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Lo ocurrido el martes en la elección de senadores y representantes del Congreso de Estados Unidos no es inusual. Las elecciones de “medio término” han sido con frecuencia el escenario propicio para que la población estadounidense manifieste de manera contundente su desagrado por la situación económica o política del país.

Hay precedentes recientes en que una mayoría opositora ha conseguido arrebatar al partido en el Gobierno, la mayoría de ambas Cámaras, provocando así importantes cambios en la política de ese país. Fresca está aún en la memoria la famosa “Rebelión Republicana” de 1994, dirigida por el presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, que instaló, por primera vez en 40 años, mayorías de su partido en ambas ramas en el Congreso. Y luego vino la revancha el año 2006, en que la “Ola Azul” del Partido Demócrata, acompañó la victoria de Barack Obama, recuperando el control del Congreso, y quitando a los republicanos 30 espacios en la Cámara y seis asientos en el Senado.

Sin embargo, la grave derrota que el martes sufrió el Presidente Trump y su partido tiene algunas características distintas de las que primaron en las ocasiones anteriores. En primer lugar, está el tamaño del fracaso. En los días anteriores existían dudas acerca de si los eventuales resultados del Senado serían suficientes para que los demócratas pudieran alcanzar cuatro asientos más para obtener una mayoría. Hoy, con cuatro recuentos aún pendientes, hay una diferencia de diez asientos en favor de los demócratas. Algo similar ocurre en la Cámara de Representantes, donde la diferencia original era de tres miembros a favor de los republicanos; hoy, con asientos aún por asignar, la mayoría demócrata es alrededor de cien. 

En segundo lugar, el protagonista de la derrota es el personaje que ha estado durante los últimos diez años al centro de la política de su país y en la escena mundial que, hace apenas dos años ganó su segunda presidencia retornando a la Casa Blanca, con la promesa de “hacer a Estados Unidos grande nuevamente” y que en estos dos años ha introducido fuertes cambios, especialmente en la política exterior del país. Es indudable que Trump ha sido en esta década el personaje principal, del cual todos hablan, para bien o para mal.

Esta elección fue un referéndum sobre Donald Trump. Él puso directamente varios de los sus candidatos, reemplazando a otros que no seguían sus mandatos, incluyendo al senador republicano de Texas. Pidió a sus electores que fueran a votar “como si mi nombre estuviera en el voto”, dirigió la campaña más costosa que nunca se ha dado en cualquier país (el gasto total de la elección se estima en doce mil millones de dólares, dos tercios por la parte republicana) y perdió a sus preferidos. Ahora, como siempre, afirma que esos candidatos eran “malos” y que el partido tiene la culpa de la derrota, porque el “no estaba en la papeleta”.

Pero aunque muchos, no solamente en sectores progresistas, recibieron su derrota con alivio, es claro que pretende seguir gobernando; nada de lo que ha dicho ha sido en tono autocrítico y ni siquiera apunta a la posibilidad de asumir una postura más diluida. Trump estará o intentará estar en el centro del escenario en los próximos dos años, vetando las leyes que no le gusten, enfrentando a sus adversarios, dentro y fuera del país. Las preguntas que necesariamente surgen son cuáles son las causas de su derrota, cuánto poder ha perdido y qué intentará para recuperarlo.

Donald Trump perdió esta elección por causas visibles. Las encuestas del día del voto muestran como preocupaciones principales de los ciudadanos, la situación económica y el costo de los combustibles, atribuido a la guerra que ha cerrado el estrecho de Ormúz. Inflación e Irán son las palabras más pronunciadas en las encuestas de boca de urna. E incluso sus seguidores señalan que no quiso o nunca pretendió sostener los compromisos que había asumido durante su campaña, ni respetar las voluntades y tradiciones de las fuerzas que lo habían acompañado. Sus dos principales promesas fueron el fortalecimiento de la economía y el no llevar a Estados Unidos a guerras inútiles y lejanas de sus fronteras. Alteró la política tradicional de libre comercio de su país, buscando reemplazarla con un sistema de aranceles ligado a un nuevo mercantilismo. Lejos de aumentar la producción, los aranceles encarecieron los productos, y los costos de eso provocaron inflación, pagados por los ciudadanos. Aseguró que las guerras de Gaza y Ucrania concluirían en pocos días y creó una nueva guerra con Irán.

Estas tres guerras siguen su marcha y se van extendiendo. Los miembros del MAGA y también los republicanos en general, siempre han sido más reacios a involucrarse en conflictos externos, más aún cuando ellos tienen lugar en tierras lejanas y no amenazan directamente la seguridad de Estados Unidos. Todos estos grupos confiaban en la noción de que la campaña era de un tono nacionalista. Naturalmente el MAGA (“Make America Great Again”) no se ha visto durante esta campaña.

Pero hay otro ángulo que influyó también en los electores. Las encuestas señalan que el voto contra Trump fue primero producto de la inflación y la guerra innecesaria, pero además muestran la preocupación de muchos ciudadanos por el estado de la democracia. Es notable de qué manera, junto de los problemas más inmediatos, la preocupación de los ciudadanos por el estado de la democracia se hace presente. Los rasgos de autoritarismo, los intentos de manipulación de la justicia, la acción del ICE, el desprecio por los derechos humanos, también pesaron a un Presidente que no parece interesarse por la salud de la democracia. Al contrario, Trump fue visto por muchos presionando a los Tribunales y a la propia Corte Suprema para obtener decisiones que acrecentaran su poder.

Es importante agregar aquí la política migratoria, que no sólo se refiere a la represión contra los inmigrantes ilegales y la violencia manifiesta contra ellos. También está presente la noción de Estados Unidos como “Nación de Inmigrantes”. Ronald Reagan lo dijo mejor, en su discurso de despedida:  “Puedes ir a vivir a Francia, pero no puedes convertirte en francés. Puedes ir a vivir a Alemania, a Turquía o a Japón, pero no puedes convertirte en alemán, en turco o en japonés. Pero cualquiera, desde cualquier rincón de la Tierra, puede venir a vivir a América y convertirse en estadounidense”.

Es indudable que la caída brusca del voto latino en favor de los republicanos tiene que ver con la obsesión del Presidente en contra de los inmigrantes y el desprecio con que sus agentes han actuado ante ellos. La población de origen latino en Estados Unidos ya ha llegado a setenta millones, una fuerza política que no se puede ignorar; y le dio la espalda al Presidente no sólo por temor, sino rechazando la idea explicita del Presidente de que el inmigrante, aunque sea legal, es un personaje de segunda categoría.

Aunque el Presidente Trump pretenda ignorarlo, la derrota del 3 de noviembre ha causado perplejidad acerca de la posición de Estados Unidos en el sistema internacional. Hemos dicho otras veces que su práctica respecto de otros países del mundo es de “supremacía”, más que de “hegemonía”. La gran potencia que salió victoriosa de la Guerra Fría, ha asumido posturas defensivas con respecto al sistema que ella misma creó. En el dilema que alguna vez propuso Stanley Hoffman, entre Orden Mundial o Supremacía, ha optado claramente en favor de la supremacía.

El recurso de la supremacía no es la negociación, sino la imposición, lo cual exige una fuerza creíble. Hoy la mayor parte de los gobiernos tienen claro que Trump no tiene mayoría en su propio país y esa percepción, en sí misma, ya lo debilita.

No es claro, además, si la nueva mayoría opositora intentará actuar en contra del Presidente en el momento de debilidad. Las palabras pronunciadas la noche del martes por el diputado Hakeem Jeffries, quien se perfila como el nuevo líder de la mayoría en la Cámara de Representantes, anunciando acciones legales para destapar muchos de los escándalos de la administración, hacían pensar que Trump se verá acosado y deberá defenderse. Pero al día siguiente Jeffries cambió el tono y aclaró que la nueva mayoría no quiere revanchas, ni igualarse con la agresividad de Trump. “La palabra juicio (impeachment) no está en nuestras intenciones”, señaló, con un tono conciliador. Pero los escándalos no tardarán en llegar, junto con proyectos de ley negativos a los fines de Trump, quien siempre ha mostrado un afán más de confrontación que de conciliación y anunció, usando una gorra que dice “veto” su disposición a resistir. A pesar de las buenas intenciones, los conflictos que pueden ser promovidos desde las Comisiones de la Cámara, todas en manos de demócratas, distraerán al Presidente y sus adversarios, haciendo difícil la acción del gobierno y podrían derivar, muy probablemente, en investigaciones y acusaciones formales. El riesgo de un gobierno acosado y con un Congreso hostil puede llevar a Trump a volcarse más directamente a la acción exterior. La relación con China y la presencia general en el Pacífico está en una condición de status quo. No parece tampoco muy posible que un Presidente debilitado pueda actuar sobre situaciones como Palestina o Ucrania con más posibilidad de éxito que las que tuvo en estos años.

Parece más bien, a partir de una declaración de estos días, que Donald Trump tendría la intención de replegarse en los asuntos que tienen que ve con el Medio Oriente. Los países del Golfo parecen ansiosos de buscar una solución a la presencia de Estados Unidos en la zona. A pesar de continuas amenazas dirigidas a Irán, no parece posible retomar la ofensiva y para un recrudecimiento de la guerra seguramente no habría apoyo interno.

En la noche de su segunda inauguración, un Donald Trump victorioso se refirió despectivamente a América Latina, al decir: “América Latina no nos interesa. Nosotros les interesamos a ellos”. Esta percepción sigue siendo real para Trump, pero ahora, dotado de su nueva Doctrina “Donroe”, tiene la opción de usar a América Latina como un distractivo interesante. Para ello tiene algunas ventajas, alcanzadas ya en Venezuela, donde se ha mantenido el gobierno anterior, se opera libremente en el Caribe y se han adquirido enormes beneficios con los acuerdos sobre el petróleo (el propio Trump ha rechazado las criticas por los grandes gastos de la guerra en Irán, diciendo que ha obtenido una ganancia mucho mayor con el petróleo venezolano).

La adhesión de un buen número de países latinoamericanos al “Escudo de las Américas”, proyecto promovido por el Secretario de Estado Marco Rubio, no es solamente un acuerdo para combatir el narcotráfico y el crimen organizado, sino que también apunta a otras áreas en materia comercial y de cooperación política, recuperando incluso el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) sepultado desde el fin de la Guerra Fría. El Escudo no tiene, ni tendrá, el apoyo de todos los países de la región y especialmente de los gobiernos de Brasil y México, lo cual debilita las posibilidades de uso del instrumento, salvo para obtener ventajas económicas bilaterales con otros firmantes y limitar el acceso de China a una región que el propio Rubio ha llamado “nuestro hemisferio”.

Sin embargo, no puede descartarse la posibilidad de que Trump, usando el Escudo, intente hacer efectivas acciones dirigidas a la erradicación del narcotráfico en la región, como tampoco la posibilidad de que la gravísima situación generada en Cuba, como producto del bloqueo, permita la salida negociada que Estados Unidos quiere alcanzar. Una operación militar similar a la de Venezuela provocaría una mayor resistencia, que Estados Unidos no puede permitirse al lado de sus fronteras.

Las decisiones acerca de la política exterior no demorarán mucho tiempo. Dentro de poco se entablará la contienda para la elección presidencial de 2028. En ella seguramente participarán el Vicepresidente Vance, quien se ha apresurado en separarse de Trump, culpando a la guerra contra Irán por el desastre electoral; y también Marco Rubio quien buscará reconstruir la política exterior, a partir de una región que a Trump nunca le interesó.

Ex Canciller y Ex Secretario General de OEA

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