No fue mi intención abandonarlos la semana pasada, mis queridos lectores. Sin embargo, tuve a bien agarrarme el único covid guacho que andaba dando vueltas en verano. Y qué les puedo decir, cuando tengo fiebre, empiezo a hablar (y escribir) como la ministra Orellana y preferí que ni ustedes ni yo pasáramos por eso ¿se acuerdan hace un par de años que nos hacían repetir que el covid era producto de la cruza asquerosísima entre un caldito de pangolín (¿?) y un murciélago o algo así? Y pobre del fascista conspiranoico que se atreviera siquiera a pensar lo obvio; que la payasá había salido de un laboratorio en Wuhan. Hasta racista era uno si pensaba eso ¡ahh qué tiempos aquellos! Hoy resulta que es lo mismo… ¡ay quedé pegá con Cambalache! No, pero, vieron que la CIA ahora nos dio permiso para pensar obviedades. Sí, porque resulta que sí había salido de un laboratorio. Fíjate. Si hay algo que estos últimos años me han enseñado es que vivimos atrapados en algo que podríamos llamar el ciclo de la verdad; sucede algo, importante, grave, qué se sho, alguien, varios, expresan una teoría que se cae de evidente pero que no se ajusta al molde cultural progre y ¡pah! Se le acusa de conspiranoico, terraplanista, fascista, racista, incluso y para sorpresa y condimento de este verano; woke…dándonos así la vuelta completa. Años, pero a veces meses después, la verdad sale a la luz ¿y? alguien dice “chuta, perdona, me pasé un poco”. Nop, seguimos como si nada, sin mea culpa, sin aprendizaje.

Voy a dejar al covicd quieto ahora, porque pa’qué entrar en los detalles de lo que me hizo ese virus mugriento. Algún día tendremos que hablar de la pandemia, pero no todavía, es un tema demasiado tribal. Hablemos de algo parecido, pero mucho más tribal como es la disputa entre las derechas luego de la aprobación del engendro previsional. Sí porque esto de aprobar con nota 4, aprobar para arreglar en el camino, obligar a que los trabajadores le presten al Estado y mucha suerte queridas pymes, díganme lo que quieran, pero no me gusta.

Primero, porque un cheque en blanco yo se lo firmaría a mi mamita, no al Estado, segundo, porque si alguien cree que lo entregado se puede desentregar, corregir y modificar, es de una ingenuidad que en adultos tiene otro nombre. Es más, la ministra Jara dijo con una sonrisa de oreja a oreja que se abría una puerta, o un candado, algo por el estilo, otseah, evidentemente, bien administrada, esta reforma puede cumplir los sueños de la izquierda como quien se desliza por un tobogán. Dichosos estaban, la dupla de oro, Jara-Marcel, y todos los minions que los acompañaban. Exitazo pal gobierno, pese a que algunos cándidos nos quieran vender que fue una derrota porque ellos querían acabar con las AFP. Sí oye, que le digan a sus caras. No sé por qué algunos creen que en la izquierda son impacientes, no los son. Mientras, los supuestos triunfadores de Chile Vamos, con cara de funeral, tratando de convencernos de lo fantástico y exitoso de todo. Claro, porque negociar en condiciones ultra favorables y no incluir ciertos detallitos, es un éxito… me recordó un poco cuando para la, ya infame, “marcha del millón” el gobierno de la época trató de salir a celebrar también. Algo parecido a perder 5-0 y declarar que uno jugó mejor.

Pero bueno, todo esto ustedes ya lo vieron, lo que me ha parecido impactante ha sido la virulencia, las amenazas y al mismo tiempo los lloriqueos por unidad de parte de Chile Vamos. Algunos con toda soltura corporal, alegando wokeísmo y (era que no) fascismo por parte de la derecha de republicanos, libertarios y descolgados varios porque los tratan de “cobardes” ¡hay que tener patitas, ah! Me recordaron un poco al Frente Amplio, fíjate, después de todo, medios primos y compañeros de curso son.

La cosa es, mis queridos amigos, los votos de la derecha no les pertenecen. Ups, lo dije. Sigo, crecer para el centro ¿Cuál centro? ¿Cuántas personas viven ahí? Porque algo me dice que no hay mucho por ahí. Y lo peor, el mundo se mueve en una dirección y Chile Vamos nos quiere llevar de vuelta a los 90, a una derecha que no se sabe muy bien qué defiende y que no cree mucho en la batalla cultural, posiblemente porque no la entiende. Si la estrategia es tratarnos de facho hasta que votemos, sin ganas, obligados y sin confiar, por ustedes, déjenme decirles que les auguro un futuro medio penca. Si es lloriquear unidad, mientras insultan al primo facho, se destemplan, se les hinchan las venas de la frente y amenazan con que entonces va a ganar la izquierda, tampoco es una estrategia güena. Porque la conclusión obvia es ¿por qué voy a votar por gente qué no sé lo que cree? ¿Por qué votar por quienes frente a un nuevo y espontáneo estallido van a hacer exactamente lo mismo de la primera vez, porque no han hecho un solo mea culpa? ¿No es mejor votar por el original que por el sucedáneo, y que la izquierda termine de llevarse a Chile al abismo, en lugar de adjudicarle otra derrota a la “derecha”?

Sí, pueden decirme lo que quieran, total, el 2019 me dejó curtida. Y no soy la única. Tampoco soy la única a la que no le gusta que la amenacen, fíjense. Honestamente no sé quién los está asesorando, pero intuyo que tiene menos calle que una pantufla. Porque si creen que pueden ganar sin la “extrema deresha”, no aprendieron nada del segundo proceso constitucional. Y créanme que a charchazos no es.

En el reino de Chile, había una reina a la que le gustaba acusar a todos de fachos, de extremos, de miserables. La reina se creía perfecta y toda crítica la despreciaba y acusaba cancelación. La reina no sabía lo que era la cancelación, ni se paraba por un segundo a reflexionar sobre su conducta. Lo que le faltaba a la reina era un espejito.

K-Sandra

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