Para variar, se me pasó mi salida. Por algún motivo Nuestro Creador no estimó necesario dotarme de orientación y cultivo hace ya varios años una relación bastante tóxica con Waze. Y nada, ruta nueva. Culpo al tolueno de los juguetes de finales del siglo pasado, los genes, la luna, las estrellas, el déficit atencional, ya está, me pasé. No importa, mantengamos la calma, nos damos la vuelta, qué tanto. Calles chiquitas por Quilicura, virando a la izquierda, como me enseñó Luis Fonzi; despacito. Y nos hundimos en un “evento” nivel Cañón del Colorado. Pero nada, ni un ruido, seguimos. Como frenteamplista, seguimos. Entro a la autopista y algunos segundos de negación seguida de su respectiva negociación, hasta que la evidencia fue innegable; sensaciones no buenas, nada de buenas. Se hizo evidente que estábamos run flateando, pero como una campeona. Siguiente salida, caletera, justo después de unos trabajos en la vía. Me bajé con la pachorra de quien sabe cambiar neumáticos (gracias papito) si bien nunca he tenido que hacerlo, por la amabilidad de los compatriotas.
Un pinchazo más, no sería el primero, tampoco será el último, a quién no le ha pasado, todo aquello que se dice uno. Lo que vi, mis queridos lectores, jamás dejará mi memoria. No era un pinchazo, eso fue otra cosa; como si mi pobre neumático hubiera tenido una pelea callejera con el chupacabras. Estaba completamente rajado, abierto, con las tripitas afuera, un espectáculo dantesco. En serio, la gente cree que uno exagera, porque soy buena pa’l adjetivo, pero posteé una foto en mis redes sociales (sabemos que soy millennial después de todo) y la perplejidad fue transversal. Si me escriben a El Líbero, les mando la foto (o la ven acá porque también se la envié a mi editora).
Ese era el de atrás, el de adelante, se veía medio como vamos a estar el lunes y la alineación estaba como la DC. Me puse mi chalequito, busqué los triángulos y me dispuse a sacrificar minutos valiosos de mi vida en una conversación con el seguro. Como dicen mis amigos abogados, para mayor abundamiento, tuve que explicar y justificar mi necesidad de una grúa más que de un joven bueno pa’ la gata. Pero más que ese trámite, siempre agobiante, déjenme contarles otra cosa mucho más importante. Muchos caballeros se acercaron y se detuvieron para ofrecer ayuda, ante lo cual yo procedía a agradecerles y explicarles que esto era más pa’ grúa. Me preguntaban cuánto faltaba para que llegara, se ofrecían a acompañar. Oye que estoy agradecida, sinceramente. Fue muy bonito. De todos uno, el primero, que se venía bajando de la micro bien perfumado, iba pa’ la pega, lo sé porque entre medio habló con la jefa, “voy atrasao jefa”. Pero se detuvo, me “reineó”, me ayudó a armar los triangulitos, que venían con el auto y eran entre chúcaros y enclenques, me dio recomendaciones, confirmó mi diagnóstico y solo entonces retomó su camino. “Tranquilita no más, reina”. Y yo sentí mucha paz, fíjate. Quedé altamente tranquilita. No sé si tan monárquica, pero tranquilita, sí.
Cuando llegó la grúa, nos salió con paseó en altura, como en esos buses de turismo, hop-on y hop-off, solo que bastante más saltarín por Quilicura arriba de un auto que iba arriba de una grúa. Te digo que el surrealismo no ha muerto. Pocas cosas quedaban abiertas, hasta que llegamos a una vulcanización chiquitita, y ahí nos salvamos, no sin antes vivir este diálogo sublime:
-¿Es su primera rajá (sic)?
-Sí
-¿Y se asustó?
-No
-Da susto… y se ve destruida
-Pero si en serio no me asusté
-No usted poh mami, la rueda… la rueda está destruida
-También
Nos reímos hasta la lagrimita. Y nos quedamos conversando de “eventos”, de neumáticos y de lo que haríamos para el 18 ¿Te cachai, vivir en el primer mundo y perderte una conversación así? Pero gracias a Dios, vivimos en Chile. Sí, todo aquello del seguro y los cambios de planes fue una lata, pero qué bonito, después de tantas cosas que nos han pasado, constatar una vez más que tenemos patria; cultura, dialecto, maneras de relacionarnos y humor, de esta identidad grande, donde seguimos entrando. De todo esto que es ser chileno.
No es por romperles la cuarta pared, pero esta columna se escribe antes del domingo. Mi pan de molde está con sus neumáticos en óptimas condiciones, la alineación, está mejor que varias de mis amigas y se retomó el itinerario. Logré llegar al campo, que está precioso, verde y lleno de banderitas por todos lados. Suenan cuecas y tonadas, no sé bien de dónde vienen, pero encuentro que maridan perfecto con las flores, los colores, los aromas a poleo y jazmín. Ya luego me toca lucir con orgullo mi delantal de copihues y cocinar.
Deseo de todo corazón que hayan tenido unas preciosas fiestas patrias y que, como yo, encuentren siempre dicha en esto de ser chilenos, que es tan difícil de explicar y solo se puede sentir.


Lindo.