No sé ustedes, yo estoy cansada de vivir hechos históricos y la decadencia de occidente. Como que uno entiende porqué don Tomás está auspiciado por Melipass… Fea estuvo esta semana en todo este continente y parece que el zamarreo no para ni parará. De todo, esta teleserie turca del veto que pretende pitiarse a san votito obligatorio (nunca nos abandones) me ha tenido transitando la avenida de los recuerdos. Estoy segura de que tengo estrés post traumático con la insurrección del 2019 y todo lo que vino después. Quizás en este punto, deba confesar que antes de ese momento, yo también coqueteé con el progresismo. Obvio poh, si era cool; las mejores recomendaciones de viajes, los restoranes y galerías más onderos, los libros y películas más leídos, ropa y joyas de autor… qué les puedo decir, una es súper cool.

Jamás fui de izquierda, creo que llegué a Evópoli, ponte… bue… déjenme pasar esa. Al otro lado estaban mis adultos señalando los peligros del relativismo y la crisis moral, cosa que en la profundidad de mi corazón sabía que era correcto, pero no me parecía tan relevante como para agarrarme del moño en un asado o en el camarín del gimnasio. Mis amigos y primos sólo eran niños ricos excéntricos, pero inofensivos. Mala mía. El 2019 lo cambió todo y para siempre porque jamás olvidaré, el qué, los cómo y los quiénes que casi nos llevaron a perder Chile. Y si bien es cierto, me quedé corta anticipando el daño que en sólo cuatro años este gobierno podría hacer, no hay la más minúscula duda en mi mente de lo que hubiera pasado si gana el Apruebo; de ese abismo no salíamos.

Me estoy dando la vuelta larga y eso que ya no hay una sola célula evopolienta en mi body, para hablarles del dramón del veto, dirán ustedes. Porque, ¿qué tiene que ver el 2019 con la discusión actual? Todo tiene que ver. Denme la manito figurativa y vamos a recordar. Por esos aciagos días se nos dijo hasta la majadería que el gran problema de Chile era su nefasta Constitución. Que, pese a sus múltiples modificaciones, era la Constitución escrita por cuatro generales (sic), que tenía un pecado de origen irredimible. Políticos de todos los sectores, especialmente aquellos que juraron defenderla, con sus pequeños y miserables ábacos, asustados como nunca, salieron a decirnos que (atentos, que esto es clave) la Constitución no tenía legitimidad porque NADIE LA RESPETABA. La prensa se sumó, la academia, que es como tonta, pa’ estas teorías pencas pero populares, lash culturas, todos a corear la canción del verano y a hacer la coreo. Y yo, en mi inocencia me preguntaba ¿quién vendría siendo este “nadie” tan irreverente que no respeta la constitución? Adivinen… ¡eran ellos! Sí poh, porque, probablemente, usted, o yo, o que se sho, el chileno de a pie, pocaza ocasión tiene de andar dándole a la Constitución el mismo trato que Las Indetectables a nuestra bandera. Pero los políticos, sí. Y ese es justamente el problema que tenemos aquí.

No hay que ser cándidos y pensar que este es un problemita puntual. La Constitución que nos rige ha sido ampliamente validada en las urnas, más que porque todas las noches antes de dormir la leamos y le prendamos velitas, porque entendemos que los problemas de Chile no pasan por destruirla y refundar Chile. Eso ya debiera quedar claro. Aunque muchos intenten una suerte de empate entre el engendrito y la Kastitucion… oj, oj, qué creativos… ¡son fomes oh! No poh, no es eso lo que pasó. Pasó que, con el voto obligatorio, todo ese relato octubrista de mayoría, de la marcha del millón, etc, quedó destrozado por la realidad. Y la realidad es que Chile, el pueblo, real, no el del diputado Winter, es mucho más fan del sentido común que del FA. No es que sea voluble. Es que no se le había escuchado. Es por eso que todo este calvario del voto obligatorio (no nos abandones, en serio) y la pasión de Elizalde sólo ha venido a demostrar que quienes no respetan la Constitución, la institucionalidad, ni los deseos de la mayoría, son los mismos que apoyaron el 18-O y todo lo que vino después. El problema de Chile nunca fue su Constitución. La Constitución incluye el voto obligatorio (ya saben, amén). Con desparpajo nos dicen que no se puede porque falta la ley que fije la multa. Y uno se pregunta, ¿quién tendría que haber hecho esa pega? Los mismos que por secretaría quieren enchufarnos de nuevo el voto voluntario. Es lo que les anuncié en otras columnas, derrotado el engendrito constitucional, intentarán por el ladito, imponer las mismas ideas que Chile ya rechazó. Incluso mediante ordinarieces como fijar una multa microscópica, argumentando que los pobres, que el costo de la vida… no hay pudor.

El real problema que tenemos es que no hay una oposición que termine de cuajar. La derecha, cazando moscas con el labio inferior, siempre lista a facilitar que la izquierda controle la agenda, dándole agüita al gobierno, corriendo en círculos, mal preparada, incapaces de anticipar cosas obvias, enfrascados en peleas intestinas, pero del intestino grueso… Mal.

Esta pitonisa, no puede ofrecerles demasiado optimismo esta semana, porque en buen chileno, no veo de dónde agarrarnos, por dónde se sube. Capaz más que ansiolíticos, esta columna deba contar con un auspicio de antidepresivos. Y es que, hasta ahora mis expectativas para el futuro han estado puestas en el voto de todos para frenar la locura que Apruebo Dignidad ha traído a nuestra tierra. Pero si nos quitan eso, ¿no debiéramos ya estar haciendo campaña para que todos se levanten? Pero ya, onda, ayer. En lugar de eso, seguimos bailando al ritmo del peor; DJ octubrismo.

K-Sandra

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