El inmortal Manco de Lepanto comienza el prólogo su obra maestra diciendo: “Desocupado lector:….” y el capítulo primero: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”. Si Cervantes viviera en nuestros días y desde España escribiera sobre política en lugar de novelas de caballería, entonces su libro hubiese comenzado así: “Desorientado lector, en un lugar de América del Sur, de cuyo nombre me apena acordarme…”. ¡Y cuánta razón tendría! Porque lo cierto es que estamos profundamente desorientados los chilenos y este actual Chile nuestro da una pena inmensa.
Estamos desorientados todos: aquellos que vemos la debacle de la convención constituyente y decimos que es necesario argumentar ya, fundadamente, las atrocidades que se están aprobando en el pleno; están desorientados los que aprobaron con entusiasmo el cambio de la actual Constitución por una mucho mejor; están desorientados los políticos concertacionistas que no saben qué postura adoptar frente a los cambios que nos serán propuestos; están desorientados los políticos de centroderecha que sugieren esperar a que el texto esté terminado para empezar a tomar posiciones antagónicas a la propuesta; están desorientados los ministros que asumen el 11 de marzo; está desorientado el Mandatario Electo, que no sabe qué decisión suya respecto de la convención favorecería su gobierno; y está desorientado el pueblo llano, el que no lee, no analiza, y se informa a través de los matinales y las redes sociales repletas de noticias falsas. Estamos verdaderamente desorientados todos.
Hay por cierto desorientación incluso en el lenguaje. Particularmente en la interpretación que se hace de las palabras; la primera de ellas, “rechazo”. El “rechazo” a la propuesta de nueva constitución se asocia, por alguna razón ininteligible, a una automática aprobación a la Constitución que nos rige, como si ambas fueran dos caras de un misma moneda. ¡Falso! Entendamos de una vez que el “rechazo” se debe solo entender como la desaprobación de la propuesta y que, a partir de él, se abren caminos muy diversos, ninguno de los cuales llevará a seguir con la Constitución actual. Por esto, desde ahora dejaré de usar “rechazo” y en cambio usaré “desaprobación”. Yo desaprobaré la propuesta; y la desaprobaré porque será una pésima propuesta, considerando que lo ya aprobado por el pleno es pésimo para Chile y su gente y no me conformaré, para aprobarla, con que el resto sea menos malo. No necesito esperar al término de la redacción para tomar postura.
La inmigración ilegal descontrolada nos tiene también completamente desorientados. ¿Cómo es posible que no se logre poner atajo a una situación que, lejos de mostrar visos de término, aumenta a diario? ¿Cómo es posible que los tribunales de justicia -en proceso de extinción, dicho sea de paso- no tengan una postura clara e inequívoca respecto a la expulsión de los ilegales e indocumentados? ¿Y cómo es posible que esos mismos tribunales liberen a un terrorista argentino para, un par de semanas después, revertir la decisión y den orden de volver a detenerlo, cuando ya es inútil siquiera el intento de encontrarlo? Desorienta todo esto.
Antaño los marinos se desorientaban cuando perdían el rumbo, cuando dejaban de ver las referencias celestiales perpetuas e inmutables que les servían de orientación siempre y fijaban la ruta a seguir para llegar a destino. Perdidas las referencias permanentes, inequívocas, ciertas y fiables, la nave quedaba abandonada a su suerte, sin una meta cierta, sin un norte y sin certezas de llegar jamás a tierra firme. Así está hoy nuestro otrora admirado Chile, abandonado a su suerte y con mortíferos arrecifes al asecho, contra los que bien podemos hundirnos inexorablemente.
