AGENCIAUNO

Me gusta el Festival de Viña, fíjate. O en realidad me gusta la cosa nostálgica de otros veranos más inocentes, la tradición, el hito que empieza a cerrar el verano y también, digámoslo, el festival nos permite practicar ese entrañable deporte nacional que es el pelambre, desde la gala en adelante. No sé, me gusta el festival capaz por todas las anteriores. Sea como sea, me parece que se pueden ver cosas interesantes sobre el estado de nuestra sociedad en ese escenario y en sus eventos aledaños y así lo he comentado en años anteriores. No podía ser distinto en este, el último festival de la era Gabriel Boric (y roguemos al Señor que sea la última para siempre, de verdad, amén).

No hablemos de la gala esta vez, cada día más cuma, ni de la ira que me da ver a mujeres estupendas asesoradas por su peor enemigo, pa’ qué. Tampoco de los números musicales que dan cuenta en sí mismos de cierta decadencia, ni de los animadores, porque para qué. Esta es una columna de sátira, casi siempre, política, entonces, vamos con lo más político de todo; el humor. Y en particular el de Stefan Kramer. Nos centraremos en él no por una clásica obsesión que los malvados y desalmados fascistas tenemos con su pobre e inocente persona, sino porque él decidió meterse ahí, solito, de cabeza y como decía mi tío, hombre de izquierda, “al que le gusta la guerra se tiene que aguantar los balazos”.

Parto por declarar que vi la rutina completa, porque la sátira política es un apostolado. Fue una rutina larga, pero fome. Eterna, se sintió a ratos, te digo que hubo muchos momentos en que me encontré buscando el reloj, deseando que hubiera un árbitro que con su silbato diera término de una vez por todas a esas horas de mi vida que no voy a recuperar. Probablemente más eterna se sintió por la infinita vergüenza ajena de una rutina que no terminaba de entusiasmar a nadie. Debo admitir que yo soy difícil para los humoristas. Me crié viendo a Coco Legrand, para mi gusto el mejor de todos, entonces me cuesta salir del análisis que me generan especialmente humoristas como Kramer que han abrazado el activismo en estos años. Me reí, tres veces en esa hora y media. Y no les podría decir en qué momento o con qué. En contraste, el público fue muy paciente con Kramer. Pienso que, por el tipo de público, y quizás aquí me esté lanzando con una teoría demasiado provocadora, pero me tinca que la gente que paga su entrada por ir a ver a Gloria Estefan y Matteo Bocelli, no son precisamente hooligans. No sé, puedo equivocarme.

Me dio la impresión de que la gente quiso pasarlo bien con él y fueron muy generosos. Fueron increíblemente respetuosos frente a un show que les resumo así; hombre demasiado joven hace una lloriqueante revisión de su carrera/autohomenaje. Algo recordaba a los 1.000 avances de Gabriel, que entiendo, van como en 100. Desde luego fue cero autocrítico respecto de su presentación en ese mismo escenario hace seis años donde hizo una apología al octubrismo, con momentos que quedaron para siempre en mi memoria como; “No sintai (sic) miedo, si gracias a la primera línea nosotros podemos marchar”, o leyendo un cartelito hermoso que decía: “Lucha, aunque no te falte nada porque hay algunos que les falta todo”, todo con las barricadas de fondo en todo Chile. Pero Kramer no eligió el camino de la autocrítica, no poh, pa’qué, por el contrario, eligió el camino de la victimización. Fíjate que al pobrecito todavía le dicen “octubrista”…tengo que hacerme ver de estas alergias. Además, fue sensiblero, no pudo evitar la prédica, que como sabemos apunta al aplauso estridente y cómplice y no a la risa. Fue cuma también, anticlerical (como si estuviéramos en 2019) y dio mucho cringe, que le dicen los gringos, aunque yo prefiero alipori, hermosa palabra que está en la RAE. La cosa es que dio unos niveles de vergüenza ajena, que también hacen imposible la risa. Pareció sorprendido cuando al imitar a Boric recibió una pifiadera. Amigo, Chile cambió. En fin, le dieron todos los pájaros y nada, se acabó. El pobre y bello de Matteo tuvo que salir a cantar como a las tres de la madrugada frente a un público exhausto de tanta moralina progre.

Ahora, si lo pensamos un rato, la rutina de Kramer y los adjetivos que evoca, son un perfecto resumen del gobierno de Apruebo Dignidad, que también se ha hecho eterno, especialmente en esta recta final. Están todos los elementos ahí que no hacen más que dejar ver al fondo, ahí atrás, un infantilismo que solo le ha hecho daño a Chile. Una falta de sentido de la realidad y de la responsabilidad que tienen a Chile, país chiquitito, tocándole la oreja a las dos potencias de esta neoguerra fría; China y EE.UU. por un cable. O en realidad por andar de sueltos en los coqueteos geopolíticos de este siglo. Como adolescentes, además, ocultaron toda esta información a los adultos que van a tener que llegar a fumigar el 11 de marzo, pero uno se tiene que preguntar, ¿qué otros pastelillos descompuestos ocultan Gabriel Boric y sus adalides? No importa que el ministro no ande nada (sic) solo. Ni que el Presidente no sepa hablar como chileno, ni que responda como siempre, frente a las crisis, haciendo algo que solo le celebra el 25% de Chile; atacar a EE.UU., ¡detalles! Ese show ya lo hemos visto, acá lo que realmente importa es saber en cuantos otros líos y exactamente hasta donde estamos metidos con los chinos. Resulta que al PC le gustan mucho los chinos, quien lo hubiera podido imaginar…Otra conspiranoia de la ultradereshaaa que parece que se va a hacer realidad.

Súmenle que, al igual que Kramer, creen que restituyendo la estatua del General Baquedano al lugar de donde jamás debió salir y recibiendo condecoraciones de Carabineros, de alguna manera todo se borra, todo se olvida y se perdona. Una lloriqueadita poca, hablamos de la familia y nos hacemos la victima y ¡listo! Somos los más simpáticos, no le demos colors. O como le ha encantado decir a la ministra vocera, Camila la bella, durante todos estos cuatro años; “el gobierno da por superado esto”. No poh, reina, no es ná’ así la cosa.

Esta pitonisa ve en unos pocos años, o quizás antes, al igual que Kramer, a Gabriel Boric, en gira por la prensa, contando su verdad, hablándonos de lo bien que lo hizo pese a su inexperiencia, apuntando a su lado humano, abriendo todo su corazón, dándonos mucho pero mucho alipori. El problema es que algunos tenemos buena memoria y recordaremos este espectáculo de cuatro años o en realidad seis, que nos montaron. Va a ser difícil poh presi, fíjese como le fue a Kramer cuando se tuvo que enfrentar a sí mismo, a sus propias acciones, a todas sus consecuencias. Si fue terrible Kramer vs Kramer, figúrese, Boric vs Boric.

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