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Los regímenes cubano y venezolano, pese a sus diferencias, ofrecen un interesante punto en común. La naturaleza de sus respectivos colapsos significa un cuestionamiento inédito a la capacidad del Estado para hacer funcionar de manera adecuada a la polis, especialmente en situaciones de crisis extrema. Ambos casos muestran que las extendidas opiniones -principalmente en el mundo progresista- orientadas a aislar la figura inmaculada del Estado tratando de encapsular las críticas como simples “problemas de gobernanza”, tienen sus límites.

Esas opiniones han permeado otras corrientes de pensamiento, logrando instalar estas últimas décadas la idea que el Estado puede y debe ser una entelequia útil en cualquier circunstancia. Que se le debe deificar, aunque sus instrumentos colapsen en momentos de máxima tensión. Esta idea, por fortuna, tiene sus contrapuntos, pues el Estado y sus ramificaciones, como cualquier otro órgano político, terminan siempre frente a los resultados.

Por cierto, no se equivocaba James Madison cuando defendía los instrumentos del Estado -lo hizo en El Federalista bajo la premisa de que “si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario”. Sin embargo, ya en los setenta, políticos europeos de variado espectro adjudicaron el éxito de las economías de postguerra a un adagio -“tanto Estado como sea necesario, cuanto mercado sea posible”. Corresponde entonces ver este debate con un toque de equilibrio.

Las experiencias cubana y venezolana muestran los límites. Ambas han dibujado, con dramatismo, la anatomía de un cuerpo exánime tras caer en la desgracia de depositar su existencia en una institucionalidad en torno al Estado. Tanto para promover el crecimiento y la prosperidad, como para abordar coyunturas críticas. El fracaso es, en ambos ítems, sencillamente irrefutable. 

Justamente, son las dimensiones del fracaso las que sugieren recetas que estarán en las antípodas de las visiones pro-Estado.

Tal hipótesis se basa no sólo en las experiencias postcomunistas de los años 90, sino en el evidente agotamiento de las ideas pro-Estado, que ya circulan por doquier.

Mucho del agotamiento y obsolescencia de tales ideas proviene justamente de las pulsiones agónicas de Cuba y Venezuela, pero también de un análisis más estructural. Es decir, en cuestiones que van mucho más allá de los apegos ideológicos. Ambos regímenes son un ejemplo del “jacobinismo estatal”. Por estos días se asiste a procesos de descomposición con aroma a Haití.

La literatura especializada describe esas situaciones como Estados fallidos. Observaciones generales de su praxis, lo confirman. Imágenes pavorosas. Nada de espejismo. Ruinas sobre ruinas.

Ante tal cuadro, resulta casi incomprensible que otros postulados progresistas -esos que más bien muestran compasión o sienten alguna familiaridad con Castro o con Chávez y Maduro- insistan en proyectos nostálgicos de estatismo. Pese al dramatismo de esas dos experiencias fallidas, la coreografía progresista sigue entonando cánticos en favor del Estado como personaje central del escenario, como eje de la vida de los ciudadanos, como solucionador de prácticamente todos los problemas, como administrador de recursos y de justicia; como un gran emprendedor.

La ausencia de autocrítica refuerza la idea de que los cambios tendrán un impacto similar al del derrumbe soviético.

Por ahora parece pertinente tratar de esbozar algunos de los motivos de tanta incapacidad mostrada por estos regímenes del “comunismo tropical”. Una rápida revisión a la trayectoria de estos dos regímenes revela un interesante compositum de desidia, inflexibilidad e incluso de una deplorable inercia provocada por largos periodos de represión. 

El politólogo americano-israelí David Deutsch, en su obra “The beginning of Infinity”, refuta cuanto se ha discutido y asumido durante décadas respecto a qué es lo esencial para el éxito gubernativo en cualquier sociedad. Las visiones más aceptadas se inclinan por la necesidad de disponer de una élite capaz de ejecutar la “gestión del bosque”. A su juicio, son malas explicaciones y sólo producto de sistemas estáticos de ideas. La clave radicaría en la capacidad o incapacidad para resolver los problemas que se van presentando. La humanidad efectivamente está llena de casos donde una determinada sociedad, al no conseguir superar la falta de ideas para resolver sus problemas, se encaminó al colapso. 

A eso se debe añadir que de la experiencia de la URSS extrajeron un elemento explicativo no menor, el dogmatismo. Se sentían fascinados con la porfía. En la URSS estuvieron allí ensayando más de sesenta años diversas fórmulas para la “gestión del bosque”. Enceguecidos, buscaron por todos los medios aplacar el dominio de las dinámicas naturales de los mercados e implementaron medidas férreas para apagar las iniciativas individuales. Sin embargo, fue la tremenda crisis desatada al ser desafiada su capacidad global, la que llevó las cosas al límite y su élite no pudo resolver los desafíos planteados.

Ahora se sabe que aquel modelo no fue capaz siquiera de administrar la agonía. Ese fue el gran fracaso de Gorbachov. Propuso una fórmula -novedosa, por cierto- pero del todo incapaz para resolver la crisis. Y fue esa incapacidad la que condujo a una catástrofe, cuyo clímax fue la disolución del Estado soviético y su disgregación en quince entidades independientes. Irrumpieron otras élites, otras soberanías, otras ideas. Las quince con problemas heredados y desafíos nuevos.

En los casos de los regímenes cubano y venezolano hay leves diferencias.

El primero nunca pudo superar la tentación a construir y mantener un modelo de naturaleza parasitaria. Resultó incapaz para gestionar lo propio. Para sostenerse, el modelo no sólo importó el dogmatismo leninista, sino desató durísimas conductas policíacas para el control ciudadano y aplicó una centralización extrema en torno al Estado. Nació y creció allí un régimen imposibilitado de contar con aprobación mayoritaria en su población. Un modelo incompatible con el pluralismo y con elecciones abiertas, secretas y universales.

Venezuela, en cambio, se correspondía más bien con una satrapía expoliadora de las riquezas naturales, desfasado en términos históricos, generada en torno a un populismo tan desbocado como delirante, aunque proclive a usar medios punitivos y represivos. Todo recubierto por una especie de esmalte redistributivo que, vagamente, tenía reminiscencias ideológicas.    

Su obsesión con el estatismo se resumían tres palabras que retumban aún hoy: «¡exprópiese, exprópiese, exprópiese!». Así era la verborrea reactiva de Chávez y Maduro ante cualquier tropiezo o dificultad. 

El estatismo terminó siendo clave para el “comunismo tropical”, cuyo resultado definitivo fue haber reducido sus países a escombros.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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