Embebida en este maravilloso deporte que es el fútbol y el Mundial que acaba de finalizar, lo leo como una lección cívica. No porque los jugadores sean santos, en la cancha hay patadas, agarrones y pisotones, sino porque el juego sobrevive a sus faltas gracias a un reglamento que las prevé y un árbitro que las cobra.
El reglamento es la Constitución y las leyes, conocidas antes de entrar a la cancha e iguales para todos los equipos. El árbitro y sus jueces de línea son las instituciones que vigilan el juego sin jugarlo. La Contraloría General de la República controla la legalidad de los actos públicos, el Servicio de Impuestos Internos y las superintendencias fiscalizan cada uno su cancha, la Comisión para el Mercado Financiero supervisa a bancos, aseguradoras y a las empresas que se financian en el mercado de valores, la Fiscalía Nacional Económica cuida la libre competencia, el Servel supervigila los procesos electorales, el gasto electoral, normas sobre partidos políticos; el Consejo para la Transparencia obliga a jugar con las cartas a la vista y el Consejo Fiscal Autónomo advierte cuando la billetera del equipo se desordena.
Cuando la falta es delito, entra el Ministerio Público, que investiga y persigue. El VAR son los tribunales, las cortes, el Tribunal Constitucional y el Tricel la segunda mirada que corrige el error sin reemplazar al que decide, porque ni el árbitro es infalible. Y hay una institución que no pita ni juega, pero mantiene el estadio en pie, el Banco Central autónomo. Las tarjetas son las sanciones, proporcionales y previsibles, amarilla la advertencia y roja la exclusión, porque cuando un jugador agrede a otro el reglamento no se negocia, se aplica. El director técnico es el gobierno. Diseña la estrategia, arma el equipo como quien arma un gabinete, hace los cambios cuando el partido lo exige y responde por el resultado. Pero no juega, no dicta el reglamento, no puede presionar al árbitro, y si protesta de más también a él lo mandan a la tribuna. Y la hinchada es la ciudadanía, que exige garra y exige, sobre todo, juego limpio.
Johan Huizinga escribió en Homo Ludens que el juego crea orden y es orden, y que basta con que un jugador desconozca las reglas para que el mundo del juego se derrumbe. Por eso sostenía que más peligroso que el tramposo es el que patea el tablero. El tramposo, al menos, finge respetar las reglas y con esa hipocresía las confirma. El que niega el juego destruye la cancha para todos. Albert Camus, que fue arquero en su juventud argelina, confesó que sus mejores lecciones de moral las había aprendido en la cancha. No es casualidad que dos europeos que vieron derrumbarse su continente en la Segunda Guerra pensaran tanto en las reglas del juego.
Este Mundial, el primero con 48 selecciones, dejó además una imagen que merece una pausa. Por primera vez participaron 10 equipos africanos y por primera vez las selecciones de ese continente superaron los 50 goles en una edición. Marruecos se convirtió en el primer país africano en instalarse entre los ocho mejores de dos copas consecutivas. Y en su partido de cuartos contra Francia se vio algo más hondo que el fútbol. Un equipo europeo nutrido por hijos de la migración africana frente a un equipo africano nutrido por una diáspora formada en Europa. La migración, que en la política se relata casi siempre como amenaza, en la cancha se deja ver también como lo que además es, circulación de talento, esfuerzo de familias enteras y la ilusión de países completos que entran, por fin, al Mundial.
Mientras tanto, nuestro partido local se jugaba en Valparaíso. La Cámara de Diputados tiene como atribución constitucional exclusiva fiscalizar los actos del Gobierno, de modo que oficiar, requerir y preguntar es parte legítima del juego. El problema no es fiscalizar, es cómo y para qué. Y permítanme relatarlo como corresponde:
Atención porque sale jugando la oposición y la pelota la pide Manouchehri. La pide, la pisa, le reclama al árbitro. Oficio por los guantes de la Primera Dama, requerimiento por el almuerzo del Presidente, exámenes de drogas para los ministros. ¡Y ahora corre solo! Anuncia que va al Tribunal Constitucional contra el plan de reconstrucción y nadie le avisó a la presidenta de su propio partido. Le da un pase a Cicardini, que alza la voz en el comedor del Senado y abandona la cancha sin dar declaraciones. El PPD firma el miércoles y amenaza con descolgarse el viernes. Pero atención, atención, que del otro lado el banco hace los cambios. Quiroz cede la jugada del 22% para no perder el partido, entra Alvarado a apagar el incendio y recomponer el acuerdo, García Ruminot ordena el mediocampo, la pared con Núñez, avanza la madrugada, son las 2:39… ¡Gol! ¡Gol de la reconstrucción! El Senado despacha el proyecto y el estadio todavía no sabe si celebrar, porque el partido sigue, el texto vuelve a la Cámara para su tercer trámite y, si no hay acuerdo, habrá alargue.
Fuera del relato, las cifras hablan solas. Las materias de reconstrucción, el fondo ampliado para las zonas arrasadas por los incendios de enero en Ñuble y Biobío, se aprobaron por unanimidad. La rebaja gradual del impuesto de primera categoría, de 27 a 23% hacia 2029, se aprobó por 26 votos contra 24. Un diputado oficialista celebró diciendo que esto es como el fútbol, que el que hace un gol gana. Tiene razón solo a medias. Ganar por un gol en el descuento, con la mitad del estadio en contra, no es jugar en equipo. La diferencia entre ambas votaciones es la tesis de esta columna. Cuando hubo arco común, la reconstrucción, apareció la unanimidad. Cuando no lo hubo, cada uno jugó su propio partido. Los que hablan de unidad y no la practican, los que hablan de equipo y corren solos, deberían mirar esas dos cifras un rato largo.
La otra mitad de la cancha tampoco jugó coordinada. Durante semanas el oficialismo se enredó en roces entre Republicanos, RN y la UDI, al punto que el Presidente debió reunir a los timoneles en La Moneda para afiatar las confianzas. Pero hace unos días los senadores y diputados de RN subieron a Cerro Castillo con un gesto que en esta analogía importa, le pidieron al director técnico que dirija. Le entregaron un protocolo de coordinación, con controversias resueltas en 48 horas y comité político semanal, y su presidenta, Andrea Balladares, declaró que el liderazgo del Mandatario es vital para la unidad del sector. Un equipo que reconoce a su técnico y le exige conducción no renuncia a su identidad, entiende el juego. Llegó la hora de gobernar, dijeron. En rigor, llegó la hora de jugar en equipo.
La cancha internacional confirma la lección. Argentina creó el RIGI, un régimen de incentivos que ya suma 18 proyectos aprobados por unos 22 mil quinientos millones de dólares, aunque los análisis más serios advierten que el régimen aceleró proyectos que ya estaban en cartera más de lo que atrajo empresas nuevas al país. Noruega, en cambio, cobra a sus empresas un impuesto de 22%, casi idéntico a la tasa a la que llegará Chile, y no necesita regímenes de excepción para atraer capital. Lo que ofrece es lo otro. Reglas estables, instituciones que funcionan, tribunales que fallan a tiempo, un fondo soberano administrado con una transparencia que aburre. La lección incomoda a todos por igual. Los impuestos importan, pero el árbitro y el reglamento importan más que el premio. Nadie invierte en una cancha donde las reglas cambian a mitad del partido, ni donde los jugadores pasan más tiempo agrediendo al árbitro que jugando.
Por eso los jugadores no pueden confiar en que este solo gol alcance. Un gol no hace un Mundial.
Es cierto que una final puede decidirse por un gol, pero ese gol vale únicamente porque detrás hay un torneo entero. Faltan las leyes de seguridad que siguen pendientes en el Congreso, falta el empleo que no se decreta sino que se construye, falta la educación, que es la única cantera donde se forman los equipos del futuro. Y falta lo más difícil, que es seguir dialogando cuando ya no hay urgencia, cuando las cámaras se apagan y el adversario sigue siendo adversario. Eso que en la cancha se llama trabajo en equipo, fuera de ella se llama amistad cívica, y es lo único que ha permitido, en todos los tiempos y en todas las canchas, dar vuelta los partidos que parecían perdidos.
Chile sabe lo que es quedar fuera y sabe también lo que es volver. Si el reglamento se respeta, si el árbitro se acata, si el técnico conduce sin creerse dueño de la pelota y los jugadores recuerdan que visten la misma camiseta, este país volverá a entrar al Mundial que importa. El de los países que crecen y se desarrollan, con buena salud y buena educación, donde el crimen organizado es el que teme y prefiere irse. La final del Mundial se jugó el domingo en Nueva Jersey. La nuestra se juega todos los días.

Así es. Siguiendo esta entretenida analogía fútbolera, normalmente a los equipos que tienen jugadores complejos y que quieren ellos ser DT en las sombras, les va mal…se rompe la disciplina y se forman subgrupos dentro del equipo. Los equipos triunfan cuando son leales a su DT y no reman para la cola, créame, sigo el fútbol unos sesenta años a lo menos…………
Buenos días !
Hemos visto grandes partidos de futbol durante 39 días .
Gozando de ellos , se me ocurrió esta analogía que hoy les comparto.
Nuestro país juega el propio.
Todos somos jugadores.
Tenemos director técnico, entrenadores físicos, VAR, árbitros y sabemos que ganan los que juegan en equipo, con buenos liderazgos. Grandes jugadores, grandes líderes.
Mientras los que hoy juegan se dividen, pelean, cometen faul y auto goles, les puedo decir, a todos , que en Chile , Gabriel Boric y Franco Parisi esperan , tranquilos, el próximo mundial , dentro de cuatro años
Buena semana
Con la camiseta de Chile puesta.
Quien hubiera dicho que leer esta columna resultaría aún más entretenida que ver un partido del Mundial ⚽️👏