Mala fue la reacción inicial del Gobierno frente al tren electoral que le pasó por encima. El oficialismo, sumados sus 11 partidos en las dos listas, perdió casi un millón 200 mil votos entre el plebiscito de salida en septiembre y la elección del Consejo Constitucional el pasado domingo 7 de mayo.
Se podría haber esperado una reacción tipo “analizaremos los resultados y haremos una propuesta a la ciudadanía que sea viable y nos permita avanzar”. Pero la respuesta fue todo lo contrario, con el Presidente señalando que la necesidad de hacer reformas para una mayor justicia social “no se modifica por coyunturas”. La ministra del Interior, Carolina Tohá, explicó que, a pesar de la “coyuntura” de la derrota total, “el que triunfa electoralmente es el que lee correctamente las elecciones, no el que le va bien una vez”.
Pero ya no se trata de “una vez”, sino que dos veces seguidas y el oficialismo no parece hacerse cargo de que esta situación de hastío con la subversión del orden que representa la izquierda dura llegó probablemente para quedarse por un tiempo. Parece consolarse con la ley del péndulo, como que no hubiera nada que hacer, salvo esperar el movimiento contrario, y en tratar de instalar que la derecha perdió (refiriéndose a Chile Vamos), pero a su vez, procurando dividirla, atribuyéndole sólo a ésta el calificativo de “democrática”. Como si 3 millones y medio de chilenos, al votar por los consejeros de José Antonio Kast, se hubieran convertido en “fachos pobre”. El pasado domingo, el oficialismo sumado en todas sus versiones, obtuvo apenas 5 puntos más de votación que los republicanos (37 versus 33 por ciento).
Pero el mantra del Partido Comunista y sectores del Frente Amplio, “el programa no se cambia”, parece ignorar que el partido de JAK, sumado a la UDI, RN y Evópoli, arrasaron con el 62% de los escaños del Consejo Constitucional. La cifra es idéntica al resultado del plebiscito de salida, cuando entró a votar un contingente nuevo de personas al aplicarse por primera vez el voto obligatorio, desde que empezó a regir el sufragio voluntario en 2012.
Y el voto obligatorio (con inscripción automática en los padrones, lo que antes era voluntario) seguirá rigiendo, según la reforma constitucional aprobada en enero y si así lo confirman los nuevos constituyentes. Lo que parece demostrarse es que cuando entran las grandes masas a votar, no gana el proyecto refundacional de la izquierda.
Vamos viendo. Cuando se preguntó a los chilenos en 2020 si querían una nueva Constitución, arrasó el sí con el 78%, pero votaron apenas 7 millones y medio, la mitad del padrón. En la elección del primer proceso constituyente en 2021 arrasó la izquierda, pero votó apenas el 43% del total.
Desde que empezó a regir el voto voluntario, nos acostumbramos a la baja participación y siempre se comentaba que aunque los Presidentes obtuvieran sobre el 50% más 1, ese porcentaje representaba un tercio o menos de los habilitados para votar. Gabriel Boric tuvo el porcentaje récord de preferencias desde Frei Ruiz Tagle (55,6%), pero fueron apenas 4,6 millones personas que lo validaron de un total de 8 millones que participó en la segunda vuelta.
El cambio fue notorio con el voto obligatorio que se estableció en el plebiscito de salida, donde sufragaron sobre 15 millones, cifra muy similar a la del domingo pasado. En ambos, la participación estuvo en torno al 85%.
Un segundo factor que debiera preocupar a la izquierda es que el nuevo Consejo Constitucional le ponga cordura al sistema electoral. Profuso en mini partidos que no obtienen el mínimo legal para sobrevivir, pero cuyos parlamentarios del 1% o el 5% asumen igual, el sistema vigente ha permitido a los sectores más ultra una alta representatividad en el Parlamento. Los actuales congresistas, que corresponden a 20 partidos y 39 independientes, jamás van a reformar como incumbentes el actual método de elecciones que les permite esta metástasis de colectividades.
El remedio terminó siendo mucho peor que la enfermedad del binominal al hacer ingobernable Chile. Si se corrige este fracaso y se confirma en la nueva Constitución el voto obligatorio y sancionado con multa el incumplimiento, la cancha se le pondrá cuesta arriba a la izquierda.
Más le vale dejar de buscar excusas para sus fracasos electorales y empezar a reflexionar por qué cuando las grandes masas participan, su mirada refundacional y revolucionaria no califica.
