Con elecciones municipales a la vuelta de la esquina, pareciera que los chilenos permanecen ajenos, indiferentes a ellas, con otras preocupaciones. El desgaste que han producido los acontecimientos políticos de los últimos años y los ya incontables escándalos de corrupción han jugado un papel en esta desafección: los ciudadanos se han vuelto escépticos, descreídos, presa de una decepción que los políticos, inquietos, no encuentran cómo revertir. Los partidos se desangran por conquistar votos y mantener sus estructuras, mientras los chilenos de carne y hueso los perciben en un mundo paralelo. Y no es pura desidia ciudadana: quizás piensan que nada relevante se juega ahí.
La ansiedad de los partidos por llegar a las personas aparece hoy como un pedaleo en el aire, como un desesperado intento por convocar a personas cansadas de sus discursos. La propia crisis de los partidos contribuye a esa escasa sintonía: las identidades desdibujadas, el raquitismo intelectual y la falta de proyecto difícilmente podrían despertar la participación. Porque en el fondo, ¿qué ofrecen? ¿Qué nos dicen de la situación del país, del papel de los ciudadanos en ese cuadro y de su propia contribución? ¿De verdad esperan despertar el compromiso a punta de campañas publicitarias y consignas?
Los partidos parecen entender la participación ciudadana como algo instrumental, como un medio para el funcionamiento para una maquinaria al servicio de diversos fines. Pero ¿y si hubiera aquí un inmenso punto ciego? ¿Y si fuera ese mismo modo instrumental de aproximarse al votante lo que agudiza la distancia con él?
Por loables que sean los fines, una visión estrecha de la participación -entusiasmarse, votar y luego recluirse- difícilmente podría sostener una democracia sana y pujante. Participar no quiere decir solamente acudir e irse, sino ser parte. La pregunta muchas veces ausente en la política actual es ¿cómo participan los chilenos? ¿Cuáles son sus preocupaciones y vinculaciones? ¿Cómo se hacen parte de lo común? ¿Cómo se implican en los asuntos que afectan a sus comunidades más próximas, a su barrio, a la ciudad, al territorio? Y desde ahí, ¿qué condiciones son necesarias para esas y otras formas de implicación?
Levantar estas preguntas puede ser algo que sobra a los partidos en tiempos de elecciones, en que la urgencia está en captar votos. Pero quizás la renovación misma de los partidos no vendrá sino a través de preguntas como éstas. En efecto, ¿qué sucedería si la participación no fuera para ellos un medio, un simple instrumento, sino que estuviera en el corazón de un proyecto político? ¿Si en vez de ver a los ciudadanos como clientes pasivos de sistemas verticales se los comprendiera como a los auténticos protagonistas de la construcción del país? ¿Si el proyecto fuera crear las condiciones para una mayor participación activa, para que todos experimenten en carne propia que son parte y tienen voz?
Cómo hacer realidad lo anterior para los sectores populares, las clases medias y las élites (donde tampoco la participación está asegurada: basta pensar en muchos jóvenes) es obviamente desafiante. No se trata sólo de plebiscitos o mecanismos de ese tipo, sino de tomar parte cotidianamente de la búsqueda conjunta de soluciones, partiendo de lo más local; de entrar en la conversación común acerca del espacio que compartimos. Es todo lo contrario de ser simples destinarios de políticas públicas, usuarios pasivos de un sistema anónimo sobre el que no se tiene incidencia alguna. Un modelo así desperdicia la energía ciudadana y vuelve casi inevitable la frustración.
En el fondo, la preocupación por la efectiva implicación de todos no es sólo una cuestión de eficacia política, sino también de dignidad: es tomarse en serio a la gente. La participación como proyecto y no sólo instrumento podría rescatar la fuerza latente en las posibilidades de contribución de cada uno. Y, de paso, devolverle a la política su credibilidad.
