AGENCIAUNO

Con el final de Maduro y el colapso de la revolución cubana, el año 2026 se presenta muy auspicioso. Terminará siendo una fecha histórica, con debates tumultuosos y airados. Se abrirán nuevas y profundas dudas políticas. Surgirán nuevos escepticismos con inquietudes del más variado tipo. Los temas serán el devenir de la región, los asuntos interamericanos y, muy especialmente, las acciones híbridas que lograron acabar con esos dos experimentos percibidos hasta ahora como inextinguibles. Final wagneriano de un ciclo que parecía eterno.

2026 será recordado como el año en que esta región subió a los grandes escenarios de la política mundial. Es la fecha en que se ha apagado definitivamente la luz en Cuba; un hito histórico, con enorme fuerza simbólica. Y es el año de la gran conmoción; especialmente entre quienes aplaudían aquellos experimentos. Una simpatía, por cierto, inconcebible. Y es que, pese a lo conocido (que es sólo una molécula), aún deambulan por universidades, por los laberintos de la política y los medios de comunicación adoradores de estos proyectos del “buen salvaje”. 2026 servirá para comprobar que todo tiene su final, su epílogo.

La región se adentra ahora por caminos pedregosos. Paralelo al eclipse de estos experimentos se empieza a disipar una narrativa que persistió por décadas e irán apareciendo otras. Nuevas y distintas. Son tránsitos complejos, pero también inevitables. Cada ciclo crea sus propias narrativas y debe hacerlo sobre las cenizas del anterior. Es el único camino conocido para alcanzar legitimidad.

Se trata de uno de aquellos procesos bi-direccionales que están llamando la atención de Elon Musk. Esos que se producen justo cuando el repliegue final deja todo obsoleto y se abre a la irrupción vigorosa de lo nuevo. La reflexión sobre este proceso permitirá conocer mejor las razones que tuvo Cuba para caer en un hoyo negro durante tanto tiempo. A la vez, facilitará los esfuerzos para disminuir las posibilidades que baños de sangre se apoderen de la isla. El post-comunismo ha demostrado turbulencias no menores.

No debe olvidarse que Cuba está poblado por gente de carácter volcánico, con mucha experiencia en manejo de armas y de guerra, debido a las aventuras de Fidel Castro en diversos conflictos bélicos por todo el mundo durante la Guerra Fría. Un error de cálculo, deslices impensados o simples imprevistos, podría descarrilar cualquier esfuerzo.

Tampoco debe olvidarse que durante estos procesos se suelen abrir deseos de revancha y resarcimiento acelerado. Las experiencias históricas en este aspecto demuestran que los juicios fuera de época, y de circunstancia, al final no restañan heridas ni menos ayudan a cicatrizar el alma de los involucrados.

Tales deseos plantean no pocas veces desafíos muy fuertes. Por eso, las miradas desde Chile son importantes en estos momentos; el país esta iniciando una etapa nueva y pueden flotar retrotopías, como Z. Bauman denomina la tendencia a buscar refugios en nostalgias y en vivencias pasadas. Eso podría afectar nuestra gobernabilidad. El desamparo y la orfandad con frecuencia generan rabias, ofuscaciones y desgarramientos. 

Y, es que, guste o no guste, el experimento de los Castro, y en menor medida el de Chávez/Maduro, conectó fuerte con actores políticos locales. Por décadas alimentó sueños e inspiró proyectos. La desaparición deja dolores. Imposible no recordar la letra y melodía de When you go away, you take a piece of me, tan popular en los años ochenta. 

Dentro del esfuerzo por mantener a raya los posibles intentos incendiarios, una línea atemperada podría configurarse en torno a Alejandro Castro Espín, nieto de Raúl Castro. O bien, de Óscar Pérez-Oliva Fraga, sobrino nieto de los hermanos Castro (de la línea de su hermana mayor Angela Castro), diputado y, con alrededor de 55 años de edad. Ambos tienen trayectoria y prosapia revolucionaria.

Lo positivo es que parecieran estar dispuestos a ayudar en este propósito de evitar descarrilamientos. Quizás uno de ellos descubra lo fascinante del rol de Delcy Rodríguez en la Venezuela post-Maduro. De darse esta posibilidad, estaríamos en presencia de una ligera variación del modelo implantado en Venezuela. Una transición calculada y tutelada desde Washington. 

Por duro que parezca, es una idea plausible para estos tiempos.

Y es que uno de los embrollos cubanos más serios es la dificultad para manejar la contención de una población arisca por razones bastante objetivas. Diversos reportes hablan de la enorme y masiva frustración. Fueron décadas de petrificación del régimen, pese al desastre económico y a la dura represión.

Desde los años ochenta venía incubándose la idea que la revolución se había vuelto inviable. Con el derrumbe de la URSS, Godot pareció estar a la vista. 

Pero no. El régimen logró contener las protestas y entró en una larguísima agonía de la mano de la Venezuela bolivariana. Con la muerte de Fidel Castro y las crecientes manifestaciones juveniles de hace pocos años re-apareció el sentimiento de final de juego.

Pero no. Casi por arte de magia, el régimen sobrevivía a los embates. Los Castro parecían tener firmado un pacto con lo intangible para prolongarse ad infinitum. Por eso, la extracción de Maduro y el bloqueo petrolero de Trump (este sí, bloqueo real) devolvieron las cosas al orden de lo terrenal. Ahora sólo queda concluir los preparativos del viaje postrero.

Al recapitular, sobresale una gran duda. Una de corte muy práctico, pero con una pizca de morbosidad. 

¿Cómo se producirá la hecatombe en términos pedestres? O sea, ¿cuál será el destino físico de tres personajes relevantes, Raúl Castro (si no fallece algunos de estos días producto del paso ineluctable de la biología), del mandatario encargado, Miguel Díaz-Canel y del premier Manuel Marrero? Los tres forman una interrogante emblemática. 

Hay quienes los ven haciéndole compañía al sirio, Bashar al Assad en latitudes frías del planeta. Hay una cierta analogía con él. Assad también sintió en carne propia el significado de caer de improviso en la irrelevancia y perder utilidad para los grandes actores. Vivió un desgaste acelerado y bastante idéntico. Aquel caso invita a pensar que el destino de la troika, aunque sea simbólicamente, debe dejar medianamente conforme al grueso de la población cubana, sin perder de vista que ya no están los tiempos para ajustes de cuenta sangrientos como lo ocurrido con Ceauscescu.

La aparición finalmente de Godot, ha venido a demostrar que a la hora de cerrarle el paso a regímenes comunistas, prima el deseo de recuperar el sentido individual y grupal de libertad.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.