Cuando Afganistán volvió a caer en agosto de 2021 en manos de los talibanes, hubo varios que se alegraron de la salida estadounidense. Pensaban que eso era señal de una derrota significativa en la lucha contra Occidente y sus ideales globalizantes porque, argumentaban, no se pueden imponer ideas como la libertad, la autonomía de las mujeres o la democracia.  ¿Acaso no es legítimo que Irán, Cuba o China Popular tengan sus propias y legítimas versiones de democracia y de valores profundos y civilizatorios? Por cierto, este razonamiento exige contestar que cada civilización tiene sus propios valores, pero también contestar que la libertad, la autonomía individual, el papel de la comunidad política y la preeminencia de la ley son frutos de una herencia griega, perfeccionada en el Medioevo y que se ofrece como un fruto de cierto modo de vida que pone a la persona antes que la pura razón de estado o la colectividad. Quizás nunca se debe olvidar que Occidente ganó su libertad cuando en Maratón y Salamina los griegos derrotaron al Imperio Persa y su concepción política patrimonial, conceptualizada críticamente como Despotismo Oriental, que pasó a considerarse propio de Asia.

También había cierta proclividad a considerar que la historia no podía repetirse. Fukuyama argumentaba así al decir que las conductas rusas anteriores a la disolución de la URSS no podían repetirse. Aunque la historia es libertad, pensar que la historia desaparece en la conducta política doméstica y externa es más un sentimiento sin fundamento, que una esperanza razonada. Es el caso de los talibanes.

La conducta histórica del régimen talibán entre 1996 y 2001 fue de desprecio y exterminio por todos aquellos que no compartían su versión islámica. En este sentido castigaron a las minorías étnicas en el país, suprimieron la educación, la diversión y la libertad de las mujeres, obligaron a los hombres a asentir a un modo de vida y de vestuario, una servidumbre integral. Finalmente, procuraron desde su base expandir su programa político y actividad violenta a otras zonas del mundo. 

Se puede decir que en los acuerdos con el gobierno de Trump lo único que se respetó fue el carácter no misional de su visión de mundo, aunque dieron refugio al terrorista de Al Qaeda, Ayman al-Zawahiri, contravención que Estados Unidos solucionó eliminándolo en su casa en un ataque con misiles. Eso ha limitado los lazos internacionales del talibán a Pakistán, Arabia Saudita, y la presencia de diplomáticos rusos y chinos en la capital.

En 2021 sugirieron que la nueva versión sería más tolerable y legitimada a nivel internacional. Pero la desconfianza mundial era justificada, y desde entonces un intenso velo ha caído sobre aquellos que creían en versiones mitigadas de su ideología religiosa. La tarea de imponer esta norma ha estado a cargo del Ministerio de la Prevención del Vicio y de la Promoción de la Virtud que preside Mohammad Akif Sadeq Mohajir. A este se une otro Ministerio, el de Oración y Guía, que también vigila a las mujeres. 

En un principio, los talibanes hicieron creer que respetarían los espacios que las mujeres habían ganado, sobre todo en la capital, pero pronto las periodistas tuvieron que ocupar velo, y luego han sido invisibilizadas. Los cursos de la universidad fueron divididos entre hombres y mujeres. Después en marzo de 2022 se cerraron las escuelas secundarias, se obligó a llevar velo, y se prohibió -con algo de menos rigor que la vez anterior- que salieran sin acompañamiento masculino fuera de su localidad. En noviembre prohibió la presencia de mujeres en baños y gimnasios públicos. También los parques públicos fueron proscritos a las mujeres -solo hombres- porque se mezclaban los sexos y no se usaba bien el velo, aunque ya se habían asignados días distintos para cada uno. Para completar la escalada, el Comando de Seguridad del gobierno en Kabul instaló 2.000 cámaras de vigilancia en domicilios y obligó a los residentes a pagarlos, diciendo que serían para prevenir el delito, aunque en realidad es para controlar a la población y sus costumbres.

Para despejar cualquier entusiasmo con esta versión 2.0, el portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, indicó el 14 de noviembre que se debía aplicar estrictamente la sharia islámica para los delitos de hadad: robo, secuestro, bandidaje, alcoholismo, la falsa acusación de adulterio, apostasía y sedición. Todo ello, bajo el ejemplo legal de Arabia Saudita, implica amputaciones, ejecuciones, reparación ojo por ojo y compensación económica en pago a la ofensa. Por lo demás, en octubre una pareja de infieles fue sorprendida huyendo y la mujer fue condenada a lapidación; antes de cumplirse la sentencia ella misma, de nombre Saliman, se ahorcó. Pero no se trata solamente de delitos comunes y de transgresiones morales, sino de imputaciones como apostasía y rebeldía. Esto último es bastante expresivo de que se trata: liquidar a los que no comparten su visión limitada del Islam. Es evidente que la visión romantizada sobre el régimen talibán, que presentó su resistencia como una guerra de liberación nacional antiimperialista, omite que históricamente, y hoy también, su sola existencia es contraria a cada afgano en su país. Mientras tanto, los vencedores se repartieron las casas y privilegios para volverse irreversibles. La historia siempre puede repetirse y para peor.

*Cristián Garay es historiador.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta