Este 3 de diciembre, el Colegio Médico de Chile levantó una alerta epidemiológica por el aumento de casos de sarampión en Argentina, enfatizando que la vacunación oportuna sigue siendo la medida más eficaz de protección. El día 4, noticias de prensa reportan de 17 casos de varicela en un colegio de Osorno, con dos alumnos internados, uno de ellos en estado grave; por el momento las actividades escolares están suspendidas y se espera la autorización para cerrar antes el año académico en ese establecimiento. Aunque no se ha dicho, es probable que tanto el brote de sarampión como el de varicela tengan en común una menor cobertura de las correspondientes dosis de vacunas.

Durante décadas, las vacunas han sido una de las intervenciones de salud pública más eficaces y seguras jamás desarrolladas. Gracias a ellas, enfermedades que antes causaban sufrimiento, discapacidad y muerte, como la viruela y el polio, han disminuido de manera drástica, o incluso desaparecido. Chile conoce bien esta historia: nuestro Programa Nacional de Inmunizaciones ha logrado coberturas ejemplares y resultados sanitarios que son motivo de orgullo. Por segundo año consecutivo, Chile no ha registrado muertes de menores de un año por virus sincicial respiratorio (VSR), un logro sin precedentes en un país donde este virus históricamente ha sido la principal causa de hospitalización infantil durante el invierno. La incorporación de nirsevimab -una inmunización altamente eficaz- y su cobertura masiva, han cambiado el panorama epidemiológico de manera contundente. Lo que antes era un temor anual para miles de familias, hoy es un riesgo controlado gracias a una política pública bien implementada y sostenida en la evidencia. Tan importante es este logro, que The Lancet Infectious Diseases, una de las principales revistas en esta área, destacó en su portada del mes de noviembre este logro. 

Desafortunadamente, el debate sobre la eficacia de las inmunizaciones se reabre, especialmente cuando surgen discursos que siembran dudas infundadas sobre su utilidad o seguridad. Hoy, lamentablemente, una parte de ese ruido proviene desde organismos públicos de Estados Unidos, donde decisiones recientes han puesto en cuestión el valor de ciertas vacunas e inmunizaciones infantiles, generando alarma en la población y preocupación en la comunidad científica internacional. De especial preocupación es que sean las mismas autoridades sanitarias de países desarrollados quienes ponen en duda estrategias que han salvado millones de vidas. La ciencia acumulada es abrumadora: las vacunas no sólo previenen enfermedad y muerte, sino que reducen la carga en los servicios de urgencia, evitan costos catastróficos para las familias y permiten que los niños crezcan y se desarrollen plenamente. Sociedades científicas de Estados Unidos -incluyendo pediatras, infectólogos y especialistas en salud pública- han reaccionado con fuerza ante los recientes mensajes ambiguos, recordando que la evidencia no admite interpretaciones antojadizas. Las vacunas funcionan. Las dudas infundadas, en cambio, sí matan.

En momentos en que la desinformación circula más rápido que los datos, es fundamental defender políticas públicas basadas en evidencia y no en percepciones o creencias. En Chile, las vacunas son una herramienta de equidad, al tener cobertura universal y gratuita, demostrando que cuando se actúa con decisión y comunicación transparente, los resultados son extraordinarios. Lo que ocurrió con el virus sincicial en nuestro país es un ejemplo de cómo la ciencia, bien aplicada, salva vidas de verdad.

Es cierto que padres y cuidadores pueden tener dudas legítimas, las que, al igual que con cualquier intervención sanitaria, deben ser respondidas. Pero esto es muy diferente a lo que sucede en EE.UU. al desmantelar y destruir trabajos de décadas, generando no solo desconfianza sino que disminución de la cobertura.

Docente-Investigadora en Bioética, Universidad del Desarrollo

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