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El voto obligatorio reordena el escenario

La reincorporación del voto obligatorio ha significado la irrupción de la mayoría ciudadana en la decisión política, resultando determinante en las urnas. Ha producido no poco desconcierto porque su reaparición trastoca la lógica clientelista, propia de las definiciones adoptadas en un universo electoral más acotado.

Es necesario persistir en el llamado a la participación ciudadana amplia en las urnas, no porque le esté volviendo la vida más fácil a ningún sector político. Es el estímulo más grande que se puede tener para que disminuya la distancia entre la política de los partidos y las preocupaciones del ciudadano común.

El mayor peligro para la democracia chilena no está en que nos sorprenda el electorado con sus nuevas mayorías, sino en que a la ciudadanía le llegue a ser por completo indiferente lo que ocurra o deje de ocurrir con la política oficial.

Hemos llegado a un punto tan peligroso para nuestras instituciones democráticas que, de aumentar un poco más la distancia provocada por desprestigio, irrelevancia y aislamiento de los actores públicos, sólo nos daremos cuenta de lo que podemos perder cuando sea irreparable y las reglas las fijen los populistas de algún tipo.

Es improbable que el electorado esté siendo incoherente, más bien pareciera que el tipo de coherencia que resulta del agrado de la mayoría es una que no le está siendo ofrecida hasta ahora por ningún actor colectivo.

Se pueden sacar algunas conclusiones de la elección pasada. Se esperaba un aumento histórico de nulos y blancos que no se produjo. Se anticipaba un predominio de republicanos en la derecha y del Frente Amplio (FA) que tampoco ocurrió. RN es el partido más grande y Chile Vamos supera al partido de Kast de manera inapelable. El Socialismo Democrático, atomizado en varios partidos, es más que el FA. La oposición se recuperó de su anterior mal resultado, pero no en su versión más polarizada. ¿Qué significa esto? ¿Qué hay detrás del nuevo escenario?

La centroderecha estrena su hegemonía

En el escenario que se inaugura los ciudadanos menos politizados definen elecciones; fueron premiados los liderazgos moderados; los electores se desmarcaron de la costumbre de votar en bloque; son consideradas faltas graves la ofensa de los electores propios y se penaliza que buenos candidatos tengan lo que se considera mala compañía porque les resta apoyo.

La derecha tuvo un triunfo importante porque sus candidatos especializados en conquistar electores más allá de sus fronteras tuvieron éxito, como Mario Desbordes en Santiago. El equivalente en la centroizquierda, Claudio Orrego en gobernadores, tuvo una merma de apoyo por su asociación con la alcaldesa de Santiago, Irací Hassler, que tenía una gestión cuestionada, algo que no lo afectará ahora.

Contra todos los pronósticos, el comportamiento de una candidata considerada segura por Las Condes, Marcela Cubillos, tuvo que ceder la alcaldía ante otra opción de derecha por la reprobación hecha de su sueldo inexplicable en la Universidad San Sebastián, lo que fue repudiado en su propio sector y agregó apoyo de electores oficialistas a la otra candidata de la oposición que podía ganar.

Es decir, ganaron líderes moderados, siempre que fueron de la mano del comportamiento personal del líder y una compañía política adecuada. La honestidad del candidato sólo fue valorada cuando iba acompañada con garantías de efectividad en la acción.

Las elecciones de gobernadores de segunda vuelta, la próxima semana, ratificarán estas tendencias. La oposición sumará más victorias que el oficialismo, pero la retención de la Región Metropolitana, otras victorias laterales y el buen resultado garantizado en Antofagasta harán la vida soportable para el gobierno.

Ahora importa saber si la oposición aprovechará la ventaja que ha ganado. La inercia no basta, tiene que seguir sumando méritos. Como dice Evelyn Matthei: “Los que están divididos finalmente no gobiernan”, pero también es cierto que únicamente congregando a los propios tampoco se consigue gobernabilidad, porque ningún sector por sí solo tiene mayoría suficiente, ni tiene tantas coincidencias de propósitos como para conseguir respaldo el que necesita.

Sólo el entendimiento de los moderados de ambos sectores del espectro permite superar la baja calidad de la política a la que nos hemos acostumbrado, pero no es seguro que la candidata de Chile Vamos tenga ese mismo convencimiento.

Sin árbitro a la vista

En el oficialismo es más fácil orientarse por lo que no pasará que por aquello que está resuelto. El gobierno ya no despierta ilusiones, pero su electorado le sigue siendo fiel en las buenas y en las malas. Resiste, pero no gana.

Si pudiera decirse qué es lo que el electorado prefiere sería algo así como un sector moderado muy eficiente, centrado en sus necesidades y que tenga mano dura con la delincuencia. Pero si no encuentra todas estas características reunidas, lo más probable es que se decante por la mano dura a secas.

Más que el deseo de polarizarse, lo que hay son las opciones que se toman en momento de angustia y de extrema necesidad. El oficialismo no parece, por ahora, capaz de encarnar estas distintas facetas. Tampoco parece que se le pueda dar conducción unitaria a algo que nunca llegó a ser una coalición y que, por lo tanto, no tiene jefatura que merezca tal nombre.

Si existiera conducción política, se hubiera expresado en las elecciones recientes. Pero el desnivel es manifiesto. Mientras la oposición cuenta con candidata, coalición efectiva, estrategia en curso y busca ahora concretar un programa de gobierno, el oficialismo no ha logrado ninguno de estas condiciones de triunfo.

La Moneda parece encarnar un ciclo corto que empieza y termina en este mismo gobierno. Los problemas que encontró se parecen bastante a los problemas que siguen vigentes.

Ya sea consensuando o dirimiendo tiene que haber una línea política que defina una mayoría que se construya ahora. La primaria tendrá que resolver todos los aspectos pendientes para ponerla al día y poder competir con posibilidades de triunfo.

El gobierno tendrá que centrarse en responder por cuatro años que terminan, los partidos que participen de la primaria tendrán que enfocarse en ofrecer conducción para los cuatro años que empiezan. El primero está en el punto de llegada y los segundos en el punto de partida. Cada cual tiene que cumplir su propio rol.

La gobernabilidad gana terreno si, por conveniencia, los moderados del oficialismo y de la oposición consiguen ahora identificar una mixtura de propósitos y empiezan a concertar acuerdos. Cada uno tendrá que controlar a sus intransigentes. Es lo que permite tener un horizonte de largo plazo y ese es el mejor futuro posible para Chile.

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