Carolina Tohá escribió en El Mercurio esta semana que la primera tarea después de la abultada derrota electoral de la izquierda será “entender la razón del retroceso de estos años y el punto de partida para poder reconstruir lo que vendrá”.
Auguro que será un ejercicio arduo y desgarrador.
Como es que el progresismo y la izquierda se propusieron refundar el país más próspero y el de mayor desarrollo humano en América Latina; como es que se quiso erradicar de raíz el reformismo (la “cocina” le llamaron despectivamente), inherente al proceso de modernización capitalista más exitoso de la región, para reemplazarlo por un diseño institucional abiertamente rupturista; como es que la centralidad del crecimiento económico fue de pronto desplazada, y se impuso la noción del decrecimiento; como es que se toleró la violencia desatada, creyendo que se trataba de la inevitable acción de la partera de la historia; cómo es que se creyó, sin ningún fundamento, que las bajas pensiones se debían al “robo legalizado de las AFP” y que, en consecuencia, había que deshacerse sin más de ellas; como es que se tildó a las empresas de meras organizaciones extractivistas de recursos naturales (como si solo fuera cosa de capturar toneladas de salmones en las aguas del sur o de extraer cobre como quién recoge las piedras): todo ello no resulta fácil de explicar, sobre todo de parte de una nueva izquierda liderada por algunos de los jóvenes mejor educados en la historia del país, hijos predilectos -eso creíamos- de la sociedad del conocimiento.
Son demasiados errores y equívocos –“tonterías” le ha llamado compasivamente el rector Carlos Peña-, que en no pocos casos se originaron en “una mirada de país errada” al decir de Camilo Escalona, que terminaron por configurar una derrota histórica que ha dejado a la izquierda en una posición política desmedrada como la que nunca tuvo desde la recuperación de la democracia en 1990, vaciada de un relato consistente con las urgencias de la sociedad chilena y carente de una propuesta política creíble.
Cómo fue que el progresismo identificado con la Concertación -últimamente fue necesario denominarlo “Socialismo Democrático” para evitar confusiones- hizo migas con la izquierda radical que propugnaba la refundación del país es una interrogante que no tiene todavía una respuesta congruente. Pero la lección para la centroizquierda no debiera dejar margen a la duda: cuando se abrazan ideas de esa índole y se cometen errores históricos de semejante calado el fracaso político es su consecuencia previsible, una derrota electoral “gigantesca” (Peña dixit) que ya acumula dos episodios, el de septiembre de 2022 y el del domingo reciente, y que arriesga a convertirse para sus líderes en una larga travesía por el desierto.

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Excelente!!