Siempre me sorprende conocer a gente a la que le gusta el pan de pascua con todo y frutas confitadas, o «tradicional» como dirían estos puristas. Yo las he detestado siempre y la verdad el espectáculo de comer un pedacito como si uno fuera un hámster, separando sus componentes, siempre corriendo el riesgo de toparse con una de las mentadas frutas camufladas mejor que comunista en subsecretaria, me resulta latero. Ni hablar de encontrarse con una pasa… ahí sí que se desmoraliza uno. Como sea, esta tenacidad nuestra con las galletitas, el pan de pascua, la cola de mono me resulta encomiable, porque mira que una cosa es disfrutar de pastelillos parecidos en diciembre en Viena, pero ¡chita que hay que tener voluntad pa’ mandárselos con 32 grados a la sombra en Santiago de Chile!

Sumida en estas cavilaciones estaba (es fin de año, como dijo ese gran filosofo, Alberto Plaza, «no me pidas más de lo que puedo dar») cuando de pronto aterricé de hoci con la pelea intestina (del intestino grueso) de las así llamadas «derechas» por la reforma de pensiones y que los porcentajes y las repartijas de ese idílico 6% que tiene a la política salivando hace meses. Partió el diputado y presidente de la UDI, Guillermo Ramírez, hablando de un poquito (0,5%) para reparto, pero como lo tapizaron a tuits, memes y una camotera virtual en general, tuvo que proceder a explicar que, en realidad, reparto no, era más bien una compensación para arreglar la brecha entre hombres y mujeres. Porque claro, sólo un ser desalmado, cavernario, troglodita de ultraderesha podría oponerse a una frutita confitada tan linda como esa. Y ahí uno dice «pero por la mismísima chita, esta gente tiene una vocación por la derrota». Procedo a explicar por qué la centroderecha lleva décadas creyendo que su pega y su única pega es llegar a acuerdos con la izquierda de toda estofa ¿por qué? No lo entiendo. Honestamente. Porque puedo entender que la política es (pongámonos siúticos) el arte de lo posible. Dale. Pero llegar a malos acuerdos que han tenido malos o pésimos resultados es un despropósito.

Esto no es una cuestión que se me ocurrió a mí con los vapores de la cola de mono. No, empíricamente, hemos visto malos y pésimos resultados de reformas tributarias, educacionales, reformas electorales, etc. Parece que pa’ que creamos que hacen, tienen que hacer cualquier cosa. Para salir en las encuestas, para decir que colaboraron y para que (ni Dios quiera), los mismos que hicieron cuanto estuvo en sus garras por derrocar al Presidente Piñera les den una palmadita en la cabeza y les reconozcan lo buenos que son. Tranqui, yo puedo entender que en algunas materias un acuerdo subóptimo pueda ser mejor que una pelea, pero este no es el caso. La política de los acuerdos de principios de siglo, idealizada ad nauseam por esta generación de la derecha, debe quedarse allá en el recuerdo de principios de siglo, igual que los pantalones a la cadera. Las modas pasan, las convicciones debieran quedar.

Y ese es el siguiente punto; si uno conversa con gente no arbórea, la mayoría les va a decir que quieren que su trabajo quede representado íntegramente en sus cotizaciones previsionales. Porque este lenguaje de la izquierda, tan sexy, de «solidaridad» no es más que la manera de subyugar a los adversarios. La cosa es que la solidaridad es una virtud de los individuos y sólo existe cuando es voluntaria y cuando es la persona en cuestión quien decide qué hacer, a quién entregar, sus recursos o tiempo. Cuando es el Estado el que se encarga, de voluntario, cero y de solidario, menos. Porque digámoslo, esos botines y su administración, terminan en sueldos para embajadores guachos de embajada (díganme si no es poético;¨el embajador que no tenía embajada¨) entre otras maravillas. Esto es algo que la derecha debiera entender. Algo que debiera defender, como la Constitución… oh wait!

El gran problema, no es sólo la desesperanza que siente el ciudadano común y corriente viendo un gobierno pésimo en absolutamente todos los ámbitos. Es también constatar a una derecha que no termina de entender lo que el país espera de ellos, que no termina de diagnosticar por sí mismos y se hacen eco de los diagnósticos equivocados de la izquierda. Que es incapaz de resolver internamente sus conflictos y que parece, también, más interesada en repartir el pan de pascua de un próximo gobierno que ya creen ganado. Hasta un nuevo ministerio van a poder colonizar y administrar. Una derecha que ve las encuestas, más que a sus propias convicciones y así llevaron a Chile a no uno, sino dos procesos constitucionales, sin, al igual que el FA, jamás hacer un mea culpa. Ppppfff, por el contrario, todavía encuentran que lo han hecho regio.

Esta pitonisa piensa que no hay que contar los huevos, antes del canasto, o ¿cómo es el dicho? Filo. Lo que quiero decir es que darse por triunfadores porque este gobierno es pésimo, es un error. Aprobar una reforma pésima para que la candidata pueda mostrarlo como éxito en lugar de explicar por qué creen en lo que creen, es un error. Con este nivel de falta de convicciones, de falta de épica propia, este complejo que tienen frente a la izquierda y la consiguiente desunión que de esto se deriva, pueden perder. Si la izquierda presenta un bolchevique disfrazado de socialdemócrata, súper, pero súper moderado, amoroso, capaz hasta mino, pueden ganar.

Chile no quiere esta frutita confitada, entiéndanlo de una vez y sáquensela, o capaz pierdan el pan de pascua completo.

K-Sandra

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