endgame
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Advertencia: Esta columna contiene altísimos niveles de ñoñez y es testimonio de mi fascinación por el Universo Cinematográfico de Marvel (al menos hasta la fase 3, después la progresía metió toda la cola).

Última semana y como el próximo viernes estaremos en la meditación que antecede al plebiscito, me permito recordar hoy el camino que hemos hecho mediante la película Endgame. Para aquellos a los que no les dieron el mote de “pernos” en el colegio y jamás han visto estas películas, vaya antes una somera explicación (a mis amigos marvelitos, paciencia).

Endgame es la gran batalla final entre los Avengers (et al) y Thanos, el más supervillano. Este último tenía una idea super güena de resolver todos los problemas del universo, refundando todo mediante la vaporización de la mitad de todas las criaturas vivientes con un muy constituyente “chispeo de deos poh guacho” (sic). Hay que reconocerle que quería hacerlo aleatoriamente, no por raza. En la primera parte, la de entrada, Infinity War, Thanos logra juntar todas la Gemas del Infinito, que son unos cristales ancestrales pluripoderosos y que le permiten llevar a cabo su plan ante la mirada atónita de nuestros héroes que lo combatieron, pero por separado y medio mal. En Endgame se les presenta una nueva y única oportunidad para, ahora todos juntos, enfrentarlo y detenerlo de una vez por todas. ¿Les recuerda algo?

Quizás debiéramos agradecerle a nuestros Thanos refundacionales porque este proceso, eterno, ha sido también la oportunidad de descubrir que nos unen más cosas de las que creíamos. De construir una épica con ciudadanos chilenos que creen en Chile y en la democracia. Tal como le dijo Bruce a Tony en Infinity War, para que llamara al Cap “da lo mismo con quien estés hablando o no, viene Thanos” del mismo modo; este Rechazo ha venido aunando a ese Chile dormido y silente. Tal vez un Chile adulto y fome por moderado y razonable, pero ¡qué alivio cuando uno no sabe qué hacer y vuelven los adultos! 

El Rechazo al nuevo texto que ha surgido desde el más puro sentido común y la genuina buena voluntad es testimonio de un Chile que se permite pensar libre y efectivamente aglutinar a los diversos. Es de alguna manera restaurar y reparar la familia chilena; es el tío apolítico, la abuelita de derecha, el hermano que se decepcionó del Frente Amplio, la tía socialista de toda la vida, la tía DC cuyo hijo es carabinero… todos de nuevo unidos porque este texto no los convoca y punto. Por eso, estrategias pasadas se sienten cada vez más como el chiste que de tanto contarse terminó por descomponerse. Eso ha pasado con la funa y la cancelación, desde la más torpe y vulgar, de las redes sociales a la más sofisticada, de la academia y los mares de tinta y caracteres derramados con el solo propósito de encasillar y denostar a quien se cruce por delante. Mención aparte merece la “campaña de información” del gobierno que curiosamente olvida una y otra vez recordar que el voto es obligatorio.

Hoy decimos que no estamos avergonzados de lo que somos, que queremos ser como siempre hemos querido ser: mejores, pero que cambiar y mejorar no son sinónimos. No queremos un Chile sin la mitad de Chile.

Si yo hubiera sido el Dr. Strange, también le hubiera preguntado a Wong si estábamos todos, porque nos necesitamos todos; hay que ir a votar, hay que ayudar a todos para que puedan votar. Esta es nuestra oportunidad, nuestra última oportunidad para decirle una vez más a lo que parece inevitable, “yo, soy Chile”.

K-Sandra

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