Hay semanas en que la realidad se muestra descarnada. El lunes 14 de septiembre, mientras figuras centrales de la inteligencia artificial pedían desacelerar su desarrollo, el Presidente Donald Trump escribió que el único control que necesita la IA es un presidente fuerte e inteligente, de alto coeficiente intelectual, y que Estados Unidos lo tiene de sobra. Es el mismo presidente que ha afirmado haber puesto fin a ocho guerras. En Rusia, Vladimir Putin sigue empeñado en una guerra cuyo costo humano no deja de crecer. Cabe preguntarse cuánto pesa, en ambos casos, el temor a aparecer como perdedores.
Son todopoderosos frágiles. Su fragilidad aparece cuando el poder que ejercen no va acompañado de la capacidad de reconocer límites, admitir errores y corregir el rumbo. Entonces dañan al resto, porque las consecuencias de su obstinación las pagan otros.
El egocéntrico tiene dificultades para ponerse en el lugar del otro. Quien se siente moralmente superior tiende a creer que su visión del mundo es la única correcta. Cuando estos rasgos dominan el ejercicio del poder, el error y la duda se convierten en amenazas a la propia imagen. Quien no puede dudar no puede aprender, y quien no puede equivocarse en público termina equivocándose una y otra vez, con un costo que pagan otros.
Las guerras muestran ese costo. La guerra contra Irán, iniciada el 28 de febrero, se ha prolongado durante meses. Estados Unidos no ha logrado impedir las restricciones iraníes a la navegación por el estrecho de Ormuz. En Ucrania, el Instituto para el Estudio de la Guerra calculó que, si Rusia mantuviera su ritmo de avance de agosto, necesitaría hasta 2032 para ocupar el resto de la región de Donetsk. El propio instituto advierte que eso no significa que pueda conseguirlo.
¿Quiénes pierden estas guerras? Podemos reconocerlos fácilmente: las familias que entierran a sus hijos, los desplazados, quienes perdieron su casa y su trabajo. La obcecación de algunos llega a límites que dañan no solo a sus propios países, sino al resto del mundo. Las restricciones a los embarques de petróleo por Ormuz repercuten en los precios de los combustibles, también en Chile.
Con la inteligencia artificial aparece otra prueba de los límites del poder. El 12 de septiembre, Dario Amodei, de Anthropic, pidió desacelerar el desarrollo de los modelos más avanzados para dar más tiempo a la seguridad, la evaluación y la supervisión. Sam Altman y Elon Musk también expresaron respaldo a esa preocupación.
Puede haber cálculo de mercado, y corresponde examinarlo. Pero reconocer riesgos merece atención, especialmente cuando lo hacen quienes desarrollan esta tecnología. La duda, en este caso, no es el problema: es el comienzo de una responsabilidad. Lo preocupante es enfrentar esa incertidumbre con la certeza de un presidente que cree que basta con su coeficiente intelectual. Mientras tanto, el mundo sigue en vilo.
Entre la Edad Media y el Renacimiento encontramos a Nicolás de Cusa. Desde la reflexión filosófica, cuestionó que la Tierra estuviera inmóvil en el centro del universo e imaginó la posibilidad de otros mundos habitados. Aproximadamente un siglo después de su obra sobre la docta ignorancia, Copérnico publicó su célebre sistema heliocéntrico. La Tierra dejó de ocupar el lugar central que se le había atribuido.
Fue una lección de humildad. El político egocéntrico, en cambio, sigue viviendo antes de Copérnico, convencido de que todo gira a su alrededor. ¿Y hoy qué lugar le damos a la IA, cuando la dignidad y el bienestar de las personas deben orientar su desarrollo?
Pueden existir muchos avances científicos y tecnológicos. ¿Y el sentir y el amor? Una conversación con un bot puede imitar cercanía, pero no equivale al vínculo con una persona que comparte una vida, asume responsabilidades y acompaña.
Esa diferencia importa porque algunos jóvenes recurren a la IA como compañía. Según una encuesta de Kaspersky, el 22% de los integrantes de la Generación Z consultados en Brasil, México y Colombia afirma utilizarla como una amiga, para conversar o buscar apoyo emocional. El dato invita a preguntarse por el lugar que están ocupando estas herramientas en sus vidas. Es la soledad de las redes, la de miles de seguidores y ningún abrazo.
La salud mental juvenil merece atención por sí misma. Un análisis de registros del DEIS publicado por Convivo informó un aumento del 68% en los suicidios de mujeres de 15 a 19 años entre 2021 y 2022. Esa cifra no demuestra una relación con el uso de inteligencia artificial. Sí recuerda la urgencia de escuchar y acompañar. Detrás de cada cifra hay una familia y un silencio.
¿Qué exige, entonces, actuar humanamente, en términos éticos? La autonomía y la conciencia permiten deliberar y elegir, sin limitarse a obedecer. La anticipación obliga a considerar las consecuencias de los actos. El juicio permite ponderar qué es justo o injusto más allá de la tribu. Y la promesa expresa esa facultad extraordinaria de obligarse y comprometerse con el porvenir.
Hannah Arendt encontraba en la promesa y el perdón respuestas a la incertidumbre y a la irreversibilidad de la acción humana. Prometer crea compromisos frente a un futuro que nadie controla por completo. Perdonar permite enfrentar un pasado que no puede deshacerse.
Un algoritmo puede producir respuestas y calcular resultados posibles. Eso no equivale a asumir responsabilidad moral por ellos. Paradójicamente, esa responsabilidad también se debilita en el político que solo se mira a sí mismo. No delibera, reacciona. No anticipa, improvisa. No juzga más allá de su tribu. Y promete, aunque no sepa cómo cumplir.
Los límites del poder no son una cuestión distante, reservada a las guerras o a los enigmas de la inteligencia artificial. Las personas los experimentan frente a una clase política ausente de sus problemas, ya sea porque se aferra a sus convicciones y no cede, o porque solo se mira a sí misma.
A mi juicio, esa distancia estuvo presente en la apuesta refundacional de Boric y el Frente Amplio, expresada en su respaldo a la propuesta constitucional de 2022. El 4 de septiembre, casi un 62% de los votos válidamente emitidos rechazó ese texto. Mientras la política discutía el país ideal, la gente seguía esperando soluciones para el país real.
¿De dónde viene esa ceguera? Puede venir de la ignorancia, de la incapacidad de escuchar o de creer que solo uno puede hacer las cosas bien. Frente a esa ignorancia que no sabe de sí misma, Cusa proponía la docta ignorancia: la sabiduría de reconocer cuánto ignoramos.
Las necesidades de las personas son difíciles de resolver en cuatro años. Por eso se debe gobernar más allá del horizonte electoral del período presidencial. Mucho más allá. Hace falta continuidad, capacidad de acuerdo y disposición a corregir.
El analista argentino Carlos Pagni escribió el 15 de septiembre en La Nación que “cuando se está en el gobierno, la campaña se hace a través de la gestión”. Un gobierno difícilmente puede comunicar algo distinto de lo que expresan sus medidas, menos aún en materia económica.
A seis meses de asumir, el Presidente Kast tiene un 34% de aprobación según la encuesta Cadem publicada el 13 de septiembre, y un 62% considera que su gobierno ha sido peor de lo esperado. El error más mencionado es haber traspasado a los consumidores el alza de los combustibles. Un 25% señala que generó demasiadas expectativas difíciles de cumplir.
La promesa, otra vez. Las decisiones tomadas lejos de Chile terminan repercutiendo en una bomba de bencina en Rancagua o en Temuco. Pero la manera de enfrentar sus efectos también compromete a quienes gobiernan aquí. Las personas esperan que la política mejore su calidad de vida. Van varias desilusiones en los últimos años.
Hoy, a mi juicio, el principal adversario del Presidente Kast está en su propia administración y en sus propios errores. Debe enmendarlos con quienes lo acompañan y ampliar su equipo y sus apoyos donde sea necesario. Eso requiere disposición a escuchar y capacidad de decir: me equivoqué. Reconocer errores permite corregirlos y es, antes que nada, un acto profundamente humano.
Este 18 de septiembre, en el Te Deum Ecuménico y ante el residente, el cardenal Fernando Chomali recordó a los millones de chilenos y migrantes que cada mañana van a trabajar después de dejar a sus hijos en el colegio. Habló también de los vecinos de comunas devastadas por incendios y temporales, que comparten la olla común y se acompañan en medio de la dificultad.
“Ahí está el alma de Chile que construye”, dijo. Pidió gestionar la inteligencia artificial en beneficio del bien común e impedir su dominio sobre lo humano. Y recordó que estos tiempos exigen superar los proyectos personales, los ajustes de cuentas, las superficialidades y las frivolidades.
Después de estas Fiestas Patrias, concentremos nuestros esfuerzos en sacar adelante a nuestro país. El alma del chileno es luchadora y capaz de superar dificultades. No necesita todopoderosos. Necesita de políticos que sepan dudar, escuchar, comunicar y cumplir lo que prometen.

Muy de acuerdo Iris …. Espero que la arrogancia con que se partió vaya mutando a lo que dices, que al final de cuentas en lo que el país ha demostrado quiere …