Luego de leer la columna de Lucía Santa Cruz en El Mercurio, titulada, «El relato», donde señala que la oposición trata de imponer una narrativa, es interesante ver la habilidad de la izquierda para tener siempre un relato para confundirlo todo y sepultar, en este caso, lo que hay de bueno y necesario en la propuesta del gobierno del Presidente Kast.
Con su majadero grito de que dicho plan beneficia a los más ricos, no hace más que acrecentar su falta de ingenio constructivo y su demostrada incapacidad y frustración por el fracaso que obtuvo en el plebiscito refundacional de Chile a cambio de haber hecho en su saliente gobierno, un aporte verdadero al crecimiento del país como también a la tarea de haber promovido la ilustración mediante una educación sana y productiva a través de los colegios y universidades que son el caldo de cultivo de la contribución joven de este país a una vida mejor, instituciones que se siguen usando y abusando de ellas por la izquierda en lo que parece más el camino de un nuevo estallido.
A su turno, las derechas, más interesadas en pelear entre ellas por las cuotas de poder (actitud que debo reconocer hoy circunstancialmente más atenuada), no cultivan un relato atractivo, coherente y entendible para la gente de a pie y mucho menos valoran, enriquecen y fortalecen el relato de ellos mismos, por cuanto la tentación permanente es gobernar para privilegiar ambiciones individualistas.
Yo estoy a la espera de los castañazos en el Congreso a la hora de discutir la propuesta legislativa del Presidente Kast en torno a la Reconstrucción del país. El fondo de esa Reconstrucción la entiendo asociada más a la creación de un cauce colectivo en torno al bien común, como una forma de hacer realidad un cambio verdadero en la economía, sin perjuicio de evocar lo bueno que estuvo en boga en la época de la Concertación, renegada por moros y cristianos y revivida por sus detractores entre otros, la propia derecha.
Es muy cierto que nadie es profeta en su tierra porque nadie tiene el valor de reconocer lo bueno de otros, en tanto lo bueno no provenga de lo que permita ganar espacios políticos de interés individual. Como no entender, de una vez por todas, que el desafío es promover el bien común con ideas de desarrollo sensatas y, en tal sentido, deponiendo el bien individual por sobre un beneficio social que es lo que parece ser la preocupación de este gobierno.
Es aquel principio de la auto destrucción del hombre por el hombre en esa búsqueda frenética por el poder. No se ve, a ratos, una genuina capacidad de ver como necesario, en contraposición a ese anhelo, dar una oportunidad a los gobernantes para hacer realidad sus propuestas de beneficio de todos y en especial la clase media, manteniendo en la labor legislativa una visión constructiva de lo que se pretende lograr.
Para crecer y crear se requiere de la nobleza propia del principio humanitario, adjetivo que describe acciones orientadas a aliviar el sufrimiento, promover el bienestar humano y proteger la dignidad trascendente de la persona humana, generalmente mediante la ayuda desinteresada, la compasión y la solidaridad, especialmente en situaciones de crisis.
Desgraciadamente, ese principio no reditúa en función de intereses particulares y, por tanto, no es atractivo. Esta última suele ser una realidad indesmentible de la naturaleza de la cual fuimos creados los hombres, que se embancan en la envidia y la ambición desmedida.
Es entonces cuando se hace comprensible lo señalado por Lucía Santa Cruz en el corolario de su opinión en El Mercurio del 17 de abril, cual es: «Tener un relato no sirve mucho si no va acompañado de la capacidad para poder comunicarlo». A lo cual yo agregaría: » y ejecutarlo».
En una democracia representativa como la nuestra, «ejecutar» una propuesta política que propenda al bien común, requiere de la anuencia de los que han sido elegidos por el voto popular para legislar y es justo ahí cuando «El relato» cobra importancia para convencer a los elegidos de que eviten priorizar siempre sus aspiraciones individuales e ideológicas por sobre las de aquel bien común que tantas veces hemos mencionado.
Es este el juego del tira y afloja en que se mira siempre el obligo por sobre el interés colectivo, adecuándolo mañosamente a ese interés político particular. Fíjense en el desastre que ha constituido la fragmentación de la representación parlamentaria con la venia de una ley electoral antidemocrática, votada por las derechas e irónicamente en pos de la democracia (fragmentación que hoy, a su paso, tiene destruido a nuestro vecino, Perú).
Para entender el sentido de «El relato», podría valer la pena detenerse por un momento en lo señalado por Gonzalo Rojas en su columna de El Mercurio del 15 de abril, en que señala: «Si el punto de partida del Relato no es la revancha ideológica, sino reordenar un país desfondado, ahí pueden fundarse tres pilares narrativos: el orden y la ley como condición para la libertad cotidiana; el crecimiento y la estabilidad como condición para la movilidad social y un Estado austero, decente y eficaz, como condición para confiar de nuevo en la política».
Agregaría a eso la necesaria voluntad política que debe emanar de una convicción de integridad moral, que reconozca que lo hecho hasta ahora no ha estado bien y que puede hacerse mejor.
Esa voluntad pasa por una invitación a los jóvenes de este país, para que en definitiva sean los herederos de una Patria libre y constructiva a la que se sumen colegios y universidades a la cruzada de pacificación de las aulas, deponiendo la violencia en todas su formas a fin de dar paso a una oportunidad de hacerlo distinto, concentrando la energía en estudiar con respeto académico y a los académicos, para formar profesionales que aporten progreso a la nación, que será de ellos y de sus futuras familias y, de paso, extender esa invitación a los propios académicos a cumplir con su labor docente, inspirados en la verdad y humildad que demanda el saber.
Chile merece dar una oportunidad a los actuales gobernantes que, inspirados en los principios del respeto y el bien común, puedan dar al país una ansiada mejor vida, y en paz social.
Como elemento de reflexión útil a la solución de los enigmas y problemas de la vida cotidiana, pensando siempre en la sencillez, tan útil a la pacificación del alma que su naturaleza conlleva, estimo, a esta altura, que no es pertinente decir que el mundo ha cambiado como una justificación que habría que tolerar, por cuanto el mundo sigue siendo el mismo, en tanto los seres humanos que lo componen e integran son de una misma naturaleza, la novedad está en la evolución que los aportes que el avance tecnológico y la depuración del conocimiento provee en benéfico del desarrollo material y social.
La verdad es que el mal aprovechamiento de los recursos que proveen la tecnología y el conocimiento, se salen o apartan del sentido ético que demanda la necesaria convivencia social en paz, confundidos y aturdidos por las pasiones desordenadas que se miran con desdén y frívola superficialidad, lo cual no hay duda de que tiene un costo social que trasciende la sensatez de los actos humanos.
Para mí el antídoto más eficiente frente a esa soberbia desmedida, lo constituye la gran sorpresa que hemos vivido hace algunas semanas y que se repite año a año, cual es el relato de la Pasión de Cristo, la que para moros y cristianos constituye un suceso que nunca deja de asombrar, ya sea porque cuesta entenderla en función del principio de la fe o porque a aquellos más agnósticos, movidos por la sensibilidad humana no dejan de asombrarse, generándoseles sentimientos de incredulidad como también amor y odio que son imperecederos.
A nadie le cabe duda de que Jesús fue un líder fuera de lo común y que ciertamente fue y está más alla de la compresión humana ya que para penetrar en su mensaje de amor hay que sostenerlo en lo que se ha llamado el mencionado principio de la fe. Con todo, probadamente Él existió o mejor dicho pasó por la tierra para dar a conocer su mensaje de amor, para lo cual jamás hizo excepción de personas acogiéndolos a todos por igual con una invitación a vivir a partir de la institución de la familia, en comunidades de convivencia pacífica.
De esto nunca se habla por ser no atingente a la vida práctica en la sociedad moderna, tal vez, o por cobardía o temor a hacer el ridículo, o simplemente porque no es lo políticamente correcto en un marco de autosuficiencia y soberbia que sustrae esta realidad considerándola un asunto etéreo, producto de la imaginación y a veces de un fanatismo religioso.
La fe es un estado más que una condición a la que se adhiere o no. Pero cuando se internaliza transforma a aquellos que la viven, incorporando a la persona en la doctrina del amor de Cristo que fue y es el objetivo de su venida a la tierra, amor que está representado por la entrega de su vida en su Pasión que se lee cada año en los templos cristianos, la cual no termina ahí, por cuanto redime al hombre de sus faltas con su Resurrección, abriendo el camino al sentido de la vida eterna.
Es el momento en que se corona la existencia de la vida comunitaria como forma de relacionarse, sin excepción de persona ni limitación cósmica. Es ahí donde vivimos una apertura a una convivencia armónica, en donde las instituciones recobran el sentido cívico para el cual han sido creadas en la mira de valores permanentes sustentados por bien común.
En definitiva, es una dimensión humana que acerca y encuentra solución de las premuras y demandas propias de problemas de una vida con los baches propios de la búsqueda de la felicidad, que es a lo que nos orientamos moros y cristianos por su condición de fin en sí misma, ya que alcanzada que ésta sea, la felicidad, no existe nada que se necesite para estar en ella ya que se basta asimisma, es la vida plena.
La fe no es algo imposible, pero demostrar su existencia a la luz de los sentidos tal como se demuestra sensorialmente la existencia de un campo de trigo o de una crianza de ovejas que son seres y entes que se pueden ver, sentir y tocar en una dimensión física como asimismo comprender que son elementos que proveen de sustento para vivir. Finalmente, en una dimensión más sofisticada, se logra sacar provecho de la transformación de aquellos elementos para el sustento y abrigo, iniciándose un ciclo virtuoso para el desarrollo de la calidad de vida de las personas al que se suma, por cierto, la tecnología.
Tratar de conjugar lo tangible con lo espiritual es un imposible para muchos y por aparecer sobre todo poco práctico, en lo que se estima la preocupación de los problemas de la gente. Pero siendo Chile un país mayoritariamente cristiano entre observantes y creyentes, insisto que vale la pena tenerlo presente, lo que no excluye para nada a los agnósticos, indiferentes y no creyentes.
Todos somos los mismos, seres humanos, no cambiamos como tales. Podemos tener culturas diferentes, pensar diferente, vivir diferente según el medio natural que nos toca, pero nunca dejamos de ser los mismos seres humanos que sentimos, sufrimos, reímos y aspiramos a una vida cada vez mejor.
Por qué no darse entonces la oportunidad de explorar cursos de acción que se orienten finalmente al bien común por sobre los bienes individuales, habida consideración de que siendo de una misma naturaleza tenemos diferencias físicas, de color, intelectuales, capacidades, gustos, sensibilidades, que al final del día demuestra que aquella igualdad que promueven los que se aprovechan de ella en su relato, conscientes de que no existe como tal en el ámbito que ve más alla de la naturaleza corpórea, solo confunden creando expectativas que, al caer en la realidad de que son cantos de sirena, solo contribuyen a agitar los ánimos en que los que cosechan son solo sus instigadores quedando los demás igual que antes o peor.
La diversidad no puede ser ajena al necesario y humilde reconocimiento de nuestras virtudes y carencias a fin de poder convivir cada uno en función de una convivencia pacífica que nos asista a todos por igual, reconociendo las limitaciones de cada uno en una reciprocidad paciente y abnegada.
