¿Cómo pasaron las fiestas patrias, mis queridos lectores? ¿O a lo Apruebo Dignidad, #seguimos haciendo el after este domingo? ¡Chita que fue largo! No sé ustedes, pero yo al tercer día andaba suplicando por una lechuguita. Pero no, no hay lugar para debilidades cuando se trata de celebrar a nuestra querida patria. Les digo, corren por mis venas más empanadas y carmenere que sangre en estos momentos. Me encanta el 18, de amigos, familia y tradiciones, pero este, tal vez por su extensión, tuvo algo un poco diferente. Tuvo mucho de paréntesis, tuvo mucho, al menos para mí, de volver a tiempos más sencillos, antes de la locura de los últimos años. Me gusta ir a los campos de mi infancia, a esos de los que les he contado en otras columnas. Lugares que me hicieron considerar a García Márquez un cronista más que un surrealista en mi adolescencia. Y cuando estoy allá, me gusta ir a misa. En serio. Es una experiencia muy bonita. Voy a la iglesia que construyeron y donde están, mis tatarabuelos y me dedico a contemplar, agradecer e imaginar cómo habrán sido sus vidas. La misa, propiamente tal, es una experiencia en sí misma; viene el curita que “atiende” a todas las iglesias y capillas de la zona, haciendo un rotativo de misas entre sábado y domingo. Un esfuerzo titánico. Para cuando llega a nuestro pueblo, con alguna frecuencia, está, en buen chileno, más o menos choreao. Entonces de entrada parte retando a los que vamos por los que no van. Clásico. Pero la variación de esto último que me encanta es cuando encuentra que somos muchos un día cualquiera, entonces nos reta por los días en que no va un alma. Maravilla. La predica transcurre entre la falta de vocación (culpa nuestra) y lo fantástico que era todo antes y lo pésimo que es todo ahora. También culpa nuestra, pero ahí como que le encuentro razón. Y bueno, dicen mis tíos que los seminaristas iban a vacacionar el verano completo a la casa de mis tatas. Claro, suena como un tiempo bastante mejor. Pero lo realmente mejor, viene hacia el final, ya bien retados, se nos conmina a ser menos pésimos, amar al prójimo, llegar a acuerdos, que sé sho. Pero justo justo, cuando uno cree que ya zafamos, nos pregunta si vamos a ir la próxima semana y si no contestamos de inmediato con un atronador “sí”, nos cae un muy pío: “me queda claro”.
Una sola vez, después de misa, le dije que yo vivía en Santiago y que obviamente por eso, la próxima semana no iba a estar. Me contestó “¿y en Santiago, vas a ir a misa?”. Me guaneó. Brutal, te lo digo. Me cae bien, total, no está de más un reto gratis de vez en cuando, pa’ forjar el carácter. Él hace lo que tiene que hacer y nosotros salimos sintiéndonos un rato un poco mejor.
Un poco parecido me pasó con la comentadísima homilía de monseñor Chomali para el Te Deum ecuménico este 18. Muchos se han concentrado en su llamado a un gran acuerdo para superar la crisis de seguridad que vivimos. Y dale, tengo diferencias, con todo respeto. O sea, difícil me parece llegar a un acuerdo cuando las diferencias en diagnósticos son tan profundamente irreconciliables y cuando un sector, cree que un acuerdo es la abdicación completa de la contraparte frente a medidas ruinosas o claramente absurdas. Recordemos las RUF con perspectivas de género, etc. Me parece que se omite el carácter sectario de la izquierda de todas las intensidades, cuando se pide un acuerdo. Y me parece injusto también que los que están y siempre han estado más dispuestos a una política anclada en el sentido común sean llamados a un acuerdo, cuando son los que siempre van a misa… Pero seamos sensatos, si no lo dice el arzobispo de Santiago, ¿quién?
Además, lo dijo muy bien, fue un discurso bien pensado y bien escrito. Tanto que hasta a la comunista de rojos labios, nuestra vocera-vocera, no conforme con ir a misa, salió lista a vender cruces, declarando que le gustó y estaba super de acuerdo. Figúrate.
Pero ¿saben qué más fue? El justo y correcto retorno de la Iglesia Católica a la discusión nacional. Si aun parece ser el catolicismo la religión más frecuente entre los chilenos, ¿por qué estaban tan calladitos? ¡Chita que los eché de menos cuando estaban quemando todo y sacándose banderas del recto! Nos dejaron a merced de una neoreligión secular, que tenía un mito de origen en ese 18 de octubre, que veneraba ídolos, como ese pobre perrito matapacos, que tenía profetas y exegetas que nos aterraban desde la Convención Constitucional y que, a caballo de sus mártires y persecuciones, llegaron al poder hace tres años.
La justa y correcta defensa de los valores y principios judeo cristianos que sabemos, o debiéramos saber, son mejores, estuvo ausente estos años.
“El crimen organizado y la corrupción demuelen la democracia, son una dictadura que no tiene ley ni Dios” dijo monseñor Chomali y yo recordé cuando en esos grotescos días de octubrismo se escuchaba “la única iglesia que ilumina es la que arde” ¡Por fin volvieron! No se vayan a pasmar ahora sosi poh.
Esta pitonisa tendría que reconocer que no soy católica ¿pero cómo? dirán ustedes. Bueno, yo también coqueteé con el progresismo, les recuerdo. La cosa, es que, después de ver el mundo sin el Dios con el que me crié, lo que vi no me gustó. La secta que lo reemplaza no me gustó. Y me encuentro ahora, orejitas bajas, entendiendo que parece que, para una sociedad, no es suficiente que yo crea (y siempre lo hice) en los confines de mi casa. Parece que la experiencia comunitaria de la fe y la declaración pública de esta, es muy importante. Aunque lo reten a uno, aunque no estemos siempre de acuerdo en todo. Parece que, parafraseando a Enrique IV, Chile bien vale una misa.
