Escribo esta columna desde la biblioteca de Balliol College, en Oxford. Tiene techos de catedral, vitrales y libros por todos lados. Aquí mismo, hace poco más de 170 años, Benjamin Jowett diseñó los exámenes que a partir de 1855 seleccionarían a los funcionarios que gobernarían la India británica. Fue la primera vez que Inglaterra reemplazó el patrocinio por el mérito para repartir cargos públicos. Hasta entonces, el puesto dependía de a quién conocías. Desde entonces, de cómo te iba en una prueba.

Ese cambio marca el nacimiento de la meritocracia en Occidente, aunque el término llegaría un siglo después. Michael Young lo acuñó en 1958 en una novela satírica, justamente para criticar lo que esa transición había inaugurado. Pero conviene detenerse en lo que hacía la prueba de Jowett, porque es lo que hoy se nos olvida. Medía personas, una por una, para repartir oportunidades. Nadie discute hoy el mérito como principio de asignación. Lo que discutimos, una y otra vez, es el instrumento.

Desde entonces las pruebas se volvieron inseparables de los sistemas educativos, y en el camino acumularon funciones. Patricia Broadfoot, en Evaluación, Escuelas y Sociedad (1979), las ordenó en cuatro propósitos: certificar competencias, regular la competencia entre quienes aspiran a lo mismo, definir qué contenidos vale la pena enseñar y controlar el funcionamiento del sistema. Toda prueba cumple varias a la vez. La pregunta relevante no es si una prueba es buena o mala, sino cómo funciona cada uno de esos propósitos en la práctica.

En Chile tenemos el Simce, que se aplica en cuarto, sexto y octavo básico, y en segundo medio. A diferencia de la Paes, no fue diseñado para medir estudiantes sino colegios. Lo máximo que permite desagregar con validez estadística es el curso, nunca el alumno. Detrás había una teoría explícita. Los colegios competirían por resultados, las familias elegirían los mejores, los peores desaparecerían y la calidad promedio subiría. Casi cuarenta años después, sabemos que eso no ocurrió.

La lógica de mercado funciona bien en casi todos los mercados, pero no en educación. Donde hay externalidades positivas fuertes y el Estado debe entrar como proveedor directo para garantizar la oferta, la competencia no produce lo que promete. Un colegio al que le va mal no es un almacén de barrio al que le va mal. El almacén cierra y abre otro que funciona mejor, o la demanda se la lleva el almacén de al lado. El colegio, en cambio, no cierra. Y si se asume el costo político de cerrarlo, lo que abre después tiene otro nombre pero los mismos profesores y los mismos estudiantes.

Mirado con el marco de Broadfoot, el diagnóstico es claro. El Simce certifica competencias, pero del establecimiento y no de los estudiantes. Regula una competencia entre colegios que nunca funcionó como se esperaba. Define contenido, porque está alineado al currículum. Y por sobre todo busca controlar, mediante reputación, matrícula y asignación de recursos. De los cuatro propósitos, el que sostiene hoy al Simce es el control, mientras la certificación y la competencia descansan en una estrategia que hace décadas demostró ser errada.

Si sabemos que el sistema de incentivos no funcionó, ¿por qué no lo cambiamos? Mi impresión es que el tema es demasiado caliente y nadie quiere tocarlo. A los expertos de izquierda les gustaría eliminar el Simce y reemplazarlo por evaluaciones muestrales. Los de derecha saben que no funcionó como se prometía, pero temen que eliminarlo deje al Estado gastando una enormidad de recursos sin obligación de rendir cuentas. Los temores son razonables. Todo junto produce la parálisis que nos tiene estancados en educación.

Este último mes vi a expertos de todos los sectores analizar los resultados de Pisa 2025 sin cuestionar la prueba misma. Nadie pidió dejar de medirnos. Lo que se discutió fue qué hacer con lo que mostró. Esa es exactamente la conversación que nos debemos sobre el Simce. La derecha tendría que aceptar que la lógica de mercado no funcionó. Y la izquierda, que medir las competencias importa. Jowett diseñó una prueba que abrió la puerta a la meritocracia. No seamos nosotros quienes la cerremos.

Master en Políticas Públicas, National University of Singapore

Participa en la conversación

1 Comment

Deja un comentario
Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.