, 29 de octubre de 2019). Sin embargo, el tema es más complejo, y ciertamente no puede esconder la importancia de los factores políticos y sociales.

La aparición de la violencia política, y la justificación expresa o tácita de parte de algunos líderes, grupos o partidos, es otra de las novedades (o regresiones) de este 2019.

En primer lugar, es necesario entender el tema de fondo. Si la política es lucha por el poder, en la actualidad esa disputa es mucho más aguda y los distintos grupos trabajan con más determinación por lograr sus objetivos en caso de alcanzar el gobierno en los distintos países. Una de las resoluciones del Foro de Sao Paulo este 2019 da una luz sobre el particular, como lo decidió la izquierda latinoamericana en La Habana:«Enfrentar de forma enérgica el avance de la derecha sobre nuestros pueblos. Así lo evidencian los gobiernos neoliberales reciclados, autoritarios y profascistas, como los de Bolsonaro en Brasil, Iván Duque en Colombia, y Mario Abdo Benítez en Paraguay, Mauricio Macri en Argentina, Lenin Moreno en Ecuador y Juan Orlando Hernández en Honduras, que destruyen la democracia y los derechos sociales conquistados». A esto agregaba: «Solidarizamos con el pueblo chileno que enfrenta una agresiva agenda del gobierno encabezado por Sebastián Piñera, la cual busca garantizar en breve plazo mayores utilidades para el gran empresariado, todo esto a costa de retroceder en derechos sociales y laborales tanto históricos como recientemente conquistados por el pueblo de Chile».

El tema de fondo no es el legítimo derecho a discrepar, sino la dimensión continental de la política, que excede a los estados nacionales para ser un campo de disputa de todo el territorio latinoamericano, en una circunstancia muy parecida a la lógica revolucionaria de la década de 1960. Con esto cada problema se vuelve internacional, cada lucha rebota en otro país y cada llamado tiene ecos en distintas latitudes. Eso, que en sí mismo no es bueno ni malo, hace crecer los problemas de manera muy contundente y, en cambio, no muestra una multiplicación de las soluciones.

Una dimensión relativamente novedosa de la crisis es la renovada presencia de los militares en las definiciones políticas. No es el caso de la servil subordinación de las Fuerzas Armadas a la dictadura de Cuba o al régimen bolivariano, sino la “sugerencia” modelo siglo XXI del Ejército de Bolivia, que advirtió con claridad a Evo Morales: “Después de analizar la situación conflictiva interna, sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia”. Este golpe de Estado -incruento, pero lapidario- también representa un regreso mental a los años 60.

La aparición de la violencia política, y la justificación expresa o tácita de parte de algunos líderes, grupos o partidos, es otra de las novedades (o regresiones) de este 2019. Los saqueos e incendios provocados por delincuentes comunes y por otro tipo de actores sociales retrotraen a momentos de clara desaparición o ausencia relativa del Estado de Derecho. Como contrapartida, las oposiciones reclaman por la represión y las violaciones a los derechos humanos.

La situación de guerra civil sicológica que existe actualmente en América Latina debe ser tomada en consideración con la seriedad e inteligencia que requiere un problema de esta gravedad. Entre otras cosas porque es el estado que precede a las guerras civiles de verdad, donde se enfrentan ciudadanos de un mismo país tras haber demostrado su incapacidad por resolver los problemas sociales de manera pacífica. Las guerras civiles son una desgracia para los pueblos y por eso es deber de esos mismos pueblos y de sus autoridades trabajar intensamente para resolver de manera civilizada las diferencias que son propias de la vida social. Después puede ser demasiado tarde o demasiado fatal.

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