Cuando a la guerra de Ucrania se agrega otra de proporciones en el Medio Oriente, y Chile inicia otro importante proceso de elección de nuevo gobierno -después de largo tiempo de convulsiones y pruebas fallidas- el azar de la vida me sorprende pasando unas semanas en los Balcanes y en particular en Sarajevo. Esta fue la ciudad más golpeada de la anterior guerra en Europa (1992-1998). Fue entre países parecidos a nosotros y la pueden recordar cuando niños hasta los jóvenes del Frente Amplio. Cada vez me convenzo más que para gobernar bien debemos no solo estudiar teorías y políticas, sino empaparnos más de la historia del devenir humano en distintas circunstancias y lugares del mundo.
Esa guerra muestra la destrucción y sufrimiento a que puede llevar la acentuación de las diferencias entre grupos humanos. También la facilidad con que se puede llegar a creer que “el bien” o los objetivos políticos pueden imponerse por la fuerza; es decir, por la violencia. Lo mismo de Maduro en Venezuela, Rusia-Ucrania, Israel-Gaza, ahora Irán, y que tal vez pudo pasarnos y volver a pasar en Chile. Creer que “eso no nos pasaría a nosotros” es una ilusión que ya vivimos en 1973. En los Balcanes no surgió por el capitalismo y sus malestares, sino de un país con 45 años de socialismo.
En esa guerra -o guerras, porque fueron varias- más de cuatro millones de personas vieron sus casas destruidas o fueron expulsadas de ellas, dentro de una población total de aproximadamente 23 millones (casi una de cada cinco personas). Entre 140 y 200 mil murieron, y un número parecido fueron heridos. Todo eso ocurrió básicamente porque personas de determinados lugares – Serbia, Croacia, Bosnia, etc.- y determinadas religiones o culturas – cristianos, musulmanes, judíos – estimaron que estarían mejor expulsando a los otros distintos de ellos por la fuerza. Aunque fueran vecinos del mismo pueblo. Creyeron que ellos tenían derecho a hacerlo. Que probablemente eran superiores en un sentido u otro a los demás. Y en nombre de la libertad, y a veces invocando la democracia por algún plebiscito ganado, eso les daba el derecho a imponerse al otro. Usando la violencia, si no entiende por otros medios, y justificándola con buenas razones.
Sarajevo es una ciudad en que se ve y se siente las consecuencias de esa forma de pensar, que comienza en forma a veces tan inocente en juegos infantiles y enseñanzas escolares. Para un chileno es difícil que no se le gatillen comparaciones. Especialmente para quienes, como en mi caso, me tocó iniciar mi vida como adulto y profesional con el Gobierno de Allende, sufrir el Golpe del 73, pasar los 17 años de dictadura, vivir el sueño realizado de recuperar la democracia sin violencia y ayudar a gestar 30 años de progreso (no sólo económico), para caer en el estallido de 2019 y las confrontaciones posteriores.
Pasar unos días en Sarajevo me conmovió profundamente. Y muy inesperadamente. Sentí una sensación muy profunda de estar situado en una ciudad que es un templo consagrado a la miseria y grandeza de los seres humanos. Así como cuando voy a Punta Arenas siento -tal vez por el tipo de viento, el paisaje o qué sé yo- que “estoy en el fin del mundo”. Tal vez por la hermosura de las montañas que rodean Sarajevo, sus edificios viejos con las visibles cicatrices de balas en los edificios y la gente caminando con tanta normalidad, fue lo que me gatillo ese pensamiento del “templo de la humanidad”; un lugar donde se hace presente esa capacidad del ser humano de actuar con tanta violencia y también capacidad para dejarla atrás. De odiar, rechazar, condenar; y también en muy poco tiempo -menos de diez años- ser capaz de volver a aceptar, integrar y actuar con respeto a los demás. Sí; imposible para mí no pensar también en la capacidad de los humanos de cambiar para bien a partir de su sufrimiento y capacidad de reflexión.
Me hace pensar, además, en todas las condiciones que tenemos en Chile para convivir con paz y respeto. Nuestra relativa homogeneidad étnica, nuestra larga historia de gobiernos democráticos, de ampliación de nuestra democracia, de avances sociales y distributivos y nuestro patrimonio cultural común y diverso desde Mistral a Neruda, y tantos otros. ¡Cuán poco tiempo y espacio damos para ver todo lo positivo que tenemos para poder convivir mejor! En cambio, cuánto énfasis ponemos en nuestras diferencias, divisiones, miedos y resentimientos. Cuánto se los atribuimos a los otros (especialmente a adversarios políticos) pero los negamos en nosotros.
En resumen, exponerme a sentir in situ la experiencia de los países europeos balcánicos (y no sólo estudiarla con la cabeza), me volvió a recordar los peligros que hemos vuelto a tener los chilenos en materia de convivencia social y política. Y comprender más lo que creo que son sus orígenes. Una interpretación de sentirse poseedor de la verdad, de ser superiores y llamado a ser un salvador del mundo y de los más postergados. Y que, siendo un propósito tan noble y altruista, ningún medio puede dejar de usarse para lograr lo planteado, incluyendo la fuerza y la violencia.
Por el contrario, aprender a vernos a nosotros mismos como tan iguales como nuestros adversarios, que nos equivocamos, perseguimos también intereses propios, pero que podemos reflexionar y corregirnos, nos puede hacer más parte de la solución que de los problemas.
Una elección presidencial puede ser una ocasión para reflexionar sobre estas cosas. Y de escoger o pedirle a un nuevo presidente o presidenta que nos conduzca por un camino de encuentro y paz. Empezando por no enfatizar nuestras diferencias sino de nutrir nuestros valores positivos y comunes. No es pura utopía. Bill Clinton tuvo una influencia decisiva en terminar la guerra en Bosnia y Sarajevo, con los Acuerdos de Dayton. Aylwin también la tuvo en reducir nuestras divisiones y confrontaciones. Entonces no es pura utopía, como se comprueba en el progreso actual de los países balcánicos.

Super interesante y loable transmisión de experiencias de vida. Me voy a permitir un aporte, destacando ciertas palabras o adjetivos calificativos, que bien pudieran mejorarse. «Me tocó iniciar mi vida como adulto y profesional con el gobierno de Allende», punto, pero para muchos chilenos, más de la mitad, en ese gobierno se inició la violencia política y se quiso conquistar el poder total. «Sufrir el Golpe», muchos chilenos, más de la mitad no sufrimos con el Golpe, nos alegramos. «Pasar los 17 años de dictadura». Muchos chilenos no sentían vivir rigor de dictadura, muchos chilenos progresamos, muchos recibieron casas y títulos de dominio, por eso la «dictadura» de largos 17 años solo fue derrotada en plebiscito diseñado ex antes, obteniendo un 43% en elección por todos reconocida como limpia y transparente. «Sueño de recuperar la democracia sin violencia y 30 años de desarrollo». Así es, casi así. Para la familia del Senador Guzmán, sus compañeros Udi y del gremialismo no creo que les suene bien. Los 30 gloriosos años, para los jóvenes rebeldes e ineptos del FA, quizás no lo compartan. Y finalmente dice que Clinton tuvo participación decisiva en TERMINAR con esa guerra, guerra que ud mismo dice causó hasta unos 200.000 muertos. Sin embargo, para pdte Alwin, le asigna un rol decisivo para solo humildemente REDUCIR nuestras divisiones, no terminarías. Yo creo que siempre se puede evitar meter el dedo en las llagas del otro, como decía el Padre Huttado, hasta que duela…….
💯 de acuerdo con el comentario de Carlos Souper.
También de acuerdo con el comentario de Carlos Souper.