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El mundo está cambiando. El orden mundial alcanzado tras la segunda guerra mundial, en el que la primacía de Occidente se había desplazado desde Europa a los Estados Unidos de Norteamérica, ha perdido claridad y distinción desde la caída de los socialismos reales. La guerra fría implicaba una lógica de blanco y negro, buenos y malos. El mundo actual confunde todo.

Occidente es una nueva cultura que nace tras la caída del impero romano y que no es meramente la continuidad de éste, sino que algo nuevo. Esta nueva realidad se combina con elementos del mundo germano y, se renueva naciendo como cultura, desde el cristianismo. Por eso se habla de la cultura cristiano occidental. Toma del mundo clásico el modo de pensar, la idea que la verdad existe y se puede alcanzar. Esa idea la combina con la estructura social, económica y jurídica del mundo germano, a lo que se agrega cual amalgama el cristianismo. No se trata simplemente de una religión, sino una visión de mundo que valora la vida humana como otras culturas nunca lo hicieron, ya que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, es decir racionales y libres y los llama “hijos de Dios”. Es esto lo que hace nacer la noción de derechos humanos y de dignidad intrínseca, algo que no existe en otras culturas. Del mismo modo, la noción de la libertad también nace de esa idea, “creado a la imagen y semejanza de Dios”, eso implica libre. No determinado por su naturaleza, que escribe su propia biografía. De ahí que surjan la idea de los derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad. De esta noción cultural surge la idea de democracia. Por eso, tanto el concepto de derechos humanos como de democracia son conceptos occidentales que no están presentes en otras culturas. Los cánones occidentales no son válidos en China, Rusia, el mundo musulmán y en otras culturas. Ciertamente muchos se han occidentalizado, tomando formas o barnices que parecen democráticos o que velan por los derechos humanos y ciertamente no es así. Más allá del choque de culturas desde Occidente se han creado siempre herejías que se han alejado de la recta doctrina y han buscado socavar las bases de la cultura misma.

Nuestra cultura pasó de una visión teocéntrica en la que la idea griega se repetía “la verdad existe y se llama Dios y a esta verdad se llega desde la fe y la razón”. Desde el siglo XIV la fe se separó de la razón y el excesivo fideísmo llevó a la Reforma, el quiebre de la cristiandad y a las guerras de religión. Tras esto, la razón desde el siglo XVII encontró un camino, “el método” y confió plenamente en la razón humana disminuyendo a Dios. El cientificismo abrió el camino al secularismo y fue el secularismo el que abrió el camino al socialismo. El socialismo se levantó como una nueva religión de sustitución y abrazó, desde su inicio, un anticristianismo y anti-humanismo que se ha manifestado en horrores genocidas en la historia. El afán de hacer nacer “un hombre nuevo” que reemplace al hombre normal de naturaleza caída, llevó a los jacobinos de la revolución francesa a querer “renovar la raza humana desde la sangre” y a sus seguidores, los bolcheviques a practicarlo desde el terror rojo. Los colectivismos buscaron reemplazar a la persona, única e irrepetible por el Estado.

Desde el marco de la Guerra Fría, Occidente estaba liderado desde Estados Unidos y se oponía al mundo comunista liderado desde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus esferas de influencia. Los colectivismos entraron en Oriente y tras la Revolución China, el gigante asiático abrazó el marxismo que fácilmente se adhirió a un ethos cultural inamovible por siglos. Rusia, que tampoco es Occidente y no cree en la democracia liberal, adaptó a su autarquía milenaria el marxismo y desde la geopolítica penetró en muchas áreas del globo terrestre. Mientras esto sucedía el marxismo se tornó cultural, ya no buscaba apoderarse de la infraestructura, la economía, sino que buscaba afectar a las supraestructuras desde la cultura, la educación y los medios de comunicación. El marxismo colonizó las universidades y vestido de “buenismo” buscó reemplazar las contradicciones burgues/proletario por cualquier choque social que divida en “buenos y malos”. Abrazó y desvirtuó el feminismo, penetró el indigenismo y todas las causas identitarias en una nueva visión de “opresores y oprimidos” y los llamó a despertar. De ahí nace la cultura “Woke”, que como buenos hijos de los jacobinos, son tolerantes con todos, menos con los cristianos.

El buenismo ha buscado desdibujar lo que es Occidente. Europa ha sido “buenisticamente”, bajo la idea que “nadie es ilegal”, inundada de musulmanes hasta perder toda identidad. En muchos países, hoy a muchos les resulta ofensivo los crucifijos y la navidad, algo que devela el atentado cultural profundo que busca sustituir. Nada es casual. El socialismo, que necesita bolsones de pobres, ha fomentado la inmigración descontrolada para contar con masas que esperanzados, voten por ellos. Los chinos, aprovechándose del ecologismo radical, impulsado por las izquierdas, que ha frenado la inversión y encarecido los productos occidentales, ha conquistado todos los mercados y se ha convertido en la manufactura del mundo. Como es comunista, a las izquierdas “las emisiones chinas” no les molestan, pero en Occidente son capaces de parar hasta hospitales. China busca la primacía mundial y quiere destronar a Estados Unidos. Rusia, que perdió su lugar en el mundo bipolar de la guerra fría, ha intentado un juego geopolítico más allá de lo pensado. No sólo con la invasión de Ucrania, sino con su avance en el polo norte. Hispanoamérica, parte de Occidente cristiano por intereses políticos franceses, fue reemplazada por la idea de Latinoamérica e infectada de socialismo colectivista. La idea de lucha de clase movilizó y causó mucho daño ya que condenó a esta tierra al subdesarrollo. Hoy hay vientos de cambios, ya que la receta claramente no funcionó.

Este es el ambiente en el que la batalla cultural, que implica la primacía y subsistencia de Occidente, está en juego. Es nuevamente una lucha clara y distinta entre bien y mal. Se trata de volver a la racionalidad, ya que “la realidad es real”, hay que volver a la idea de “bien y mal objetivo”, ya que de lo contrario prima el caos y no hay posible civilización. Esa es la lucha que hoy están danto varios líderes occidentales. No sólo Donald Trump desde sus particulares formas, sino líderes europeos como Giorgia Meloni y otros, que han comprendido qué es lo que está sucediendo y qué está en juego. La llamada Latinoamérica ha comprendido a golpes y líderes han inspirado, lo que ha hecho que abandonen lo rojo para entrar en lo azul. Es aquí donde hay un antídoto que es el cristianismo, que debe alzar la voz y salvar a Occidente y con ello el valor sagrado de la vida humana y el sentido real democrático.

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