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En uno de esos veranos de los que ya les he contado, en el campo con los tatas y todos (demasiados) primos ocurrió un desayuno que hasta hoy recordamos. Los veranos son época de trabajo en los campos, que la trilla, que los terneros, el campo no para y el tata tampoco, por lo que su día partía como a las 6 de la mañana y luego volvía para tomar desayuno con todos nosotros a eso de las 8:30. Ahí figuraba yo, bañadita, peinada, por esos años oliendo a esa colonia con el osito, esa típica. Y bueno, llegó el tata, se sentó en su puesto, yo a su derecha, hojeó el diario, me hizo leer la editorial mientras esperábamos. Llega un par de mis primos primero, que, sin ser gemelos, lo parecían. Se sientan y agarran con la mano un número indeterminado de huevos duros que se encajan como hamsters en los cachetes. Contemplé este espectáculo con toda la reprobación que cabía en mis 7 años (con alma de 75). Mi tata me miró y me cerró un ojo. Procedió a olfatear el aire vistosamente y con su voz grave e imponente exclamó: “Hay olor a poto… ¡Ricardito no se lavó el poto!”. El aludido detuvo su masticación, se puso fucsia y abrió los ojos grises inmensos, para extender un dedo minúsculo y acusador: “¡Roberto tampoco se lo lavó!” Nos reímos entonces, nos seguimos riendo. No se inquieten, la socialización fue efectiva y hoy, los protagonistas de esta historia son hombres respetables, uno psiquiatra y el otro cirujano. Adivinen cuál es cuál.

Comparezco ante ustedes esta semana, partiendo por confesarles que he escrito en mi cabeza esta columna mil veces; tengo a mis amigos completamente hastiados y no sé qué cantidad de horas-podcast tengo en el cuerpo, ni cuanto he leído esta semana. Hace mucho que no me pasaba y supongo que habrá que agradecer, siempre hay que agradecer cuando surgen temas que nos hacen pensar un poquito, que nos cuestionan profundamente. Vamos a hablar del caso de La Cofradía que se comió la agenda completa esta semana. Imagino que lo vieron, fue agobiante, pero la etiqueta de la columna de opinión, indica que se los tengo que resumir, así es que aguanten una más, por favor: La Cofradía es un programa transmitido por YouTube surgido inicialmente como de comentario político, adyacente al Partido Nacional Libertario. En él había gente que participó en la campaña de Kaiser, asesor parlamentario del mismo partido, activistas libertarios en general, esa onda. Para quienes no lo han visto, tiene la sofisticación de segundo medio de colegio de hombres. De hecho, ya habían protagonizado algún escandalo con el exdiputado Cristián Labbé, que, en el capítulo de Navidad, pasado como sopaipilla, invitó a la gente de izquierda a realizarle una cierta practica sexual. Ya dije “poto” al inicio de esta columna, estoy haciendo ingentes esfuerzos por mantenerme Líbero-friendly. Bueno, la cosa es que el fin de semana anterior, se viralizó un video que ellos mismos habían hecho público en que, mientras celebraban un cumpleaños, los regalos, en chanza, hacían alusión a pedofilia y niños TEA no verbales, que no pueden acusar. Así, piola. Ardió la pradera virtual. Se desataron funas, cancelaciones, despidos, se exigieron explicaciones al Partido, a su líder, vi por ahí hasta a un sociólogo paseando un paper que nadie había leído, ahora elevado a los altares de la intelectualidad y la moral, desde luego. Fueron días de recrear un cuadro de El Bosco, te juro, hasta que apareció otro video, del programa, donde los integrantes, evidentemente, con más alcohol que sangre circulando, hablan de la hermana actriz de uno de ellos en términos bien grotescos, la verdad. O sea, como pa’podarlo del árbol genealógico, en mi opinión.

Pero bueno, lo interesante vino después; funa, pero funa dura, como si estuviéramos en 2017, victimización, narcisismo, entrevistas con disculpas pencas, peleas intestinas (del intestino grueso), la rotería infinita de anunciar leyes con nombre (era que no), defensas intelectualmente fofas, muy muy flojitas, denuncias de lucha de clases, anuncios de venganza, sectarismo, amenazas de “contrafunas”, se levantaron los estandartes del humor y la libertad de expresión… qué les puedo decir; un espectáculo escatológico, que además de todo me dejó con preguntas demasiado grandes. Inquieta.

Primero, saquémonos de encima el elefante en la columna; esta es una columna de sátira política, hipocritón de mi parte sería saltarme ese tema. Partamos por decir que el humor es cosa muy seria, que ha motivado reflexiones filosóficas, psicológicas, biológicas, sociológicas, antropológicas y todas las lógicas, solo para concluir, paradójicamente, que es muy difícil encontrar una lógica rectora de todo el sentido del humor. De qué nos reímos, cómo nos reímos y cuándo nos reímos son preguntas de difícil respuesta, porque están contenidas en un espacio muy íntimo del ser humano, que requiere, eso sí de buenas dosis de libertad “¿Existen límites para el humor?” Fue la primera pregunta que me planteé, pero después la descarté por imprecisa, ¿hay temas de los cuales no nos podamos reír?, ¿quién determina eso? ¿el Estado? ¡No! Onda un Ministerio de los chistes aceptables, por favor, distopias, no. Y aquí surge el segundo tema; la libertad de expresión, ¿hay límites para a libertad de expresión? O sea, hay límites legales que son razonables y todos conocemos, pero, por ejemplo, alguien que lanza un chiste horrendo, no un delito, no llama a agredir a nadie, solo lanza un chiste que nos parece muy feo, ¿queremos que vaya a la cárcel por eso? ¡Tate! Aquí está la primera parte de esta gran melcocha; humor-libertad-traumas de la derecha o de las posturas anti-woke.

Es verdad que llevamos 15 años de una hegemonía cultural que en los hechos se dedicó a la inquisición de posturas opositoras, aunque fueran perfectamente razonables. Empezaron con la corrección política, como si fuera nada, algo que uno deja caer en una conversación cualquiera, para luego mutar a formas de tiranía mucho más intensas como la funa y la cancelación, que trataban como violencia física cualquier discurso que no se ajustara a determinada cosmovisión. Un verdadero retroceso civilizatorio; denuncia, juicio, veredicto y ejecución en las manos de justicieros de las redes sociales, sin mucha conciencia del impacto de estas acciones en la vida real. Si alguien cree que esta es una visión exagerada, les recuerdo que Charlie Kirk fue asesinado hace menos de un año, y muchos aun lo justifican por su “discurso de odio». Propuestas de leyes mordaza, leyes antinegacionismo, ahora leyes que sancionen chistes; no, no somos exagerados al reconocer este trauma. Y claro, la naturaleza (también humana) siempre se abre camino y muchas expresiones, políticas y de humor, tuvieron que abrirse paso a patadas en las redes sociales, con desfachatez, sin mostrar debilidad, a defender el derecho a pensar y expresar lo que les saliera del unicornio. El trauma no es infundado, y como vimos esta semana, la cultura de la funa y la cancelación, gozan de estupenda salud; los protagonistas de esta historia fueron amenazados de muerte, al igual que sus familias, zanjemos esta parte diciendo que cualquiera que crea en la libertad y en el estado de derecho debe oponerse a la funa siempre. Y por favor, yo creo que son estúpidos, no me gusta su humor, lo encuentro pa’empezar; fome, grotesco, de hombrecitos, así, pequeños en todo sentido, pero si la idea es apedrearlos en la plaza virtual o real ¡chita! No poh, me opongo. Calmémonos.

Como vemos, la izquierda en esto tiene hegemonía cultural total aún y eso es lo que me preocupa más, porque, ¿los nuestros? Oye, las defensas malas, principalmente porque fue una defensa de amigos, de “yo lo conozco y lo quiero, es tan habiloso, tan buen cabro”. Otro grupo optó por la vieja confiable “sí, terribles los chistes, pero la izquierda es mucho peor”. Estándar malo, oh ¿Quién quiere parecerse a la izquierda? U otro gran clásico el de “los problemas reales”, que es el equivalente retórico a tirarla al córner y con eso dejar que el adversario controle la conversación y agarre con sus pezuñitas la superioridad moral (inmerecida) que tanto les gusta.

Era el momento para ponerse los pantalones largos de la batalla cultural, para invitar a pensarnos, pero… mejor hablemos de chistes de genitales… ¿por qué no podemos tener cosas bonitas? ¿por qué hay que andar de vergüenza ajena en vergüenza ajena, si uno sí se bañó?

Debo confesar que les hice trampa; les hable del humor cuando en realidad estábamos hablando de política y este es el quid del asunto, (horas de conversación con mi mejor amigo para dar con esto); los seres humanos no controlamos aquello de lo que nos reímos y ocurre en un ámbito tan intimo que no debiera ser controlado por el Estado. Usted ríase de lo que quiera, pero sí hay un límite que es el contexto; no es lo mismo estar en un asado con amigos, fermentando y entrar en una escalada más o menos grosera que le hace sentido solo a los presentes, que ir al Congreso nacional a hacer algo similar, o ir, pagar una entrada para ir a ver a un humorista increíblemente grotesco. Vale decir, hay ciertos códigos entre el emisor y el receptor que no se transfieren bien al público masivo, por una cuestión estadística incluso. Algo parecido pasa con la libertad; solo los adolescentes la pueden entender como un cheque en blanco, la libertad de los adultos va con responsabilidades incluidas, con rendición de cuentas, con afrontar las consecuencias y con respetar la libertad del prójimo de criticar, oponerse, de discutir. Tenemos un problema profundo si no entendemos que la crítica no es sinónimo de funa. Esa cosa sectaria de “estás conmigo o en mi contra” o de promover la funa de vuelta, es un problema grande.

El problema de La Cofradía fue no entender que, al tener cargos cercanos a un partido político, los límites y estándares para ellos, eran distintos. Súmese, esta cosa generacional que tenemos los millennials (somos los peores) de dinamitar los márgenes entre lo público y lo privado, además sin comprender que no todo el mundo tiene porque disfrutar de ese elevado humor. Ese fue el primer gran descriterio. Para qué vamos a ahondar en el adanismo y su primo hermano, el narcisismo generacional y tan llamativo estas últimas semanas, que pretende que la política como institución humana se adapte a ellos y que un pueblo entero modifique sus usos, costumbres, códigos e idiosincrasia, a riesgo de ser catalogados como “fomes” o “mojigatos”. El manejo comunicacional posterior, en la misma línea y lo voy a dejar hasta ahí porque más que una opinión, a este respecto, tengo un insulto.

No está de más recordar que la izquierda no tiene el monopolio de ciertos defectos y es importante pensar estas cosas, estos también son temas valóricos. Quiénes somos, qué defendemos, cómo lo defendemos, hasta dónde llegamos, no son temas tan de nicho como a veces nos gusta pensar. Les recuerdo que ha habido gente dispuesta a matar a otro ser humano porque no le gustaba lo que decía. Y ha habido otros dispuestos a quemarlo todo, no hace mucho, porque la derecha desestimaba la cultura sin entender qué es el marco de lo aceptable. Así es que nos va a tocar pegarnos una pensadita y mirarnos a nosotros mismos, porque cuando todo se pudre, de nada sirve decir que el del frente huele peor.

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