Échame a mí la culpa de lo que pase
Tras la aprobación de la megarreforma, cualquier decisión importante de gobierno le está significando el desgaste del apoyo en alguna de sus dos alas. Así como la reforma constitucional lo distanció de la derecha moderada, los indultos amenazan con la insatisfacción de la derecha dura.
Esto no tiene nada de extraño. En un gobierno que casi no cuenta con oposición, solo los problemas internos pueden explicar que se pase, en seis meses, de ganar una elección por amplia mayoría a mostrar un apoyo en las encuestas que no llega al 30%, mientras que la desaprobación duplica ese porcentaje.
Si se hace un rápido repaso de los malos momentos por los que ha atravesado este gobierno veremos que, casi sin excepción, todas sus dificultades provienen de fuentes internas. No es la oposición la que lo emplaza, son miembros de sus propias filas los que la ponen en dificultades.
La administración Kast cuenta con el bloque opositor más disminuido del que se tenga registro desde el regreso a la democracia. No cuenta con la posibilidad de frenar iniciativas importantes. Entre ella y el oficialismo hay independientes y un partido como el PDG que cumple una función de bisagra que bandea las definiciones a favor de La Moneda.
De manera que el oficialismo puede imponerse en el Parlamento a condición de mantener su unidad interna y de no meterse en temas que requieran quórums demasiado altos, que tampoco los necesita estrictamente hablando.
Pero los errores no obligados han estado siempre presentes en la escena y han ido poniendo al gobierno a la defensiva. Ya no hay una explicación plausible para un número cercano a la cincuentena de autoridades nominadas, de ministros a seremis, que han tenido que abandonar sus cargos. De un gobierno de excelencia se ha pasado a un gobierno de inicios fallidos.
La administración del Estado no está haciendo la diferencia en ninguno de los temas clave que justificaron su arribo al poder.
El gobierno duda mucho porque lo detiene las diferencias de opinión que tiene a su interior, lo que lo lleva a la parálisis. No está verdaderamente unido, pero no quiere caer en el conflicto abierto y esa es la base de su fragilidad.
Sea que se trate de reformas políticas o de indultos, lo que termina pasando es que tarda en decidir, adopta un camino y no deja a nadie contento.
El titular tiene que coincidir con las estrofas
Las respuestas que ha insinuado este gobierno no han tenido, ni de lejos, la virtud de cambiar el curso de los acontecimientos. Corresponde a un fenómeno de superficie, sin profundidad ni calado suficiente para marcar un rumbo nuevo.
El pesimismo ha vuelto a predominar, pero, en otros tiempos, se ha hecho un giro dramático a la expresión de una rabia contenida. No sabemos cuándo el péndulo cambia a la oscilación en reversa, pero sí sabemos cuándo se ha acumulado suficiente desencanto como para que no sea extraño que se produzca. Y, sin duda, se están dando las razones como para no esperar algo distinto.
A los gobiernos se les puede perdonar que un país pase por un mal momento, pero a condición de que exista una convicción extendida de que se está haciendo todo lo posible para pasar las turbulencias y de que existe la sensibilidad suficiente como para saber que son muchas las personas que lo están pasando mal. Enfrentar el desempleo prometiendo que el próximo año la situación será mucho mejor, es lo contrario de la reacción que se requiere y desde ministerios como Hacienda es esa falta de sensibilidad la que se ha instalado como representativa del oficialismo.
Todo hace pensar que este defecto no desaparecerá del actuar del gobierno, que de sus siguientes pasos no se pueden esperar éxitos resonantes y, sin embargo, se dispone del margen suficiente como para evitar errores innecesarios.
Al proyecto de ley miscelánea, que significó un traspaso de recursos del sector público al privado, se le puso por nombre “ley de reconstrucción nacional”. El título de la canción corresponde muy parcialmente a sus estrofas. La presentación de la Ley de Presupuesto se dice que está “centrada en la creación de empleos”, razón de más para saber si el nombre, nuevamente, se diferencia del contenido real.
Si el Presupuesto corresponde a sus propósitos públicos, contará con un apoyo muy amplio, aunque el debate sea intenso y extenso. Si no es así, las dificultades que se encuentren en el camino serán por completo responsabilidad del Ejecutivo.
Se sabe lo que el gobierno tiene que hacer, lo que no se sabe es si tiene con quien puede hacer que las cosas funcionen.
Lograr que el cambio merezca ese nombre
Un gobierno no mejora su evaluación pública por usar el simple expediente de mover hacia adelante sus logros más significativos. Para quienes viven el presente, que mejoren los pronósticos no le sirve de consuelo. Se acerca la posibilidad de empezar con las comparaciones y eso no le hace al Ejecutivo la vida más fácil.
Las cifras de desempleo son peores que las dejadas por Boric, el crecimiento económico es mucho más bajo que el presupuestado y en seguridad mejoran las estadísticas, pero no la sensación de inseguridad. Se trataba de ir superando las emergencias, no de coleccionarlas.
Los partidos y parlamentarios oficialistas piden medidas adicionales y superar las descoordinaciones y diferencias públicas en el gobierno. Eso requiere recomponer equipos y es lo que sucederá. Es la derecha la que está descontenta del funcionamiento deficiente del Ejecutivo y las explicaciones sin rectificaciones no la convencen. Saben que la paciencia de sus adherentes no es infinita.
Un gobierno que se justifica por la existencia de una situación de “emergencia” que se presenta en todos los frentes, está consiguiendo resultados que no parecen cambiar la situación, cuando no la está visiblemente deteriorando.
Empieza el compás de espera de un nuevo gabinete, por eso mismo se evitan los cambios parciales como el nombramiento de un nuevo vocero. Pero el retardo aumenta la presión por el cambio y eso lo hace todavía más inevitable.
El tiempo para el ajuste, sin embargo, no es ilimitado. En Fiestas Patrias hubo señales que del descontento pasivo se está pasando a uno más activo. El oficialismo esta semana ha mostrado que lograr la unidad y la disciplina interna no está funcionando.
Sin embargo, no ha de esperarse milagros del cambio de personas. Lo que se ha agotado es una forma de gobernar que espera obediencia, pero que no se gana los respaldos que se necesitan. Sin una mayor aproximación entre partidos y gobierno el ajuste se quedará corto. El gobierno parecerá frágil y mal conducido. La situación puede empeorar a tal extremo que incluso a la oposición se le ocurra despertar.
