Pocas veces nos ocurre a los humanos que nos damos cuenta de cuán inconscientes son nuestras reacciones ante algo que ocurre a nuestro alrededor como, por ejemplo, el estallido social de octubre. Cuando algo pasa en nuestro entorno, vemos algo, nos dicen o leemos algo creemos que reaccionamos siempre racionalmente o que hay razones objetivas para reaccionar como lo hacemos.

Esto tiene consecuencias muy profundas sobre la convivencia humana, porque cuando nos comportamos de esta última manera creemos que todos los demás debieran reaccionar igual que uno, porque eso es “lo racional” o “lo que corresponde”. Entonces el otro está equivocado, es un ignorante, actúa de mala fe y debo cambiarlo o eliminarlo. Por el contrario, si nos damos cuenta que nuestras reacciones tienen también importantes componentes inconscientes, apreciamos también que eso tiene que ver con nuestras emociones e historia personal. Tiene que ver con el observador que estoy siendo. Y entonces se abre el espacio para que comprenda que el otro pueda ver las cosas de distinta manera y sea un legítimo observador diferente. Las relaciones con los otros entonces cambiarán.

Sé que lo anterior puede sonar muy abstracto o trivial, pero me parece tan fundamental que me arriesgaré a escribir aquí de mi reacción personal ante una situación aparentemente insignificante, aunque al hacerlo pueda parecer autorreferente, muy personal, o cargado al psicologismo o al subjetivismo. Pero son tiempos para riesgos, como nos enseñó nuestro gran biólogo Humberto Maturana en su brillante conferencia de 1988, en el libro “Emociones y lenguaje en educación y política”, (JC Saez-CED).

Al caso o situación que quiero referirme no es al estallido que conmemoramos este mes, sino a algo que le subyace. Es la reacción mía ante algo escrito por el destacado e influyente economista Sebastián Edwards en su último libro sobre el modelo económico neoliberal en Chile, (The Chile Project: The Story of the Chicago boys and the downfall of neoliberalism”, Princeton U. 2023).

En ese libro sostiene que “las bases del modelo económico que construyeron (los Chicago boys) fueron mantenidos, mejorados y profundizados precisamente por aquellos que habían severamente criticado y ridiculizado sus visiones y propuestas de política económica (los economistas de la Concertación, con Foxley a la cabeza)” (p.18). Y llega más lejos todavía: definiendo al modelo económico de la Concertación como una sub etapa del neoliberalismo en Chile que llama “Inclusivo” (1990-22), para distinguirlo del “Incipiente” (1973-83) y del “Pragmático” (1983-90).

No comparto racionalmente de esa interpretación, pero no es por allí que quiero abordar el tema ahora. Si hubiera que ponerle un nombre a ese período, prefiero denominarlo como de “Desarrollo con equidad” o “Modelo mixto”, con más equilibrio entre mercado y Estado o entre crecimiento y distribución. Pero esto es tan subjetivo o inútil como discutir si debe a llamarse a un vaso con agua como “medio lleno” o “medio vacío”.

En lo que deseo profundizar aquí es en el sorprendente fenómeno, para mí al menos, de que leer eso en el libro de Edwards, a pesar de los 35 y más años debatiendo el tema, todavía me cae como “una puñalada o patada en la guata”. Literal y físicamente: al leer eso se me contraen los músculos del sistema digestivo bajo en una forma característica o específica. Y simultáneamente una voz en mi cabeza grita: “¡Nooo!”.

Entiendo así, experimentando en mi cuerpo, lo que está enseñando la neurociencia moderna de que también existe parte del sistema cerebral en el vientre, y que hay una relación muy fuerte, pero inconsciente de las emociones con el pensamiento y la conducta humana como nos enseñó también y antes Maturana.

Al hacerme consciente de esto me doy cuenta que lo mismo le debe pasar a mucha gente con situaciones como el estallido social, o como al leer en cierto diario que en la marcha a la que asistió fue organizada por terroristas, o lo que le pasa a otro cuando lo tratan de “comunista” o “momio” cuando no se considera así, o que tiene sólo afán de lucro, etc.

¿Qué le pasa a uno exactamente? ¿Qué emociones aparecen? ¿Cómo se relacionan ellas con los pensamientos que nos surgen al oír o al leer determinadas cosas? Y a los demás, ¿les pasarán algo parecido?

No tengo respuestas claras para esas preguntas. Pero observo algunas cosas que tal vez vale la pena señalar. Como que en mi caso, ante esa afirmación de Edwards, primero tiendo a reaccionar defendiéndome o atacándolo. Por ejemplo, diciendo que no es verdad lo que afirma. Después busco empezar una discusión y a dar argumentos alrededor de “la verdad”. O paso a descalificarlo como persona, diciendo que se ha puesto muy derechista. O que le gusta provocar. Entonces me empiezo a dar cuenta que esta reacción mía es tan parecida a los comportamientos que vemos cotidianamente en política, economía y discusión pública tanto en Chile como el mundo entero.

El asunto puede escalar aún más allá. Reacciono también sintiéndome ofendido. Percibo la interpretación de Edwards como un insulto, un juicio falso y un ataque a la Concertación misma. Paso a decirme que me costó tanto esfuerzo y discusiones en los años 80 aceptar que mis adversarios tenían una parte de razón y, además, convencer a otros que políticas de apertura al exterior, aceptar inversión extranjera privada en minería y otras, eran buenas para Chile. Hoy es tan evidente que esas medidas trajeron progreso real para tantos chilenos. Pero me fui de nuevo a las razones y argumentos, y ellos no me quitan ese dolor o malestar en el vientre.

De lo que me doy cuenta ahora al escribir esto, es que mi reacción no racional se asocia con el sentido de mi pertenencia a cierto grupo humano con el que no quiero verme asociado y a otro con el que sí me quiero sentir identificado. Los Chicago boys son los primeros y la Concertación los segundos. La cuestión de nuestra identidad.

Me sorprende constatar dónde me ha llevado esta reflexión. Si lo que a mí me ha pasado con detenerme y dejarme sentir lo que me pasa al leer lo sostenido por Edwards es análogo a lo que puede pasarle a cualquier ser humano ante otras situaciones específicas (como lo sostiene Maturana o cada lector puede intuirlo en su caso), entonces lo que se nos revela es que los componentes emocionales de nuestras reacciones y comportamientos serían mucho más importantes de lo que creemos, pero somos ignorantes e inconscientes de ellas.

Incluso esos componentes serían los principales determinantes de los grupos a los que adherimos y que conformamos (partidos políticos, etc.) y no es exclusivamente nuestra adhesión a ideas lo determinante, como pensamos. Y todo esto le debe pasar mucho más a los políticos que están expuestos diariamente a emitir juicios sobre acontecimientos y personas ante los medios. Además tienen egos más grandes y buscan cuidar sus imágenes para lograr los votos de sus electores para seguir operando.

Descubrir cómo superar reacciones emocionales que nos alejan o confrontan con otros, a pesar de nuestras intenciones o esfuerzos racionales por evitarlo, me parece un desafío urgente. Porque esas emociones negativas que nos condicionan y confrontan, también nos encierran y a veces nos paralizan. Estas cosas pueden estar muy presentes detrás de lo que nos ha estado pasando como sociedad chilena los últimos años.

Lo que alcanzo a ver como salida a estas alturas en esta materia, es sobre todo dejar el pasado atrás y vivir más plenamente el presente. Como un acto consciente, determinado y radical. Pillarme a mí mismo in fraganti y decir “¡No más!”.

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2 Comments

  1. Rara vez tiene uno la oportunidad de leer una columna escrita con tanta honestidad intelectual y humildad personal.
    A muchos debiera servirnos de punto de partida para reflexionar sin anteojeras sobre el pasado y el presente de nuestro país, el único que tenemos y cuyo futuro nos estamos farreando cerrilmente.

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