En este último par de años, he vuelto a recordar, de manera más o menos recurrente, una ya legendaria película cubana: “Memorias del subdesarrollo”, de Tomás Gutiérrez Alea. Estrenada en 1968, tiene mucho del neo-realismo italiano y de la nueva ola francesa, sin perder por eso su incuestionable singularidad latinoamericana. Basada en el libro homónimo de Edmundo Desnoes, nos muestra una Habana en blanco y negro, a pocos años del triunfo de la revolución, cuando todavía era una ciudad bonita y relativamente bien cuidada. La historia gira en torno a Sergio Carmona, un cubano de clase alta que decide quedarse en su país, cuando sus familiares y amigos comienzan a exiliarse a EE.UU. Carmona tiene algo de Mersault, el indolente protagonista de “El extranjero” de Albert Camus. Sin embargo, es más que eso: tiene su propia historia, que lo ha llevado hasta donde lo encontramos a inicios del filme, la cual se entrelaza con la de Cuba.

A través del monólogo central del protagonista, interrumpido por breves diálogos que se suceden en sus largas caminatas por La Habana, vamos conociendo ambas. Carmona pertenece a un mundo que desaparece, asediado por el marxismo que se cuela por todos los rincones de su país. Es algo que no lamenta. Como él mismo nos explica, despidiendo a uno de sus amigos en el aeropuerto: “Yo era como él antes. Es posible. La revolución, aunque me destruya, es mi venganza contra la estúpida burguesía cubana”. Y agrega: “Es bueno verlos partir. Como si me los sacara de adentro”.

Una película crítica y compleja como esta, proveniente de la Cuba castrista, sorprende. Pero no a los cinéfilos que conocen la historia del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos. El célebre ICAIC fue creado el mismo año que triunfaron los de verde olivo, como un instrumento de comunicación destinado a movilizar y educar al pueblo, por medio de la producción de películas que interpelen al espectador a participar activamente en estas, reflexionando sobre su realidad. Con el tiempo, el ICAIC pasó a ser un anacronismo en una revolución que rápidamente se volvió totalitaria; una reminiscencia del romanticismo que alguna vez la rodeo. Así y todo, el ICAIC transformó al cine en una tradición cubana que ha dado frutos impresionantes. Uno de estos, quizá el más conspicuo, es “Memorias del subdesarrollo”.

Supe de su existencia hace casi un cuarto de siglo. Llegué a esta película como alumno del Instituto de Estética de la UC. No era fácil acceder al cine latinoamericano por esos años. Buscando y rebuscando en la bien provista biblioteca de mi universidad, junto a entusiastas compañeros, dimos con esta y otras joyas cinematográficas. Mi primera aproximación al inolvidable filme de Gutiérrez Alea se produjo en plena transición chilena a la democracia. El mundo polarizado y decadente que esta me mostró me pareció, por ese entonces, lejano. El único punto de comparación que tenía eran los ideologizados años de fines de los ’60 y comienzos de los ’70 en Chile, los cuales solo conocía por múltiples lecturas y conversaciones con personas que vivieron esa vertiginosa época, desde las más diversas trincheras.

Viendo esta película como estudiante universitario, agradecí no haber tenido que experimentar las divisiones irreconciliables entre familiares, amigos y conocidos que la Guerra Fría provocó en nuestro país, en su momento más álgido. Jamás podría haber imaginado en aquel tiempo que, un par de décadas más tarde, encontraría “Memorias del subdesarrollo” más vigente que nunca. ¿Por qué digo esto? No es por un solo motivo. Esta es una de esas películas que quedan resonando en el auditor atento, a distintos niveles, y por mucho tiempo. Motivos hay varios, pero quisiera detenerme en un par de pensamientos que Carmona nos comparte en el filme, y que caen pesados como lozas en nosotros, los latinoamericanos.

Como señala el protagonista, una de las señales del subdesarrollo es la incapacidad de relacionar las cosas, de acumular experiencias. Por eso, concluye respecto de sus coterráneos: “Todo el talento del cubano se gasta en adaptarse al momento. La gente no es consistente. Y siempre necesita que alguien piense por ellos”. Más adelante, vuelve sobre el mismo tema y se pregunta: “¿Cómo se sale del subdesarrollo? Cada día creo que es más difícil. Lo marca todo, todo. Y tú, ¿qué haces aquí abajo Sergio? ¿Qué significa todo esto? Tú no tienes nada que ver con esa gente. Estás solo. En el subdesarrollo nada tiene continuidad, todo se olvida. La gente no es consecuente. Pero tú recuerdas muchas cosas. Recuerdas demasiado”.

En busca de estas cavilaciones y otras, regresé a “Memorias del subdesarrollo”; esta vez en una versión remasterizada, disponible en YouTube para todo aquel que quiera dejar por un rato de lado rato el cine hiperactivo, y nada original, que hoy nos asedia. El guión, las tomas y la fotografía me envolvieron, como cuando la viera en los ‘90. Esta película es una verdadera muñeca rusa, que sigue regalando un significado tras otro, a medida que avanzan los minutos. No obstante, la realidad que muestran Gutiérrez Alea y Desnoes me pareció mucho más cercana esta vez. Inesperada y tristemente, el Santiago de esta década ha empezado a parecerse a La Habana de medio siglo atrás.

Al comienzo de “Memorias del subdesarrollo”, Carmona discurre en su departamento del Vedado: “Todo sigue igual. Aquí todo sigue igual. Así de pronto [La Habana] parece una escenografía, una ciudad de cartón […] ¿Quién iba a sospechar todo esto? […] Sin embargo, todo parece hoy tan distinto. ¿He cambiado yo o ha cambiado la ciudad?”. Es lo que yo me cuestiono, a inicios del 2022. Tal vez, más de alguno de ustedes se estarán preguntando lo mismo.

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.