¿Cuándo fue la última vez que la izquierda gobernó exitosamente en Chile? No fue durante el fallido gobierno de la Nueva Mayoría, ni tampoco -sobra decirlo- en el actual mandato de Apruebo Dignidad, mutado a un mero gobierno de administración después de la sonora derrota infligida por el electorado a la propuesta de la Convención Constitucional -cuyos postulados la izquierda abrazó sin reservas. Ya se sabe, esa carta fundamental no era perfecta, pero se acercaba a lo que el sector siempre soñó. El sueño se deshizo en las urnas como pompa de jabón, despojando de pronto a la izquierda del favor político del que había gozado desde el estallido social en adelante.
No, la última vez que la izquierda gobernó exitosamente fue durante los cuatro gobiernos de la Concertación, una versión moderna de centroizquierda que dio al país los mejores años de su historia. Pero, increíblemente, no sólo esos extraordinarios “30 años” fueron denostados a rabiar por los hijos más privilegiados de ese notable periodo de nuestra historia, y ninguneados por los que se suponía debían enorgullecerse de haber contribuido al desarrollo más vigoroso de un país en América Latina en tiempos recientes, sino que la izquierda no tiene en vista la reposición de una propuesta ni cercanamente semejante, capaz de ofrecerle al país un renovado impulso hacia el desarrollo pleno como lo hizo la Concertación en sus mejores años.
Y es que la nueva izquierda del Frente Amplio y el Partido Comunista no comulgan con la modernización capitalista, que estuvo en la base de ese virtuoso período de la economía chilena, de crecimiento sostenido durante sucesivos mandatos, que puso a Chile a las puertas del desarrollo. Y esa postura no parece que vaya a modificarse en un plazo previsible. ¿Qué reemplazaría a la modernización capitalista, cuyos motores el país requiere volver a poner marcha con urgencia para recuperar su crecimiento? No lo sabemos, nunca lo han explicitado quienes desde esos partidos se oponen tenazmente a ella.
La consecuencia de esto es que, posiblemente sin advertirlo a tiempo -¿o quién sabe?-, han dejado en manos de los sectores de derecha la elaboración y ejecución de la estrategia de desarrollo que requiere al país para salir de la mediocre trayectoria que ha venido transitando ya por demasiado tiempo. Aunque la modernización capitalista encaja perfectamente bien en la centroderecha hasta casi confundirse con su ideario, no debe olvidarse que la coalición que mejor la practicó entre nosotros fue, paradojalmente, una coalición de centroizquierda.
Se ha configurado así un desafortunado escenario político en el que el crecimiento -y la modernización capitalista que lo sostiene- ha quedado ahora alojado en el costado derecho del escenario político, mientras que el costado izquierdo vacila y los pone en duda, cuando no los rechaza, apagando o poniendo en ralentí los motores que permiten a una economía emprender el vuelo y crecer sostenidamente.
La ex Presidenta Michelle Bachelet ostenta una singularidad que ningún otro gobernante puede exhibir desde la recuperación de la democracia en 1990. La primera vez que gobernó, en el que fue el cuarto y último mandato de la Concertación, lo hizo al amparo de una modernización capitalista que todavía gozaba del favor de la coalición gobernante, mientras que, en el mandato de la Nueva Mayoría, el crecimiento económico perdió la centralidad de la que había gozado en los cinco gobiernos que lo precedieron, dando paso a un periodo de estancamiento que dura hasta nuestros días. En los hechos, Bachelet gobernó primero con la Concertación, y cuatro años después lo hizo con quienes entonces la comenzaban a rechazar sin ambages.
La duda trascendental entonces no es si la ex Mandataria se apresta a iniciar una tercera campaña presidencial -Ascanio Cavallo lo da por hecho en su última columna-, sino que bajo qué encarnación política lo haría: si acaso se presentaría con la concertacionista de su primer gobierno, en cuyo caso no se cumpliría su anhelo declarado de unidad de la izquierda -que debe ser leído como una condición-, o, en cambio, lo haría con la de su segundo y discutido mandato, más próximo al fallido derrotero de Apruebo Dignidad, por el que Michelle Bachelet ha expresado una manifiesta simpatía. La primera opción es políticamente inviable y la segunda resulta, electoralmente hablando, muy poco atractiva como para quebrar la alternancia que castiga en las urnas a los gobiernos incumbentes.
En su caso la frase bíblica del crucificado “Padre, aparta de mí este cáliz” debería resonar fuerte en los oídos de la primera mujer chilena que alcanzó la primera magistratura -no una, sino que dos veces-, antes que la “única manera de que deje la política local sea una derrota” (Cavallo dixit).

Ummm, me mato o me suicidio?????