La política ha vuelto a la materia. Tras las abstracciones posmodernas de hace pocos años, el debate nacional se ha tornado más mesurado, apegado a las urgencias primarias, al costo del transporte, los impuestos o la seguridad. El plan de reconstrucción nacional es un buen ejemplo de esto. Y aunque parece que hoy día todo es concreto y realista, la aproximación pública a estas cuestiones mira fundamentalmente a la acción del Estado, a las capacidades del Leviatán de hacer frente a esos problemas, al imprescindible e inevitablemente abstracto nivel del poder central.
La discusión que propició la reciente visita a Chile del politólogo alemán Michael Haus puso el foco en un ámbito que suele permanecer en la sombra de nuestra discusión pública, el del papel de la ciudad en los conflictos políticos contemporáneos. En una conferencia en Santiago, el académico de la Universidad de Heidelberg se refirió a la ciudad como un contrapunto del Estado a la hora de configurar la vida política, como un lugar contradictorio que agudiza el conflicto y que a la vez puede contribuir a procesarlo. Si la migración, la seguridad o la crisis ambiental se encuentran realmente entre nuestras preocupaciones, resultaría al menos miope aproximarse a estas cuestiones únicamente desde lo estatal, como si los modos de vida comunes se configuraran fundamentalmente desde ahí.
¿Qué es la ciudad, qué papel juega en la vida de cada uno y en el mundo común que compartimos? Lo pensamos poco y le otorgamos escasa relevancia en nuestra comprensión de los problemas políticos. En un sentido, nuestra discusión pública es espiritualista, ciega a la materialidad y a los lugares, a la interacción cotidiana de personas de carne y hueso que conviven, trabajan y se rozan en un contexto físico y simbólico que da forma a quiénes son y cómo viven. La ciudad suele relegarse conceptualmente al trasfondo, a un escenario estático en que las cosas acontecen, en extraño contraste con la experiencia de estar materialmente arraigados y depender fuertemente de ese arraigo. Como ha estudiado la arquitecta Romy Hecht, el paisaje urbano de nuestra ciudad no es mero entorno pasivo, sino fruto de la imaginación política de diversos actores a lo largo de la historia y elemento configurador de aquellos que lo habitamos.
La ciudad no es algo fijo, inmóvil, irrelevante, sino el lugar en que se amalgama lo distinto, el ámbito en que las personas se reúnen y hacen frente a distintas fuentes de tensión. Los parques, los flujos, los cerros urbanos, los centros comerciales, la atmósfera de los barrios… no son aspectos desconectados de lo que somos y de nuestros problemas comunes. Todo eso no es sólo un ámbito que se ve afectado pasivamente por las transformaciones en materia migratoria, cultural o económica, sino el contexto vivo que va dando forma a esas mismas transformaciones. Es un espacio político, público, en que pueden producirse ciertos encuentros, ocurrir ciertas discusiones, emerger ciertos conflictos y ciertas formas de cooperación.
Pero aun tras un cierto giro material, nuestra discusión pública continúa siendo “desterritorializada”, un poco etérea, poco atada a esta dimensión urbana. Seguimos intentando pensar la reconstrucción, el crecimiento, el futuro compartido, desde categorías generales, más bien abstractas, sin mirar decididamente ese sustrato físico y cotidiano en que se articula lo individual y lo colectivo, en que las necesidades elementales aparecen en continuidad con un “más” al que, aunque quisiéramos, no podríamos dejar de inclinarnos. La pregunta por qué espacios, qué asociaciones, qué prácticas, qué formas de autoridad urbana hacen posible la búsqueda de ciertos bienes comunes no debiera estar desconectada de las grandes reformas estatales, también necesarias. Pero es al nivel de las calles, de la coexistencia física, donde se construye o deja de construirse lo insustituible de la convivencia. Es ahí donde ocurren las cosas y donde emerge la pregunta siempre latente del por qué.
