Oye que no la dejen analizar los resultados electorales tranquila a una. Como una columnista seria, de bien.
Pero no, no. En este Chile que vive en un jalogüin permanente desde hace cinco años y algunos días, nos demoramos exactamente un suspiro en volver a la dura realidad de la pornocumacracia en la que habitamos.
Y es que el caso Monsalve sigue drenando. Sí, como un absceso. Porque los detalles son cada vez más desoladores y cerdos. ¿No sé si vieron el relato del taxista recogido por El Líbero? Angustiante es poco. Muy parecido al terror, diría yo.
Pero lo otro, lo oscuro y de una forma distinta, también aterrador es la arista política que hace que uno se pregunte constantemente, qué clase de Ministerio del Interior y de La Moneda completa está dirigiendo este gobierno. Corrijo, apuraíto están habitando, “dirigiendo” era mucho.
Resulta que esta semana vimos al encargado de aseo y ornato de este gobierno, el ahora subsecretario Cordero, con la tortuga completamente escapada, enfrentando a la prensa… y te digo, cuando el spin doctor se te empieza a descontrolar, como que estamos medio mal. Entero mal. Y es que hacer cuadrar el círculo de quién sabía qué y cuándo lo supieron está tan pero tan difícil que la vocera-vocera, gestante y todo ha tenido que hacer lo que hace mejor; cuidar su propia carita y fondearse. Pero no, no hablaremos hoy de ellos, ni siquiera de S.E. declarando abrazaíto de su abogado por este mismo Monsalvegate.
En fin, el tema de esta semana es la ministra del Interior, Carolina Tohá, bastante tomada de los nervios, agudizando la voz como pa castigarnos los tímpanos, que se ha despachado unas frases que hacen difícil ignorar los gladiolos que siguen a su carrera presidencial. No sé si la vieron, pero más o menos se los resumo; se indignó, perdón, se super incomodó con la prensa por reportar un llamado telefónico que hizo a Monsalve. ¿Le aviso? ¿Le pidió que porfi se fuera al hotel porque había unas diligencias de la fiscalía que lo estaban esperando allá? Nuestra dulce protagonista dijo: “Cuando uno lee la nota (de T13) lo que se refiere es algo muy distinto. La solicitud que planteó la PDI fue que yo le indicara que se fuera al hotel, porque se requería su presencia para unas diligencias de la fiscalía. Lo que sucedió el martes fue que me solicitaron llamarlo para que se trasladara al hotel, cosa muy distinta”. ¿Muy distinta? Caroline, ¿muy muy distinta? O sea, no sé ustedes, pero uno se pregunta cositas, siono. Onda, ¿tan difícil es contactar a un hombre que tiene escolta de la PDI? ¿Carolina Tohá era como su chaperona? ¿Soy yo no más la malpensada a la que todo le huele a todos sabían, todo y en todo momento?
Convengamos que el manejo comunicacional ha sido entre malo y pésimo. Pero más allá de eso, me puse a pensar en nuestra dulce Carolina, como en la canción que presta título a esta columna. De repente, se me presentó como esa eterna promesa futbolística, que chita que prometía. Que tenía un dorado destino escrito en las estrellas. Que iba a ser todo, el futuro esplendor y la gloria de las ligas europeas y la selección nacional. Pero ¡pah! Se lesionaban y se lesionaban y bueno, se fue todo al carajo. De alguna manera Carolina Tohá ha sido un poco así. O al menos eso me pasa a mí cuando escucho a tanto Carolalover. Que tan brillante, tan estadista, tan eficiente, tanta astucia política. Y sí, digámoslo, yo no soy su público, soy muy pero muy inmune a sus atributos. Pero en los hechos, ¿de qué cargo se ha ido tan cubierta de gloria? Entiendo también que en la izquierda (sin apellido) están medio cortones de cuadros. Algunos se quedaron en promesas, otros decidieron apañar a sus retoños frenteamplistas, con los consabidos resultados, a saber, ya poniéndose el chaleco salvavidas y probando el agua con la patita. Carolina Tohá es un poco la pasionaria de toda una generación de políticos de izquierda. Que miraron para el laíto durante la orgia de violencia de 2019, nos hicieron comulgar con el octubrismowashing de las “legítimas demandas sociales” y nos miraron a los ojos y nos juraron que el engendro constitucional era el manso salto civilizatorio. Han ido felices cubriendo las huellas de hijitos (a veces no tan metafóricos) frenteamplistas.
A todo esto, sumamos en el caso de Carolina, que nos ha embolinado todas las perdices pasando por gatillos fáciles hasta RUF con perspectiva de género. Ha sido la reina de justificar lo injustificable y ha hecho gala de su increíble falta de histrionismo a la hora de controlar su rostro y su falta de empatía.
Ahora andan todos alborotados con su inminente y tardía salida del gobierno, pero si nos sinceramos, Carolina tenía que salir igual para abrazar ese su único real sueño, la ambición que le ha hecho tilín hace décadas; ser candidata presidencial. No habrá gloria en su salida. Por tardía y embarrada. Quiso el destino que su sueño se ahogara en un par de pisco sour, dejándonos a todos con un tufillo muy persistente a karma.
Esta pitonisa piensa que algo raro pasó. O quizás no tan raro, resulta que es cierto; al final todos tenemos que enfrentar las consecuencias de nuestros actos, y eso implica a veces caer de hoci directo al infierno de nuestra propia confección. Eso parece que le está pasando a nuestra not so sweet Caroline.
