Anoche me acechó un dolor que me caló más hondo que el último long play de Roberto Carlos.
En contra de mi voluntad y con más dolor que vikinga que le quemaron la aldea y le pusieron los cuernos, tuve que partir a urgencias al Monticello. No alcance a vestirme para ‘locación’, pero igual fui en tenida de noche del tipo camisa de dormir strapless topless, por suerte alcance a saltar dentro de un calzón sin lentejuelas, pero con unas hawaianas en el tono.
En un esfuerzo por firmar cuanto consentimiento existe para poder participar en todos los juegos y máquinas del recinto, me ofrecieron el Blackjack, Tragamonedas y el Scanner, que dicen siempre da resultados en corto plazo. Debido al dolor de no saber sumar acepté el scanner y que me pusieran el brebaje que me alentara a apostar, por una vía conectada a mi bracito de reina, a sabiendas que ese lujo me costaría carísimo, pero ya estábamos allí y había que darle y jugarlas con todo.
Aposté todo al scanner y salí ganadora en primera instancia, le di al pleno, me gané por la ley de urgencias una operación al intestino delgado (que es lo único delgado que va quedando en mi cuerpito), apenas entré a pabellón casino y vi esos apósitos prístinos color white, y esas luces de Las Vegas on the night, supe de inmediato que el casino había ganado una vez más.
La hernia me produjo el mismo dolor en el bolsillo que en el cuerpecillo.
“Enjoy”, me dije a mí misma y una vez operada de los nervios y la hernia, el doctor me convidó a alargar mi estadía dentro del hotel del casino, y pernoctar ahí para probar las maravillosas camas con botón up & down que tanto anhelo y ese timbre mágico que hace venir a personas que no te conocen a preguntarte si necesitas algo y darte morfina sin pedir receta.
Dicotómicamente en el mismo lugar donde me sirvieron ese maravilloso cocktail de barbituricos by night, en la mañana me sirvieron una precaria jalea y un té pelao, cuando por el precio del mercado esperé no menos que una sopa de centolla o un huemul marinado. Algo desilusionada quise darle una vuelta al destino y fui junto a mi crupier y médico de cabecera a pasearme al quinto piso, que se dice están los ludópatas más enfermos y ricos de Chile, jugándose el día y una ficha por ganarle a la vida, y quizás pensé, podían jugársela conmigo y pasar juntos la estadía en este hermoso y lujoso lugar, con jalea diet y un cocktail de suero con morfina on the rocks junto a la cama o el bar.
Pero solo me encontré con unos tragamonedas sin saldo, una ruleta que ya no giraba y un Baccarat sin jacos ni quinas.
Creo hoy termina mi estadía en este casino de la vida donde me la jugué con todo para salir campeona, pero como se sabe y como siempre el casino nunca pierde y me voy con los bolsillos vacíos, un abdomen como colador y una dieta blanda que no se la desearía ni al peor crupier del mundo.
No confié tanto ni en las clínicas, ni el casino , ni en el bar.
Juegue menos y diviértase más.
