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No estaba acompañando, estaba dirigiendo. La política es una empresa colectiva y, en ese sentido, la dirigencia opositora hace bien en decir que, en conjunto, debe darle continuidad al papel que cumplía Sebastián Piñera, pero, ¿cuál era ese papel?

Piñera no se involucraba en nada en lo que no tuviera la conducción. Ya había dado a conocer la estrategia que se debía seguir para alcanzar la Presidencia, mantenía una red estable de relaciones en los partidos y más allá de ellos, disponía de un equipo central en funcionamiento y había encargado el mapa afinado de objetivos a alcanzar en la elección municipal. 

Visión de conjunto y conocimiento de los detalles es lo propio de quien está dirigiendo, no del que se contenta con acompañar. Candidato o no, Piñera estaba liderando e iba por delante de todos los demás.

Un llamado a asumir una responsabilidad común es siempre algo positivo, pero no hay que confundir las cosas. Los liderazgos no son asuntos grupales y no es cosa de que, faltándoles guía, todos se propongan prorratear lo que les falta, porque si eso pudiera hacerse, ya se lo habrían propuesto y ejecutado.

Un trágico accidente no modifica la naturaleza del problema ni produce un cambio de conciencia como para que cada uno se comporte mejor. Chile Vamos había perdido el liderazgo en la derecha y solo los errores de Republicanos los volvió a posicionar en su papel rector. Los factores que marcaron su declive no han desaparecido como por encanto, más bien están sumergidos.

El asunto, en realidad, es práctico. La coalición de derecha necesita ampliarse de un modo que resulte aceptable para sus componentes actuales y también para los que vayan llegando, sin que el intento los aleje lo suficiente de su electorado de siempre como para que parte de él vuelva a ser atraído por republicanos.

Si fuera fácil, los líderes no existirían y todo sería resuelto en talleres de expertos. No se vota por estrategias, sino por personas que hacen creíble esas estrategias. La centroderecha sabe lo que tiene que hacer, pero ha perdido a alguien que sabía cómo hacerlo y el reemplazo no es obvio ni puede ser únicamente colectivo, por eso su problema es político mucho más que electoral.

Es efectivo que Piñera no tiene sustituto inmediato. El diseño que conducía se acomodaba a la condición de quien viene de regreso de ejercer por dos veces la Presidencia y eso no tiene otra encarnación posible.

¡Vamos, será divertido!

Lo que sea que se intente, debe ser un camino transitable para un aspirante a la Presidencia, con la incertidumbre que eso conlleva y con la necesidad de innovar que lo facilita, sin lastres acumulados.

Por ahora, se tiene más claro qué es lo que no se debe hacer, que consiste en no caer en la frivolidad ni en el oportunismo.

Dos caminos se han demostrado como inviables para la centroderecha: radicalizarse por convicción o por imitación. El primero es representado por Republicanos, que desperdició su mejor oportunidad sin que nadie los obligara; el segundo fue seguido por un Chile Vamos cuando dudó de su propio papel en el espectro político, actitud que aún tiene cultores entre sus más rudimentarios representantes en el Parlamento, comportamiento propio de quienes gustan de seguir lo que identifican como la corriente principal, pero que no representa una respuesta política efectiva.

La derecha dura se fragmentó justo cuando estaba en su mayor esplendor. Ha sido el costo que ha pagado José Antonio Kast por no saber aglutinar a sus fuerzas.

En la práctica, a lo que aspiran aquí los demás candidatos interesados en las elecciones presidenciales próximas, no es a ganar la elección principal, sino a quedar posicionados como el líder de reemplazo de un sector radical frente a un liderazgo ya muy desgastado por sus sucesivas derrotas presidenciales.

Una nota común a estos nuevos candidatos es su certeza de que ellos no cometerán los errores en que incurrió el líder republicano, que no serán titubeantes, zigzagueantes ni tendrán un discurso acomodaticio en las coyunturas decisivas.

En un país que ha experimentado tantos cambios en pocos años, sería precipitado desdeñar estos experimentos, pero lo que sí se puede constatar es que se trata de apuestas de mediano plazo. No por nada Johannes Kaiser, con gran espíritu deportivo, invitaba a participar a su hermano Axel en las primarias de la derecha porque “al final es un partido de calentamiento, no es la final”, “sería divertido”.

El duelo termina al reconocer la pérdida

El camino del “veamos si funciona” está vedado para la centroderecha y, por lo mismo, le resulta contraproducente cuestionar los acuerdos de gobernabilidad alcanzados en el Senado. No se puede ser responsables con intermitente.

Su verdadero interés consiste en modificar el sistema político, basándose en la idea de que la fragmentación es el mayor enemigo de la estabilidad democrática, puesto que perjudica alcanzar acuerdos y construir mayorías.

Como está tratando de facilitarle la vida a un próximo gobierno que ya estima como propio, no puede sacrificar un objetivo estratégico a la búsqueda de una ventaja táctica de dudoso éxito. Todo su discurso a favor de la gobernabilidad se vería cuestionado antes del inicio formal de la campaña presidencial, lo que representa un costo inaceptable y un alto riesgo. Una cosa es que te falte liderazgo, y otra que pierdas el sentido común.

En dos plebiscitos constitucionales el país ha desechado las opciones de ambos polos. Hay suficiente descontento ciudadano para desestimar lo que existe y está establecido, pero la radicalización asusta apenas se percibe su verdadero rostro.

Los extremos no tendrán otra oportunidad a menos que sean ahora los moderados los que fracasen en elaborar una respuesta capaz de conquistar la aceptación mayoritaria, lo que, en las actuales circunstancias, tendría como protagonistas a los líderes de la centroderecha.

La oposición tiene muchas facetas que mostrar: parlamentarios opacos que casi no hablan, otros que le dicen a los demás lo mal que se comportan, voceros de trinchera que golpean al oficialismo a todo evento, especialistas en temas específicos, correctos dirigentes internos, solventes jefes de partido y otros no tanto.

En conjunto, casi nadie rebasa su rol. Evelyn Matthei tiene la oportunidad de conseguirlo, pero, de momento, concita más conformidad que entusiasmo. Piñera los superaba a todos y lo sabía. Aunque repelía a muchos, era un centro de atención y de decisión, unos y otros giraban a su alrededor, les gustara o no. En medio de los homenajes, pocos han entendido entre los cercanos lo que de verdad han perdido.

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