Este jueves 21 de mayo, el día de las Glorias Navales, hemos recordado nuevamente a Arturo Prat y a los héroes de Iquique. Con ello debemos pensar -al igual que hace más de un siglo- acerca de lo que nos dice ese ejemplo para hoy y el futuro. La verdad es que Arturo Prat, al morir por la patria, cumplió un alto deber: eso significaba asumir una decisión dramática en un momento sublime, como era dar la vida por aquello que más quiere, que es precisamente la patria.
Hoy debemos pensar que tenemos también desafíos importantes. Por cierto, esperamos que entre ellos no se encuentre la guerra: ni las guerras internacionales ni mucho menos los conflictos intestinos. Por lo mismo, es casi seguro que no deberemos morir por la patria, lo que nos lleva a preguntarnos sobre qué debemos hacer entonces en esta circunstancia, cómo podemos servir a Chile en un momento especial de nuestra historia en este año 2026. En estas circunstancias, me parece que la clave reside en vivir por la patria, en comprometerse activamente por Chile, en saber que no porque no exista una guerra dejamos de tener desafíos importantes. Por el contrario, la regla de vida de la sociedades es la paz; entonces debemos asumir que el trabajo por Chile debe ser hecho en condiciones de paz.
En este contexto, la primera tarea debe ser realizar bien, adecuadamente y con un sentido de servicio, el trabajo de cada uno en la más diversas áreas, porque hay muchas formas de servir a Chile a través del propio trabajo profesional. Hay tareas que tienen más reconocimiento y seguramente se juegan más cosas, como la vida misma: en ella, por ejemplo, destacan las labores relacionadas con la salud. Pero también hay otras que preparan al país para el futuro, como la educación; algunas nos alegran la existencia, como el deporte, el arte y la cultura en general; y muchas otras cumplen una evidente función de bien público, como los choferes de la locomoción colectiva, las personas encargadas de la limpieza en la sociedad y tantos otros que contribuyen al progreso de Chile en las más diversas áreas. Son muchos los que permiten desarrollar la riqueza en la minería, en la agricultura, en el turismo y en tantas otras actividades. En fin, se pueden ver múltiples vocaciones y cada una de ellas, siendo personal, puede adquirir una dimensión colectiva a través del trabajo bien hecho, realizado en favor de las demás personas.
Todo esto nos lleva a pensar algo decisivo, como es lo que nos corresponde hoy como ciudadanos, que es vivir por Chile. Esto implica enfrentar desafíos importantes de la sociedad de carácter político, en el ámbito económico, en el plano social, en las manifestaciones culturales y ciertamente en otros aspectos que facilitan tanto el desarrollo personal como el progreso social. Incluso en la vitalidad de la democracia y el estado de derecho, como expresó el ministro de Defensa Fernando Barros en su columna “El legado de Prat” (El Mercurio, 21 de mayo de 2026).
Chile es un país muy grande y hermoso, pero no está exento de problemas en las más diversas áreas, como muestran las listas de espera en salud, los diversos problemas en la educación, la inseguridad que enfrentan miles de compatriotas cada día, el desempleo que afecta a cerca de un millón de personas todo y así otros tantos problemas que nos aquejan como sociedad. Aquí no se trata de decir que el problema es político, que la culpa es del gobierno actual o del anterior. La clave es enfrentar con decisión todos y cada uno de estos problemas y asumirlos con sentido de victoria, aunque sabemos que es difícil superar la lista de espera en salud, que no es fácil mejorar sustancialmente la educación, que no se puede terminar con la delincuencia de un día para otro.
Ciertamente, todos los problemas que tiene nuestra sociedad presentan múltiples dificultades, pero no vamos a abandonar la lucha por eso, ni tampoco vamos a mantenernos con amargura ante las dificultades, no vamos a iniciar querellas políticas para culpar a los adversarios y no asumir que los problemas pueden enfrentarse entre todos. Tampoco debemos permanecer en una posición egoísta o en un silencioso aislamiento, porque no queremos comprometernos ni estar metidos en problemas. Todo eso sería un error, porque los problemas deben enfrentarse con determinación, sin permanecer ajenos a la situación del país.
Cuando Prat pronunció su arenga histórica y luego se lanzó al abordaje que lo llevó a la muerte, me parece que no sólo realizó un acto valioso para el momento histórico que vivía la tripulación de la Esmeralda. El grito de Prat trasciende el tiempo y las distancias, y nos permite saber que la bandera chilena no caerá, sino que lucharemos por ella en otros contextos y lugares. Prat se preparó toda su vida para ese momento heroico. Me parece que así lo hizo ingresando desde niño a la Armada, así lo hizo estudiando Derecho, sirviendo a Chile en tareas diplomáticas, siendo un hombre de bien y formando su propia familia, todo lo cual lo fue preparando para el momento decisivo, esa hora histórica y final. Es casi seguro que Prat no habrá pensado siempre que iba a morir en un combate, pero era una posibilidad y no cabe duda de que cuando estalló la guerra esta alternativa se presentó como una posibilidad más clara. En la jornada del 21 de mayo ciertamente debe haberlo pensado temprano, antes entrar en batalla. De esta manera, Prat sabía que una de las formas de conclusión de su vida podría ser en medio del fragor de la lucha y luego estuvo dispuesto no sólo a combatir en una situación adversa, sino que también a abordar el barco enemigo en esa oportunidad y caer muerto por Chile.
Los chilenos de entonces rápidamente admiraron la decisión de Prat y comprendieron su heroísmo. Pronto se produjo una invocación a Prat como referente máximo del patriotismo, como una figura que estuvo dispuesto a dar su vida por Chile y como un hombre que podía contribuir con su ejemplo al triunfo en la guerra. Así, aumentaron los reclutamientos y las historias contadas sobre la muerte de Prat han sido un aliciente para que los chilenos vieran que todavía es necesario volver al ejemplo del capitán de la Esmeralda para proyectar el Chile de hoy.
Desde niños escuchamos la arenga de Prat en el momento decisivo: “Muchachos, la contienda es desigual. Nunca se ha arriado nuestra bandera al enemigo; espero, pues, no sea esta la ocasión de hacerlo. Mientras yo esté vivo, esa bandera flameara en su lugar y aseguro que, si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber”.
Ahí está la clave, no sólo para los oficiales en ese momento, sino que es una invitación de Prat que tiene casi 150 años, pero que sigue teniendo una vital importancia. Si cada uno de los tripulantes de la Esmeralda cumplió con su deber, hoy debemos hacer lo mismo: cumplir el nuestro, y demostrar que carecemos de ambigüedad en el servicio a Chile.
